CÁNOVAS DEL CASTILLO: REALIDADES Y SOMBRAS

 La Historia puede dividirse, con mayor o menor precisión, en distintas etapas: el criterio de segmentación depende del criterio del autor, y atendiendo a diversos factores. La cultura imperante, el sistema político-económico, los acontecimientos bélicos… en cualquier caso, pese a las disputas historiográficas, en muchos casos termina formándose un consenso general respecto a ciertos temas.


    Si ya hemos tratado, tanto en artículos de esta página como en publicaciones propias, la polémica que existe en torno a la existencia de España, asimismo hay un consenso bastante asentado por prácticamente todas las tendencias de historiadores. Uno de estos consensos es la Restauración, cuyo inicio suele fijarse el 29 de diciembre de 1874, con el pronunciamiento de Martínez Campos en Sagunto, y finalizada el 13 de septiembre de 1923, con la intervención de otro militar, Miguel Primo de Rivera.

    Pese a no haber vivido durante toda esta época, hay un hombre que define la Restauración, y es la mente detrás de su diseño: Antonio Cánovas del Castillo (1828 – 1897). Este hombre es el gran protagonista de la historia española en el último cuarto del siglo XIX, pese a ser ya notorio participante desde la mitad de éste. Analizar su biografía y pensamiento, si bien es interesante y fructífero, no se nos antoja suficiente en Identidad española. Miramos más allá del horizonte e indagamos en un tema bastante olvidado: el influjo de la obra canovista sobre los destinos del país. Y pretendemos, cómo no, que el presente escrito no sea ni una hagiografía ni una difamación.

    Pero, como tantas otras veces, vayamos por pasos.

  1. Biografía y semblanza: un hombre hecho a sí mismo
  2. Pensamiento: la Historia como método y solución
  3. Legado: el canovismo como arma política
  4. Conclusión: ¿Qué podemos aprender de Cánovas del Castillo?

1. Biografía y semblanza: un hombre hecho a sí mismo

Antonio Cánovas del Castillo nace en Málaga el 8 de febrero de 1828, en los últimos años del reinado de Fernando VII, durante la llamada Década Ominosa. Su padre era un modesto industrial de origen alicantino cuya pronta muerte dejó a la familia con pocos recursos. El joven Antonio, pese a su temperamento nervioso, mostraba desde pequeño erudición e interés por las letras, por lo que termina utilizando éstas como forma de solucionar la situación familiar trabajando como profesor ayudante con tan sólo quince años.

    Antes de cumplir la veintena ya había colaborado en periódicos, en especial dirgiendo La Joven Málaga, parte de un movimiento cultural que algunos han denominado La Joven España, fenómeno consistente en la búsqueda de un liberalismo armonizado con una política que restaure las pretéritas glorias españolas. Esta labor periodística no es nueva en la familia: su tío segundo (primo hermano de su madre), Serafín Estébanez, era un exitoso escritor afincado en Madrid conocido por el seudónimo de El Solitario. Este hombre accede a ayudar a Cánovas ofreciéndole un hogar en la capital, adonde marcha a estudiar Derecho en 1845. Para financiarse los estudios, y dar soporte económico a su familia, trabaja en una oficina de ferrocarril gracias a las conexiones de su tío. Lo cierto es que no pasa mucho tiempo viviendo con El Solitario, dado el temperamento de ambos. Sin que medie una especial aversión de Estébanez a su sobrino, su personalidad arisca, casi misándrica, y la independencia e inquietud de Cánovas hacen que éste acabe buscando vivienda por su cuenta, no sin vivir por temporadas en casas de amigos suyos.

    Su retrato es, cuando menos, curioso: de estatura media tirando a baja, siempre mal vestido, con ropas mal conjuntadas o desgastadas, y una mirada bizca, además de una vivacidad de gesto intimidatoria, Cánovas dejaba mella en las personas que le trataban, tanto para bien como para mal. Sin embargo, destacan dos rasgos: su pragmatismo para hacer contactos y moverse por Madrid, y su inteligencia tanto para el estudio como para el debate. Debe de hacerse hincapié en una faceta suya, y era la facilidad que tenía a la hora de dar buena impresión en las conversaciones. El ingenio y el atrevimiento de Cánovas, en ningún momento rozando la mala educación, servía como una compensación a su terrible aspecto físico: nervioso, desaliñado y bizco, en un futuro la reina Isabel II rechazaría su presencia en una reunión de gabinete por el asco que le daba.

    Fuera de la universidad, el malagueño se dedica a la lectura de obras históricas, discutir en tertulias de café, y ayudar a malagueños a encontrar trabajo en la ciudad, algo de lo que siempre se vanaglorió y que le ayudó a hacer amigos. Se cuenta que en una de sus intervenciones en el café, él y sus contertulios repararon en un hombre que les observaba, sospechando en un primer momento de que fuera un espía. Sorprendentemente, se trataba de Joaquín María López (1798 – 1855), político progresista y antaño presidente del Consejo de Ministros. Acompañado de colegas de partido, le ofrece a Cánovas militar en su formación, elogiándole por sus dotes oratorias. Pese a tamaña oportunidad, Cánovas la rechaza, y responde a sus amigos, cuando le preguntan sorprendidos por la declinación del ofrecimiento, con una simple frase: «No me adhiero al partido progresista porque no lo soy».

    
Sin que fuese un incansable defensor del Partido Moderado, Cánovas se identificaba con el mismo desde antes de mudarse a Madrid, y no es hasta que lleva ya cuatro años en Madrid cuando inicia su militancia adhiriéndose al diario La Patria, en el año 1849. En este tiempo es cuando Cánovas conoce a su mentor político, Joaquín Francisco Pacheco (1808 – 1865), director del periódico y líder del ala puritana de los moderados. Este sector del partido se caracterizaba por una oposición al autoritarismo de Ramón María Narváez (1799 – 1868), el Espadón de Loja, de forma que casi formaba un partido propio. Ha de entenderse que la elección de esta ala del partido por parte de Cánovas atiende a motivos ideológicos y no tanto oportunistas: al fin y al cabo, la tendencia dominante en la llamada Década Moderada era la del propio Narváez. Sus artículos comienzan a darle cierta fama dentro del periodismo político nacional, y poco después acaba sus estudios, tras lo cual trabaja como docente durante un breve tiempo, además de publicar una novela histórica, La Campana de Huesca.

    Habiendo estabilizado ya la situación familiar, su asentamiento en Madrid es ya definitivo. Su casa llegará a tener habitaciones en las que sólo hay libros, tan grande es su afición a la lectura, siendo su deseo de proseguir en su formación la única constante en su vida. Para 1854, es ya un hombre medianamente conocido por los políticos de la época. Por lo menos, entre los moderados. Además, es cercano al general Leopoldo O’Donnell (1809 – 1867), moderado de tendencia izquierdista. Acaba juntándose con este y convirtiéndose en su secretario por los inicios de la década de 1850. En estos tiempos la inestabilidad política es cada vez mayor. La revolución liberal europea de 1848 no caló en España por la dura represión del Partido Moderado, en el que primero Bravo Murillo, y después Sartorius, se oponen a las cortes gobernando por decreto e intentando cambiar la constitución de 1845 a una más autoritaria.

    Es entonces cuando Cánovas accede a colaborar con O’Donnell para un pronunciamiento. Sucede así pues su primera gran intervención en la historia de España redactando el manifiesto de Manzanares. El documento es sencillo y directo: respeto a la corona, mantenimiento de los principios liberales del régimen, rebaja de impuestos y descentralización, acabando el discurso con «Nosotros tenemos consagradas a la voluntad nacional nuestras espadas, y no las envainaremos hasta que ella esté cumplida». Ha de hacerse una puntualización, y es que el manifiesto entero no fue redactado por Cánovas. El militar progresista Francisco Serrano (1810 – 1885), quien en un futuro volverá a rebelarse contra el gobierno, esta vez expulsando a Isabel II, propone modificar el manifiesto para defender a la Milicia Nacional. Cánovas se opone a ello, pero es ignorado.

La Vicalvarada.
  Los acontecimientos no se desarrollan como los golpistas quieren. Los sublevados se enfrentan a los gubernamentales en Vicálvaro, aunque se ven forzados a huir. De todas formas, el gobierno moderado cae, pero no es reemplazado por uno del gusto de O’Donnell. Isabel II, para calmar a las masas, llama al general Espartero, ex rival del golpista, iniciando así el Bienio Progresista. Cánovas participa en la fundación de una formación política que actúa como el centro entre moderados y progresistas: la Unión Liberal. Aquí se produce su verdadera entrada en la política cuando es elegido diputado a Cortes. Se cuenta que fue en este tiempo cuando Cánovas le dijo a O’Donnell «usted hágame diputado, y yo me haré ministro»; sin que sepamos la veracidad de esta cita, no nos sorprendería teniendo en cuenta su personalidad. Sus intervenciones en el Congreso de los Diputados son aclamadas, pero prontamente interrumpidas: le es designado un cargo diplomático en la Santa Sede, que aprovecha para continuar su labor de erudición histórica consultando diversas bibliotecas y archivos para escribir Asalto y saco de los españoles, referente al Saco de Roma de 1527.

    El final del Bienio en 1856 supone para él una breve retirada de la primera línea de la política, pero poco importa: Cánovas ya es conocido en la nación, y su carrera no ha hecho más que empezar. Además, en esta época entra en la Real Academia de Historia.

    El regreso de O’Donnell a la presidencia del Consejo de Ministros lo convierte en subsecretario de Gobernación durante el gobierno más largo de todo el reinado de Isabel II (1858 – 1863, con la breve intervención de Calderón Collantes). Dimite en desacuerdo con la política gubernamental en la intervención en México, lo que no es impedimento para que Alejandro Mon, en un gobierno de conciliación entre moderados y unionistas, le llame a ser ministro de la Gobernación en 1864. Por fin ha conseguido su objetivo, aunque el cargo dura poco más de seis meses. Otro gobierno de O’Donnell le lleva a ser ministro de Marina. A inicios de la década se había casado con María de la Concepción Espinosa de los Monteros, pero su muerte y la de su única hija en 1865 sumerge a Cánovas en una profunda depresión que le aleja de la vida política.

Caricatura humorística sobre la Gloriosa.
    Sabiendo que se aproxima un cambio revolucionario en el país, el andaluz se centra durante varios años en el estudio de la Historia una vez más, y se encuentra en el archivo de Simancas cuando estalla la Gloriosa, mientras trabaja en un Bosquejo histórico de la Casa de Austria. No obstante, los viejos moderados lo proponen como diputado, y aunque asiste a sesiones del Congreso no se muestra activo en la política de nuevo hasta 1871, cuando el reinado de Amadeo de Saboya ya es un fracaso patente. La revolución ha traído inestabilidad y las conspiraciones entre partidos hacen imposible que el país levante cabeza. Por ello, Cánovas se cartea con la derrocada Isabel II, la misma mujer que lo consideraba repugnante, y comienza a preparar un regreso de la monarquía borbónica. El apoyo de Cánovas al príncipe Alfonso en los debates parlamentarios hacía que sus conspiraciones fuesen un secreto a voces.

    La caída definitiva de Amadeo I en febrero de 1873 lleva a la I República, pero Serrano impone una dictadura a los once meses, sin acabar explícitamente con la forma de gobierno republicana. Sí que inicia contactos con Cánovas, y le manifiesta que él no se opondrá al príncipe Alfonso (1857 – 1885). Con Prim muerto, los republicanos deslegitimados para gobernar, y los carlistas en rebelión abierta, no parece haber otra solución. El primero de diciembre de 1874 Cánovas, como veinte años antes, escribe un manifiesto para el príncipe Alfonso, quien lo firma en la academia militar de Sandhurst, Inglaterra; en este documento Alfonso se presenta como un conciliador entre catolicismo y liberalismo, lo cual, aparte de buscar aunar a los partidarios de la Gloriosa y a sus detractores, supone también una promoción del pensamiento de Cánovas.

    El arriba mencionado pronunciamiento de Martínez Campos regresa a España a la monarquía borbónica. Proclamado rey Alfonso XII a inicios de 1875, el monarca combate a los rebeldes carlistas, contra los propios designios de Cánovas, quien no quiere arriesgarse a destrozar el futuro del país. Vencidos los carlistas y los independentistas cubanos, las Cortes aprueban una nueva constitución en 1876, cuyo mayor promotor es Manuel Alonso Martínez. Ante la necesidad de convocar unos nuevos comicios, Cánovas dimite, por realizarse estos por medio del sufragio universal, el cual aborrece, pero controla desde las sombras a su sucesor, Jovellar Soler. En los siguientes años, las vidas de los españoles gozan de una tranquilidad que no había conocido desde antes de la invasión napoleónica.

Caricatura de Cánovas y Sagasta.
    Cánovas crea un sistema bipartidista como el británico: un partido conservador y uno liberal enfrentados, pero respetando la monarquía y las reformas que cada uno implemente. Su rival político es Práxedes Mateo Sagasta (1825 – 1903), quien podríamos decir que era su opuesto tanto en la política como en su persona: frente a la meticulosa planificación del conservador, la ágil praxis que le permitió derrocar a los Borbones para después recibirles con los brazos abiertos; ante el hombre de letras y cultivado historiador, el ingeniero de caminos que se jactaba de no tener ni un solo libro en su casa (cosa que, por cierto, era una exageración del propio Sagasta); contra el malagueño que se esforzaba por encajar en la clase aristocrático, el riojano campechano y popular.

    Los dos hombres no eran amigos, ni siquiera se soportaban mutuamente por más de unos minutos, pero Cánovas necesitaba controlar al líder de la oposición para asegurar un sistema sólido. Es por esto que Sagasta suele obedecer a Cánovas cuando éste apela a una necesidad de supervivencia de la Monarquía o a un sentido de estado, sin que ello impidiese, no obstante, que Cánovas también acatase las sugerencias de Sagasta, pese a ocurrir con mucha menor frecuencia.

    Téngase en cuenta que Cánovas no tenía en mente convertirse en un hombre fuerte del régimen como Narváez o Espartero intentaron con Isabel II: el plan de Cánovas era que la Restauración sobreviviese sin él. Efectivamente, esto ocurrió, pero con eficacia dudosa, y no acabará este artículo sin una evaluación sobre este hecho. El conservador está satisfecho siendo un engranaje más del sistema, y no su operario, pese al evidente hecho de que era también el ingeniero que lo diseñó.

    La Restauración resiste la prematura muerte de Alfonso XII en 1885. Se dice que por esta época ocurre el supuesto Pacto del Pardo. La verdad es que no hay pruebas de que Cánovas se reuniese con Sagasta para pactar la alternancia en el poder, o al menos de la forma que la historiografía suele haber defendido. Lo que con mayor probabilidad ocurrió fue una breve reunión, que no tuvo lugar en el Pardo, donde ambos líderes se comprometieron, de nuevo, a mantener la dinastía de los Borbones, esperando que naciese un varón.

    Efectivamente, así ocurre. La enemistad de la regente María Cristina de Habsburgo-Lorena con el malagueño abre una etapa en la que Cánovas pasa a un segundo plano. La década de 1880, pese a la muerte de Alfonso XII, el fracasado pronunciamiento del general Villacampa, y la controversia de las Carolinas, es recordada por ser una de las mejores en la historia reciente de España: crecimiento económico sin precedentes, estabilidad gubernamental, retirada de los militares de la vida política… si añadimos la Exposición Universal de Barcelona y los festejos del IV Centenario del Descubrimiento de América, no podemos dudar de que España estaba saliendo del cenagal de las últimas décadas.

    Si se me permite, haré una poco profesional analogía histórica, y es que a mi entender, esta etapa breve etapa de la Restauración me recuerda a la vivida por España en los noventa y parte de los dos mil del siglo pasado. La comparación es algo osada, y desde luego, imprecisa y no exenta de matices que la desmitifiquen, pero me resulta interesante cómo dos de las etapas más felices de España tienen tanto en común: el reciente retorno de los borbones tras una dictadura militar que acaba con una república, la creación de un sistema bipartidista, y el final de etapa con una crisis económica precedida de una catástrofe nacional (el 11-M, pese a estar más olvidado que el 98, no ha sido por ello menos decisivo); el refuerzo del separatismo después de la debacle hace la comparación aún más siniestra.

    Volviendo a lo que nos ocupa, en esta época Cánovas se casa por segunda vez, aunque no volverá a intentar tener hijos. En torno a los festejos del descubrimiento de América, (que Cánovas, como buen historiador, celebra con su ponencia Criterio histórico con que las distintas personas que en el descubrimiento de América intervinieron han sido después juzgadas) una crisis económica llega a España y el antaño político librecambista propugna medidas proteccionistas y se llega a identificar con esta postura económica. Además, se alinea con posiciones más intervencionistas en la denominada “Cuestión Social”, que inundaba las ciudades españolas de anarquistas, muchos de ellos violentos.

    Los efectos sobre la economía española son los deseados, pero no sobre su sociedad: los industriales catalanes y cubanos se reafirman en su deseo de autonomía. El caso de los cubanos es mayor y, ante la negativa de libertad para fijar sus condiciones de comercio con Estados Unidos, estalla la guerra de independencia cubana en 1895, y al año siguiente una revolución en Filipinas.

El desastre del 98, secuela a la muerte de Cánovas.
    El papel de Cánovas en estas crisis lo comentaremos abajo con mayor detalle, pero de momento podemos decir tres cosas: i) la política de Cánovas se basaba en conceder mayor autonomía, pero una vez calmadas las rebeliones; hacerlo durante las rebeliones suponía una manifestación de debilidad a ojos del exterior, y no hacerlo no solucionaba el problema; ii) contrariamente a lo que se piensa, Cánovas era partidario de una solución internacional, y su plan era apelar a un mediador externo como había ocurrido con la crisis de las Carolinas de 1885. Cánovas no era estúpido, y sabía perfectamente que una guerra con EEUU no era una opción; iii) irónicamente, Cánovas planeaba retirarse de la política después de resolver el problema de Cuba. Su deseo de abandonar la escena política con este último gran broche en su carrera quizás refleje su certeza en que fuera a tener éxito.

    Todos sabemos cómo acabó Cánovas. Un anarquista italiano, vengando a sus colegas españoles represaliados en Montjuic, dispara al político conservador en un balneario de Guipúzcoa. El caso es que Cánovas no puede emprender su proyecto, y pocos meses después estalla la guerra con los Estados Unidos. Sagasta, quien preside el gobierno desde el atentado a su ex rival, no sabe cómo lidiar con la situación. Lo sucedido en los meses (y años siguientes) bien puede dar pie a otro artículo.

2. Pensamiento: la Historia como método y solución

La obsesión de Cánovas por la Historia es la piedra angular sobre la que se erigen sus ideas. Para el intelectual conservador, el recorrido de la nación española por los siglos permite conocer los errores que no se deben repetir y los aciertos a conservar. La definición de Cánovas de nación se basa en una idea de raza que dista de asemejarse a las pretensiones científicas de Gobineau o del Tercer Reich, pero que tampoco está en la misma liga que otros intelectuales conservadores, especialmente de cuño católico.

    La nación, por tanto, es una comunidad constituida por un vínculo indivisible: no puede morir por su propia voluntad, y su vínculo es, como dijo, «independiente del capricho de los hombres». Cabe oponerla al proyecto de vida en común de Ortega y Gasset y al plebiscito continuo de Renan. Esta teoría de la nación parte de una perspectiva historicista, ya que da más valor al pasado que al presente, y es congruente con su oposición al sufragio universal.

    La influencia de su doctrinario mentor Pacheco aquí es muy importante: la nación posee una soberanía, residente de derecho en la nación entera, pero manifestada de hecho por la voluntad, ¿de quién? Aquí Cánovas se acerca más a Ortega, y apela a los hombres capaces. No una minoría rectora, ya que el tamaño de este cuerpo no importa, sino todo el que tenga responsabilidades de cierto calibre. Podría decirse que la propia influencia constante de un hombre en la vida nacional es su justificación para el derecho al voto. De aquí su apología al sufragio censitario.

    Una cita suya que podría resumir su opinión en este tema es la siguiente:

    «Por el tradicional principio inglés de que todos los hombres son libres, nunca se habría llegado a la conclusión de que todos son iguales, que dedujo la revolución francesa.»

    Cánovas negaba ser doctrinario, pero la verdad es que es más fácil situarlo junto a Donoso Cortés que con un liberal como Sagasta o Azaña. Sus razonamientos y la mayor parte de su pensamiento concuerdan con postulados doctrinarios. Aquí entra otro de los conceptos claves de su cosmovisión: el de las «Verdades Madres». Seis principios de los cuales tres se aplicarían a España, y otros tres que se deberían tener en todo el mundo.

    Tres principios bajo los que toda nación debe vivir son la libertad, la igualdad ante la ley, y el derecho a la propiedad. Los principios hispánicos, por otro lado, son la Monarquía, la soberanía compartida entre rey y cortes, y la Dinastía.

Carlos I y Felipe II, los Austrias mayores.
    La primera categoría le hace liberal. La segunda le hace conservador. La relación que hay es que las verdades madres españolas son las que posibilitan las universales en España. De nuevo, volvemos a su constante apelación a la Historia, en la que su mayor referente supone la época de los Austrias. En este último aspecto Cánovas no presenta nada innovador respecto a otros intelectuales de nuestro país.

    Esta etapa, sobre la que dedicó la mayor parte de su obra historiográfica, es el camino a seguir para España. Su convencimiento de que un retorno a la antigua grandeza era posible nos devuelve a su pensamiento sobre la raza: para él, no hay diferencias étnicas entre los españoles del siglo XVI y los de su tiempo, y la única diferencia real que había entre ambas Españas era la integridad territorial; el Rosellón no era de importancia para esta integridad, o al menos no tanto como Gibraltar, que consideraba una «deshonrosa excepción» con respecto al territorio de nuestros antepasados.

    El camino a seguir pasaba por crear un ambiente de orden. Y a esto se debe su obra política: a la imperativa necesidad de una sociedad pacífica en la que florezcan las artes y la industria. La forma de conseguir esto precisa otra idea suya: la de una constitución escrita a medida de la «constitución interna» del pueblo. Este término es bastante más conocido que el de sus verdades madres, aunque bien podemos decir que se tratan de prácticamente lo mismo. La constitución interna emana, una vez más, de la raza, y es la que materializa esas verdades españolas. La constitución externa es simplemente una formalización que está por debajo de las citadas verdades y de la constitución interna. Como dato curioso, la constitución de 1876 es la que más tiempo ha estado vigente en España en el momento en que escribo estas líneas.

La regente María Cristina jurando la Constitución.
    Dentro de este sistema constitucional, merece un paréntesis su concepto del parlamentarismo. Para él, una vez admitidas sus verdades madres, especialmente las universales, ya es posible debatir sobre cualquier cosa. Esta tendencia al diálogo es lo que facilitó el buen gobierno en la etapa canovista de la Restauración, pero, todo sea dicho, sin duda lo facilitó la buena voluntad de Sagasta. Cánovas tenía un modelo político: dos partidos diferenciados, cada uno con dos alas de izquierda y derecha.

    En todo caso, los dos partidos, con sus alas, debían respetar las reformas del otro y no atacar al régimen. Independientemente de que esto sea estable a largo plazo, la Restauración comenzó a hacer aguas cuando los liberales plantearon sus primeras alianzas con los republicanos y los nacionalistas periféricos, así que no es disparatado decir que Cánovas tenía razón en esto. Como anécdota sobre su tolerancia de otras ideas, uno de sus más cercanos amigos era Emilio Castelar, presidente de la I República.

    Sí que podemos encontrar una interesante paradoja en sus ideas, y es que su apoyo por la monarquía de los Habsburgo, con una política exterior imparable, no le impida considerarse un aislacionista en asuntos internacionales. Aquí achaca que España tiene suficiente con mantenerse a flote por sí sola, y que una aventura mal parada puede resultar en mayores males a nivel social.

    Ha de comprenderse que Cánovas, como hombre de su tiempo, recela de la creciente influencia de los asuntos internacionales sobre la vida de las naciones. Recordemos que la guerra franco-prusiana (1870 – 1871) se desencadena por la cuestión dinástica nacida de la Gloriosa, y que también fue miembro del gobierno O’Donnell, cuyas campañas por Marruecos, México e Indochina no siempre fueron beneficiosas. Bismarck era otro aislacionista, y no por ello ha dejado de ser tenido como referente en la Historia.

Representación de la época sobre la cuestión social.
    El último aspecto por comentar de su ideología es el económico. Cánovas aquí es producto de sus orígenes. Su padre había tenido relativo éxito empresarial en Málaga, y fue testigo del vertiginoso crecimiento económico europeo del siglo XIX. Aunque en España la revolución industrial no fue tan potente como en otras naciones, hasta el punto de que algunos autores han afirmado que aquí fue un fracaso (teoría que, personalmente, encuentro sin sentido), Cánovas presenció cómo su ciudad natal se empezó a expandir en pocos años, y la concurrencia del mismo fenómeno en Madrid no hizo sino reafirmarle en esto. Era verdaderamente partidario del capitalismo.

    El rol del capitalista en la economía es superior al del obrero, por otorgar aquél su propio patrimonio e implementar sus ideas en la economía nacional, pero cierto es que las crecientes tensiones entre patrones y trabajadores lo llevaron a ser cada vez más partidario de cierto intervencionismo estatal en la economía. Esta posición queda consolidada en su discurso La cuestión obrera y el nuevo carácter, de 1890; un año después, León XIII promulga la primera encíclica social de la Iglesia católica, De rerum novarum.

    El Vaticano pasa de ser apoyar el capitalismo acompañado de un sentimiento generalizado de caridad social («el oficio de la mendiguez, no repugna la religión. Al contrario, la religión la ha sancionado... y la ennoblece.», defendían los tradicionalistas en el Congreso) a admitir que la caridad humana no puede suplir enteramente las necesidad de los más desfavorecidos. Hablando en plata, la Iglesia aboga desde entonces por un sistema capitalista relajado, un capitalismo de muchos y pequeños propietarios, lo que hoy día es mejor conocido como una economía social de mercado.

    Es preciso matizar que estas medidas por entonces no eran algo normal: el programa económico del PP o mismamente de Vox serían tenidos por excesivamente intervencionistas en aquellos tiempos.

    La razón de la demanda de esta intervención se debe principalmente a su época: Cánovas asiste a los debates del Congreso sobre la legalización de la Primera Internacional, y es coetáneo de Marx y la Comuna de París, así como del fenómeno cantonalista español, de marcado tinte obrerista. A su entender, la intervención del estado en el orden económico se justifica porque es una garantía del orden social, que sin duda está por encima del anterior.

    Más allá de inicios de proyectos legislativos en el seno de la Comisión de Reformas Sociales, nacida en 1883, no habrá leyes sociales hasta el gobierno de Silvela en 1899, cuando Cánovas ya ha fallecido.

3. Legado: el canovismo como arma política

El título de este epígrafe no puede ser más apropiado, dado que el canovismo es un arma que se ha utilizado en la política española del último siglo, tanto para atacar como para defenderse.

    Cánovas suponía para los regeneracionistas un antagonista, un hombre que había agravado los males hispánicos y que, habiendo montado un tinglado caciquil, había dejado el estado en unas condiciones de casi imposible arreglo. Una excepción la hace Azorín (1873 – 1967) con una breve mención de su persona en La Voluntad:

    «La segunda fotografía simboliza la fuerza. Es un hombre recio, enérgico, brutal; tiene el pulgar de la mano derecha metido en uno de los bolsillos del chaleco. La pierna izquierda avanza decidida en actitud de marcha incontrastable. Y hay en su cabeza de ancha frente, de ojos provocadores, de enorme cuello bovino, tal energía, tal imperativa señal de mando, que sugestiona y doma. Este hombre se llama Antonio Cánovas del Castillo. Debeló a las muchedumbres, se impuso a los reyes, hizo y deshizo en un Estado que se movía a su antojo... Fue grande porque su voluntad lo anonadaba todo.»

    Décadas después de morir, la opinión sobre él sería negativa en sectores de izquierda, y mixta en la propia derecha; en cualquier caso, después de cierto olvido sobre su figura en la II República, el nombre de Cánovas vuelve a penetrar el ambiente político español en la Guerra Civil. Los monárquicos del bando nacional más moderados, alejados del carlismo y partidarios del retorno de Alfonso XIII, pretendían hacer de Franco un segundo Cánovas: un hombre de orden que, tras el caos de una República y una guerra civil, podría devolver la monarquía y la paz a España.

    El alejamiento de Franco del rey Alfonso y de su hijo Juan, conde de Barcelona, cuando le sucede como jefe de la Casa Real española, retira esta fantasía política de las mentes de los monárquicos liberales que apoyaron la sublevación, y Cánovas volvería a los libros de Historia. A partir de los sesenta comienzan a hacerse estudios históricos sobre Cánovas menos sesgados (entiéndase que, como con tanto personaje histórico, su visión inicial está excesivamente idealizada o denostada, y hasta pasado un tiempo de su muerte la imagen no se comienza a equilibrar).

    La Transición, por suponer una nueva restauración de los Borbones, mediando no obstante diferencias varias entre ambos procesos, evoca imágenes de cien años atrás: el final de la dictadura de Serrano y la de Franco, Alfonso XII y Juan Carlos I “reiniciando” el reinado borbónico en España, con promesas en un caso de liberalismo y en otro de democracia, amén de nuevas constituciones cuya distancia las salva casi un siglo.

    Se dice que Fraga intentó erigirse como un nuevo Cánovas, pero se ve que no tuvo éxito en esa pretensión: el hombre representativo del régimen (más bien en un primer momento) fue Adolfo Suárez, cuyas semejanzas con el político malagueño son más bien escasas. El partido fundado por Fraga sí que iniciará un proceso de “legitimización histórica” apelando a la imagen de Cánovas del Castillo, llegando al punto de crear una fundación con su nombre, que por cierto presidiría Aznar.

4. ¿Qué podemos aprender de Cánovas del Castillo?

Nadie se extrañaría al oír que hoy día, cuando se habla de Cánovas del Castillo, se evoquen las manidas palabras de consenso, democracia, parlamentarismo, pactos, diálogo, etcétera, sin duda por influjo del PP. No vamos a negar que Cánovas fuese partícipe de estas cualidades, pero lo que nos importa es lo siguiente: la imagen de Cánovas está bastante distorsionada, y a mi juicio se le recuerda por cosas que son poco reseñables y, al tiempo, se le olvidan o niegan otras que sí nos pueden resultar útiles.

    La virtud más destacable del malagueño es para mí su conexión con la Historia y la consciencia de su importancia. Al contrario que los separatistas con un delirante pasado exagerado (o directamente ficticio) o el Partido Popular que instan a “olvidar el pasado y construir el futuro” (¿qué es el futuro sin el pasado?), para Cánovas la Historia es un todo y una acumulación de experiencias que ha demostrado lo que funciona y lo que no.

    La ya explicada doctrina de las verdades madres bebe de aquí: la Historia ha explicado a cada pueblo su manera de vivir, sin perjuicio de que existan valores a los que todo individuo, independientemente de su origen, deba adherirse. Sin estar de acuerdo con las verdades madres que Cánovas propone como verdades españolas, lo que sí se puede decir es que un pensamiento que se erija en torno a la Historia y su experiencia sobre los pueblos es preferible a supuestas explicaciones “dialécticas” referentes a la lucha de clases, o a la absurda simpleza de meras luchas de poder entre individuos.

    Asimismo, la importancia de la raza para Cánovas es algo que se ha callado, sin duda en beneficio tanto de la corrección política como de crear una imagen de un conservador “tolerante”. Recalcamos que el hombre fuerte de la Restauración no era un estudioso de las razas y desconocemos hasta qué punto se interesó por los aspectos biológicos de las mismas, pero es cierto que él reconocía la existencia de una raza española que había pervivido durante varios siglos. La persistencia de esta base biológica sobre la base geográfica que es nuestra península servía como argumento para recuperar una edad de oro. Los españoles, a nivel biológico, somos los mismos que aquellos que conquistaron las Américas e impusieron una hegemonía mundial.

    Un reproche común que se suelta sobre Cánovas es el de un jacobinismo feroz o que, sin ir más lejos, la “derecha española actual es jacobina por culpa de Cánovas”, como el celebrado Miguel Anxo Bastos, entre otros, ha declarado en alguna ocasión. Para sostener esta opinión es necesario: no conocer la derecha española actual; no saber qué es el jacobinismo; o ambas. Para culpar a Cánovas del supuesto jacobinismo de la derecha tan sólo se necesita desconocer la historia de España.

    La tendencia de un estado uniformador en España no terminó de cuajar en el reinado de Isabel II. La victoria liberal en las Guerras Carlistas sí llevó a abolir la mayor parte del régimen foral de los vascos y los navarros (muy notablemente las fronteras interiores), pero pervivía la autonomía fiscal de las provincias, y el derecho civil de varias regiones (Galicia, Cataluña, o Aragón, por citar unos pocos casos) permanecía ya intacto desde hace más tiempo.

    Cuando Cánovas elimina los Fueros en 1876 es para que haya homogeneidad en aspectos como el militar, de forma que el estado pueda reclutar a las gentes de aquellas regiones también. Esto lo hace de acuerdo con su liberalismo, en tanto que supone una igualdad de obligaciones para todos los españoles en todo el territorio, pero no es excluyente con una mayor descentralización administrativa.

    Es más, el propio Cánovas escribió en 1873:

«nada de lo que acabo de decir sobre los privilegios [de unas regiones sobre otras], se extiende a la autonomía local, al peculiar régimen administrativo, al organismo interior, en fin, de ninguna de las tres Provincias vascongadas. Lejos de desear que desaparezcan de allí instituciones semejantes, querríalas yo comunicar, si fuera posible, al resto de España.»

    Cánovas no es jacobino. En la línea de aquellos con quienes comulgaba, defendía la permanencia de instituciones que, reafirmadas por la Historia, perviviesen al legalismo del estado liberal, sin que esta resistencia acabase con el mismo. La constitución interna permanece sobre la escrita, pero no la destruye. Lo importante es que su defensa del concierto económico y administrativo, que restauró en 1878, proviene de su historicismo ideológico. Es decir, la propia Historia ha confirmado la necesidad de un régimen particular para las provincias norteñas, además de que un régimen semejante en todo el país contribuiría a mantener el camino histórico seguido. 

    No estoy de acuerdo con exactitud con la tesis de Cánovas, pero sí con su inspiración: la política a aplicar en lo referente a la disyuntiva centralización-descentralización es la misma que en otros campos. Antes que aceptar a priori una ideología o doctrina es mejor ver lo que ha funcionado en la historia de España, y ver en qué aspectos mejorar. La reciente experiencia autonomista a mí me ha dejado las cosas claras: lo necesario en nuestro tiempo es centralizar.

    Como simple anécdota a tenor del regionalismo patrio, quiero decir que he llegado a leer en blogs y otros sitios web separatistas que el mismo Cánovas negó la existencia de España, o arremetió contra ella, cuando pronunció su frase “Español es todo aquél que no puede ser otra cosa”. La frase no es más que una broma de Cánovas cuando, en la redacción de la Constitución de 1876, se debatía sobre cómo determinar al poseedor de la nacionalidad. Es otra muestra de hasta qué punto pueden tergiversarse unas palabras, cómo un chiste se hace pasar por realidad y con qué facilidad. En el caso de los separatistas no es algo aislado, pues basta con conocer su historiografía a la carta.

    Por otra parte, cuando se examina el último cuarto del siglo XIX, referente al imperialismo y a un liberalismo político ya consagrado, la figura de Cánovas es fustigada hasta el punto de que se le tiene por un inútil. El caso de las islas Carolinas, en el que Cánovas toreó a Otto von Bismarck (1815 – 1898), uno de los personajes más alabados de este tiempo, debería ser evidencia suficiente. El político conservador apeló a la mediación papal sabiendo que el Canciller de Hierro no se negaría: al fin y al cabo, se estaba llevando a cabo la Kulturkampf entre católicos y protestantes en Alemania, y Bismarck no estaba por avivar la llama de aquélla. Este movimiento aseguró el control español sobre las islas y supuso una reafirmación, si bien tímida, del prestigio nacional.

    De nuevo, a Cánovas se le acusa de evitar una política exterior fuerte, algo que él manifestaba abiertamente, pero Bismarck también estaba en contra de esta política (fue, sin ir más lejos, una de las razones por las que Guillermo II lo destituyó) y no por ello se le ha dejado de aplaudir.

    Con todo esto no quiero hacer un símil total entre ambos hombres ni decir que Cánovas del Castillo era un político superior a Bismarck. Lo que es importante es que las razones por las que se estima a uno también deberían aplicarse al otro. No sucede aquí ninguna leyenda negra. Más bien, el oscurantismo propio de una persona que es hoy más un mito político que una figura histórica.

    A tenor de este suceso, debemos hacer una crítica evidente. El aislacionismo canovista no es beneficioso. Antes que defender un intervencionismo fuerte, o abogar por que España se posicione a la sombra de potencias más poderosas que le ofrezcan migajas, se me antoja preferible la neutralidad, de enorme beneficio para España en varias ocasiones.

    Claro que ello no excluye cierto nivel de relaciones internacionales, que sin duda habrían salvado al país (o disminuido el impacto) del desastre del 98. Uno de los puntos débiles de España en la Restauración, y aún durante la II República, fue la dificultad para mantener alianzas y acuerdos con otros países. La neutralidad no implica irrelevancia en el mundo. Juzgar esto a posteriori es inútil, pero igualmente considero que hemos de tomar nota para el futuro: España no debe dejarse avasallar por potencias extranjeras, y si esto pasa por alianzas, éstas no deben llevar a otra sumisión.

    No deja de llamar la atención que Cánovas creyese posible que los españoles volviesen a tomar una posición dominante en el mundo pero no hiciese nada por intentarlo. Esto sí que es razonablemente criticable.

    Una polémica en torno al conservador es la de su apoyo a la esclavitud. La verdad es que en 1865, como ministro de Ultramar, Cánovas fue el autor del decreto que acabó con la trata de negros: la esclavitud continuaba existiendo en España, pero no se permitía introducir más. Como detalle, sí que es cierto que este decreto se retrasó hasta el siguiente gobierno de Narváez. La razón de esto es la misma por la que después Cánovas apoyaría mantener la esclavitud: la rebelión cubana.

    La Guerra de los Diez Años, antes que una guerra de independencia cubana, fue un conflicto civil entre los propios cubanos. La oposición a la abolición de la esclavitud, latente en la oligarquía habanera, era crucial para asegurar el apoyo de ésta al gobierno.

    Finalmente Cánovas cedería en esta cuestión, una vez acabada la guerra con Cuba, y sería su propio gobierno el que aboliría la esclavitud en 1880.

    No está del todo claro si Cánovas, a nivel doctrinal, apoyaba la esclavitud. Es innegable que reconocía la superioridad de ciertos individuos respecto a otros, además de entre razas. Añadamos a esto dos factores: el apoyo de Cánovas en oligarcas poseedores de esclavos, y sus declaraciones posteriores al final de la esclavitud. De lo primero no hay más que decir que la relación, aunque sea relevante, no refleja un verdadero apoyo ideológico a la esclavitud. Sí que es más sugerente una cita suya, referente a la vida de los negros una vez alcanzaron su libertad, perteneciente a una entrevista en un periódico:

    «Los negros en Cuba son libres; pueden contratar compromisos, trabajar o no trabajar, y creo que la esclavitud era para ellos mucho mejor que esta libertad que sólo han aprovechado para no hacer nada y formar masas de desocupados. […] es preciso conducirlos con autoridad y firmeza para obtener algo de ellos. Estos salvajes no tienen otro dueño que sus propios instintos, sus apetitos primitivos».

    Inferimos que Cánovas da su apoyo a la esclavitud en clave racista y paternalista: el bienestar de los negros es mayor bajo la esclavitud. En este caso sí que es posible considerarlo partidario de aquélla. Pero si nos atenemos al facta non verba vemos la realidad evidente: acabó primero con la trata, y después con la esclavitud.

    Si evaluamos el legado estrictamente político, no hay duda de que la Restauración fue en un primer momento un éxito, pero a partir de la muerte de Cánovas inició una cojera que degeneró en la paraplejia de la dictadura de Primo de Rivera.

    Cánovas cometió un error que ha repetido el Régimen del 78: el crear un sistema excesivamente dependiente de la voluntad de los políticos. El conservador propuso que en el régimen parlamentario los dos partidos se respetasen pese a sus evidentes discrepancias, de tal forma que ninguno de los dos debía derribar la legislación construida por el otro y además debía respetarse el propio marco del Estado.

    El sistema funcionó, pero todo sea dicho, mediando una evidente manipulación electoral que se adecuaba a las necesidades del momento. Que la farsa electoral fuese algo común a todos los países por entonces y que aún se repitiese en la II República no es excusa suficiente. Hubo un primer intento de solución, la Revolución desde arriba de Maura, que pese a presentar ciertas mejoras no acabó por solventar la crisis del régimen. El segundo intento, en manos de Primo de Rivera, fue la caída del sistema.

    Mi opinión es que la Restauración estaba concebida como algo sólido, pero de sus fundamentos (la Monarquía, las Cortes, el parlamentarismo) el régimen de partidos era excesivamente débil, y ello acabó por tumbarla.

    No hay más que ver cómo, con un imprevisto como la muerte del propio Cánovas, el sistema llevó al país a sufrir una de las mayores crisis de su historia. El sistema de la Restauración fue un completo éxito en sus primeras décadas y, no nos equivoquemos, solucionó uno de los problemas que España arrastraba desde la Guerra de Independencia: el de los pronunciamientos. Es menester recordar también el crecimiento económico, la estabilidad social, y el ambiente cultural.

    Pero como hemos dicho, iniciada la crisis finisecular, la Restauración inició un proceso de decadencia que, salvando la prosperidad coincidente con la Primera Guerra Mundial (que por cierto degeneró en el Trienio Bolchevique), tuvo pocos años felices. La Restauración puede considerarse una oportunidad perdida, o si se prefiere, un buen camino del que España se desvió.

    El régimen del 78 aspira a seguir el mismo camino. España ha entrado en la posmodernidad como sus hermanas europeas, y a la manida sensación de “ser parte de Occidente”, como si España no lo hubiera sido en algún momento, le ha seguido el mismo sentimiento que al resto de naciones. Nuestra depresión nacional no es única, aunque podemos tomar nota de qué puede contribuir a remediarla.

    Lo que está claro es que la apelación a una cultura del debate y diálogo ya abrió el régimen actual, y tan solo ha quedado un corporativismo mediático de monotonía ideológica que adultera la puesta en común de posiciones. El propio régimen liberal ha imposibilitado el debate que Cánovas tanto estimaba. Viendo cómo la censura socioempresarial ha suplantado a la censura estatal, luchar por el «consenso y diálogo» setentayochistas se antoja absurdo.

    La aportación de Antonio Cánovas del Castillo a España merece, pues, una valoración positiva si hacemos balance. Y, sobre todo, nos brinda una importante lección: el camino a seguir está marcado por la propia Historia, la experiencia de qué funciona; hay que olvidarse de practicar gimnasia ideológica, y, desde luego, es imperativo avanzar hacia un sistema orgánico, más natural, que no dependa de variables tan volátiles.

    En cuanto a la memoria de su persona, la «derecha alternativa» debe reivindicar su figura, otra víctima de la historiografía selectiva, arma empuñada en este caso por la cleptocracia pepera, y recordar al hombre que «hizo y deshizo» de Azorín.

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