"GÁRGORIS Y HABIDIS. UNA HISTORIA MÁGICA DE ESPAÑA", DE FERNANDO SÁNCHEZ DRAGÓ



Con Gárgoris y Habidis. Una historia mágica de España (1978) Fernando Sánchez Dragó logró hacerse con el Premio Nacional de Ensayo y se dio a conocer en el país del que había estado exiliado durante sus años de juventud. Este voluminoso texto puede ser considerado como una obra de época, hito de la cultura española y un trabajo que sobresale dentro de nuestras letras, lo cual es decir mucho.

Una historia mágica de España reza la segunda parte del título. Las páginas interiores cumplen la promesa de la portada: Desde una postura absolutamente heterodoxa, inclasificable e imposible de encuadrar en escuela de pensamiento o corriente pretérita, Sánchez Dragó nos narra la historia de España remontándose hasta las cavernas paleolíticas para transitar desde tan remoto pasado hasta la actualidad. ¿Cuál es el fondo común de tal inabarcable cantidad de siglos? Arquetipos universales: Símbolos, ritos, imágenes, … todos aquellos elementos imperecederos siempre presentes en el hombre y que Carl Gustav Jung, autor suizo en el que Dragó se apoya mucho, englobó dentro del célebre término Inconsciente colectivo.
Unos cuatro años tardó nuestro autor en reunir las más de novecientas páginas que componen Gárgoris y Habidis, muchas de ellas redactadas en variopintos parajes de África, Asia y Europa. Quizá este factor explique otro de los rasgos característicos de su obra y pensamiento: El sincretismo y la creencia en una suerte de religión universal sustentada sobre el ya mencionado inconsciente colectivo.
El texto queda revestido de más interés incluso si tenemos en cuenta la propia
trayectoria de su autor, pues pasó de estar adscrito al pensamiento materialista por excelencia, el Comunismo, para pasar a definirse a sí mismo como un anarcoindividualista preocupado únicamente por el Espíritu. Palabras del propio Sánchez Dragó. 
¿Cómo es posible tal metamorfosis? Nos lo relata en el libro hoy reseñado: En uno de sus múltiples viajes, Dragó sufrió una epifanía cuando se encontraba visitando la India. Allí, nos cuenta, fue testigo de una espiritualidad tan pura, prístina y atávica que no tuvo más remedio que admitir la existencia del espíritu y desembarazarse por completo de su fe marxista anterior. En cierta manera, con este libro lo que pretende es hallar una región y una espiritualidad semejantes a aquella que contempló en el Indostán, pero viva aun en nuestra España. ¿Tiene éxito en esta búsqueda? Sí, pero no revelaré en que localización de la Piel de toro ha sobrevivido semejante reserva de religiosidad para que sean ustedes los que se animen a descubrirlo.
Muchas son las implicaciones que encierra este libro. Es complicado enumerarlas todas, por ello me limitaré aquí a resumirlas en tres grandes grupos:

1.     La cantidad de cosas que dice
Este monstruo de más de novecientas páginas recoge una inabarcable cantidad de datos, referencias e informaciones sustentados sobre una igual de profusa bibliografía. No puede ser menos teniendo en cuenta que trata de abarcar milenios de historia nacional.
No estamos ante una obra sencilla: Ni el carácter del trabajo ni el estilo de su autor hacen de Gárgoris y Habidis un libro de entretenimiento. Avanzar por él resulta casi agotador. Pero todo peregrinar lo es. Si no, no merecería tal nombre.

2.     Las implicaciones de lo que dice
La historia de España narrada por Dragó, cumpliendo con el adjetivo de mágica, es absolutamente heterodoxa: No se ajusta a esquema previos, ni a ideologías, ni a las grandes líneas del pensamiento de su tiempo, ni a las que le precedieron.
De hecho, quizá la más importante de las implicaciones que tiene esta obra, y de plena actualidad en nuestros días, es que se opone con igual virulencia a las dos España y su absurda dialéctica: Por un lado, Dragó se presenta como un crítico feroz de la institución vaticana y de la religión institucionalizada, acusándolos de pervertir la auténtica espiritualidad al apartar de ella a los que realmente la encarnan -Místicos, iluminados, eremitas, …-; pero este rechazo no le hace pivotar hasta posiciones progresistas ni muchísimo menos: El otro gran enemigo al que este autor dirige sus ataques es la Modernidad y la engañosa idea del Progreso. Dragó carga de manera furibunda contra el mundo creado a partir de la Revolución francesa, contra los mitos ilustrados de igualdad, razón y progreso, y por supuesto, contra el materialismo que nos ha ido arrebatando el Espíritu durante los últimos doscientos años.
Dragó no deja títere con cabeza ni a izquierda ni a derecha (Categorías que, por cierto, también él rechaza), con lo que otro de los rasgos de su obra es su carácter polémico.

3.     El momento en que lo dice
La fecha de la publicación también resulta relevante: Es en 1978 cuando Gárgoris y Habidis ve la luz, año en el que es alumbrado también el vigente texto constitucional, hito que marca el nacimiento de nuestro actual sistema político. El último Estado confesional de Europa quedaba atrás y España entraba de lleno en esa categoría histórica tan odiada por Dragó: La Modernidad.
Posee cierto carácter poético que una obra de carácter historiográfico cuya idea vertebral es la defensa de un espíritu universal que se mantiene a lo largo de los milenios y que inspira explosiones religiosas periódicas sea publicada precisamente en el año en el que España abandona sus últimos retazos de tradición para abrazar con más fervor que sus propios creadores los corrosivos principios modernos. 
No solo fue este el tiempo en el que las Izquierdas retornaron a España empujadas por vientos provenientes de Centroeuropa y la estepa rusa, sino que también en estos años la Derecha española, descabezada en lo intelectual tras el Concilio vaticano II, casi obligada a desembarazarse del tradicional catolicismo y de los últimos ecos de un régimen que ya se hundía por el sumidero de la historia, avanzó por la vía de la homologación con nuestros vecinos y aliados occidentales: Con un complejo de minoría de edad que dura hasta hoy, se importó el modelo de la democracia cristiana y el neoliberalismo en boga en aquel momento en esa Europa tan civilizada y superior a la que como niños debíamos imitar para por fin convertimos en adultos.
Merece la pena subrayar -casi agradecer- que esta monumental reivindicación del espíritu, de una espiritualidad universal e intrínseca al hombre y de la particular religiosidad hispánica plasmada a lo largo de los siglos apareciese a la vez que el vigente Régimen del 78, al mismo tiempo que la derecha española abandonaba los últimos grandes ideales que la permitían ser algo más que unos partidos dedicados a la gestión económica y junto a unas izquierdas que retornaban del exilio para comenzar a fraguar un monopolio cultural que han logrado consolidar ya plenamente.

No implican estas palabras una entrega fanática a este trabajo o su autor: No vengo a convertir a nadie a este cómputo casi infinito de heterodoxas creencias con una nueva Biblia dragoniana en la mano.
En honor a la verdad, he de decir que no coincido con todas las posturas allí reflejadas, algo lógico teniendo en cuenta la extensión del trabajo y su voluntad de abarcar una historia general de España. Pero es que incluso en la crítica estamos ante un libro imprescindible en tanto que apela al lector, obligándolo a tomar partido en los grandes pleitos, conflictos y cismas que han jalonado nuestra historia milenaria.
Como crítica general y de cosecha propia –Y, en consecuencia, condenable en su totalidad– considero que Dragó cae en un excesivo orientalismo que le lleva, entre otras cosas, a valorar como positivo el papel histórico que los musulmanes
desempeñaron en España tal como veremos a continuación.
Por otro lado, a pesar de la raíz original, enteramente propia y heterodoxa de este escrito, Dragó cae en algunos tópicos de largo recorrido en la historia intelectual de España, provenientes tanto de su izquierda como de su derecha: Desde su izquierda, reproduce algunos mitos negrolegendarios tales como la idea del cainismo español (Que si bien existe, no es para nada un principio genético que se remonte hasta los albores de nuestro pueblo), su crítica a la Iglesia toma mucho del vilipendio practicado por los progresistas y se deja entrever bastante admiración hacia una Al-Andalus que tiene mucho de exageración. Desde su derecha (Entiéndase aquí la derecha tradicional y no la actual, de la que es imposible tomar nada pues carece de ideas), recoge la admiración por la dinastía de los Austrias, a los que describe como auténticos místicos, y el rechazo frontal a la España borbónica del siglo XVIII por sus reformas administrativas homogeneizadoras y por haber preparado el terreno a las destructivas revoluciones de la centuria siguiente.
Cabe decir en su defensa que las filias y fobias que Dragó refleja en Gárgoris y Habidis se entienden si tenemos en cuenta que trata de trazar una historia de la espiritualidad, y por ende resulta casi natural su admiración por la España en la que convivieron cristianos, musulmanes y judíos, caldo de cultivo único en la historia en el que germinaron los más extraordinarios de los sincretismos; o su gusto por esa España de los Austrias donde se emprendió una auténtica revolución de la Mística. Para Dragó, la manifiesta insostenibilidad política del Imperio español en el siglo XVII, la voluntad de reunificación de la España goda durante la Reconquista o las mejoras administrativas de los borbones son cuestiones casi del todo intrascendentes, pues considera que la vida del hombre, y por ende todas las creaciones culturales o políticas de éste, no deben ser más que instrumentos utilizados para el desarrollo de la espiritualidad, fin último del ser humano.
Para ir concluyendo, quizá la mejor forma de encuadrar el trabajo de Dragó en la historia de las ideas españolas es contraponiéndolo al de otro gran intelectual español que puede ser catalogado como su más acérrimo rival, al menos en lo que respecta a las visiones de España contrapuestas que presentan uno y otro: Hablo de Marcelino Menéndez Pelayo, padre del tradicionalismo hispánico e inspirador de la derecha
española hasta bien entrado el siglo XX. El montañés sostenía que nuestra esencia y el sustento identitario español descansaban sobre la ortodoxia católica. Los ecos del Paganismo o la herejía no habrían sido más que modas pasajeras y marginales de implantación insignificante en España. Dragó demuestra que no, ofreciendo una tesis contrapuesta a la del autor tradicionalista: La auténtica esencia de España no habría sido la ortodoxia católica, sino la más absoluta y continua de las heterodoxias.
Esta postura, defendida de manera brillante a lo largo de casi mil páginas, supone a mi juicio una auténtica revolución dentro del pensamiento patriótico español, históricamente apegado al dogma y a la doctrina vaticana como mejor fórmula de resistencia a la Modernidad. La obra de Dragó abre una vía poco o nada transitada en los últimos dos siglos: Nos obliga a responder sí es posible la reivindicación de un Paganismo hispano. Y si existió, hay quien dirá que aún existe, tal paganismo hispano superviviente al inflexible dogma, quiere decir también que es posible reconstruir una dimensión aristocrática del hombre opuesta al igualitarismo ilustrado a partir de este paradigma: Hay vida más allá del oratores, bellatores y laboratores de época medieval ¿O quizá es que dicho modelo de corte aristocrático se mantuvo por influjo y ecos paganos?
El propio Dragó se ha declarado abiertamente contrario al ideal democrático y al igualitarismo ilustrado, y su obra es desde luego útil para construir una alternativa al mismo. No merece la pena extenderse, pues Gárgoris y Habidis ya presenta suficientes quebraderos de cabeza como para venir yo a lanzar nuevos enigmas. La cantidad de caminos abiertos por este libro es formidable. Estamos ante una obra de época que hay que recordar y tener en nuestra biblioteca para ser conscientes del mundo mítico, atávico y espiritual que se encuentra hoy más amenazado que nunca y desde el cual es posible plantear una alternativa a nuestro agonizante modelo de civilización.




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