ATENAS, ROMA O JERUSALÉN: LA ENCRUCIJADA DEL SIGLO XXI


Ante el epitafio de la Modernidad
Estamos inmersos en tiempos de cambio. Occidente avanza siguiendo un rumbo incierto, sin destino definido. A tenor de no pocos factores fácilmente perceptibles que ya han estado presentes en cataclismos civilizacionales pasados, todo parece indicar que nos encontramos en un cambio de era histórica.
La extinción de los grandes paradigmas filosóficos y de las ideologías omnicomprensivas que han determinado los siglos XIX y XX nos han conducido hasta el actual limbo histórico: La caída de la última gran tautología de la Modernidad, el Marxismo, ha llevado a que nadie confíe ya en grandes constructos ideológicos y filosóficos capaces de explicarlo todo. La Historia, al final, puede que no tenga una dirección definida y una meta última y preestablecida hacia la que la Humanidad se dirige empujada por fuerza irrefrenables: El despliegue dialéctico de Hegel, el impulso de la Razón, el desarrollo técnico, la lucha de clases de Marx, …
Resulta claro a estas alturas que la etiqueta con la que ha sido bautizada nuestra era histórica, Posmodernidad, no resulta aleatoria ni carente de significado: Nos encontramos en el tiempo que transcurre más allá de la Modernidad, esto es, más allá de la creencia en una historia lineal que avanza, progresando, hacia un Paraíso en la tierra; fe secular que ha inspirado a la mayor parte de los movimientos políticos y de las corrientes de ideas desde la Ilustración y la Revolución francesa. No hay linealidad, no hay progreso, no hay un mundo idílico que esperar. Entonces, ¿Dónde hallar un Sentido?

Antaño esta razón de ser se encontraba depositada sobre pilares religiosos: Antes de la inauguración de la era de las revoluciones, los interrogantes vitales del hombre eran respondidos desde la cosmovisión cristiana. Todo estaba impregnado por la fe, no solo el pensamiento, sino el entero orden social y político del Antiguo régimen. 
Antes del hundimiento del armazón civilizacional cristiano durante los cataclismos del siglo XIX y la dispersión de sus restos en el XX, ya habían comenzado a aparecer grietas y goteras preocupantes con la Revolución protestante, la científica y la Ilustración.
Pequeños aperitivos de lo que le esperaba a la Iglesia con la llegada del mundo moderno tras la estela de los estandartes de los ejércitos napoleónicos.
Pero no es nuestra intención trazar una historia del paso de la era cristiana a la moderna, ni del modelo de civilización del Antiguo régimen al económico-técnico industrial contemporáneo, sino más bien certificar, sumándonos a la opinión mayoritaria de los analistas serios, que no nos encontramos ya en una misa en recuerdo de ese viejo difunto que es el Cristianismo -El tiempo dirá si con capacidad de retornar de entre los muertos como su Fundador-, sino más bien en un velatorio en el que despedimos a un fiambre mucho más fresco: La Modernidad misma.
Los soles del paradigma ilustrado -Igualdad, Razón, Progreso- se ocultan bajo las montañas de la historia dejando a Occidente sumido en la penumbra: Desparecida la cosmovisión que ha imperado durante los últimos doscientos años entre los pueblos europeos y en honor de la cual se han realizado gigantescos sacrificios espirituales y humanos, ¿Qué podemos esperar del futuro? ¿Rendirnos quizá al simple pero eficiente criterio de la rentabilidad y a la búsqueda del placer inmediato, ya se presente éste en su vertiente consumista o fisiológica? ¿Acomodarnos de la mejor manera posible en esa sociedad y mundo líquidos de los que nos hablaba Zygmunt Bauman?
El más somero de los análisis históricos y la observación de la deriva de nuestro propio mundo nos revela que semejantes modos de vida y modelos de conducta no articulan civilización alguna, sino que vienen a alertar de la próxima desintegración de ésta.
No estamos, como todavía nos promete la cínica Izquierda superviviente al final del marxismo, en el preludio de una era en la que el hombre habrá quedado emancipado de todo condicionante opresivo (De orden sexual, claro ésta, al haber estar ya extinguidas las promesas del Socialismo real tras la experiencia práctica del Comunismo), sino en la antesala de la que puede llegar a ser la mayor crisis que ha vivido la civilización occidental en toda su historia. Y no, ésto no es ninguna exageración: Los tiempos que se aproximan pueden resultar bastante más negros que los siglos oscuros que llegaron tras el final de Roma o incluso a las dos guerras mundial. 
Ante este panorama, ¿Qué se puede hacer?

La trampa del Futurismo
Descartada la opción de dejarnos arrastrar por el nihilismo posmoderno y la resignación a entregar la vida en una continua búsqueda de estímulos para la satisfacción de nuestros impulsos primarios, tan solo nos queda el tratar de contribuir a la realización de una monumental tarea histórica: La proposición y desarrollo de un nuevo paradigma que desplace al agonizante.
Esta misión gigantesca debe emprenderse teniendo en cuenta los errores (Y también los aciertos por escasos que sean) que los filósofos modernos han cometido en las décadas que nos preceden: La búsqueda obsesiva de originalidad y el tratar de desarrollar un nuevo modelo filosófico definitivo podría conducir a nuestra imaginación en una peligrosa deriva hacia un mundo futuro de formas difusas. En esta Trampa del futurismo (Nada que ver con la corriente artística del siglo XX) han caído no pocos movimientos y autores anteriores a nosotros: la tentación de dejar vagar la mente hacia futuros indeterminados en los que es fácil ofrecer utopías a los pueblos, ha llevado al desarrollo de no pocas tautologías durante los siglos XIX y XX; puros castillos de naipes teóricos que se han derrumbado desde sus más tempranos intentos de aplicación práctica. A menos que el filósofo o el intelectual de turno cuente con una bola de cristal o con el asesoramiento de una echadora de cartas, conviene limitar al mínimo las construcciones mentales de esos futuribles indeterminados.
Esta advertencia queda reforzada por la conciencia de que debemos construir desde las condiciones presentes, otro factor pocas veces tenido en cuenta por corrientes pretéritas y que explica también numerosos desastres.
¿A dónde mirar entonces? Hacia la única dirección histórica posible: El Pasado. Pero no desde la óptica nostálgica y quejosa que ha lastrado al pensamiento tradicionalista cristiano, muchas veces contraponiendo utopías en el pasado a las utopías en el futuro planteadas por sus rivales progresistas, sino más bien admitiendo la evidencia de que hay principios eternos en el hombre, que son precisamente los que le constituyen como tal, que éstos se presentan en todas las épocas y en todas las culturas, y que deben funcionar como una camisa de fuerza para que todo planteamiento teórico no se corrompa para dejar paso a una nueva y nefasta tautología ideológica.

Posmodernidad: ¿Estertores o catalepsia?
Siendo fieles a la verdad, puede que la Modernidad no haya dicho aun su última palabra. Prueba de ello es que  estamos inmersos en la que tiene todos los visos de
ser la última revolución moderna: El asedio al espíritu de la Nueva izquierda.
Todas las filosofías y corrientes de Nueva izquierda, esto es la izquierda actual sobreviviente al final del Marxismo, se fundamentan sobre el asalto y destrucción de la que podemos considerar la naturaleza constitutiva del ser humano. La familia, el amor, los lazos comunitarios, la moral heredada, la paternidad, la identidad étnica, ... no son para nuestra izquierda más que instituciones arcaicas y bárbaras que deben ser suprimidas en pos de la liberación total de los impulsos y de la entronización del Deseo como mandamiento supremo.
No se trata únicamente de que durante la Posmodernidad se dude de manera pasiva de la validez de esos esquemas e instituciones humanas heredados de nuestros ancestros, sino que a nivel cultural, y cada vez más también desde las altas esferas políticas, imperan ideologías revolucionarias que centran su acción corrosiva sobre
construcciones elementales de la naturaleza humana. El objetivo no es ya derribar a un Estado o un orden social considerado opresivo, sino que el actual programa de demoliciones revolucionarias está pensado para acabar con las instituciones antropológicas básicas en las que los individuos adquieren su condición plena de seres humanos.
A nuestro alegato en defensa de un nuevo paradigma hay que sumar, por tanto, reivindicaciones bastante más básicas: Hay que blindar y proteger aquellas instituciones y formas de vida que, lejos de ser el resultado del desarrollo práctico de la aplicación de una ideología teórica, componen los fundamentos de aquello que llamamos condición natural del hombre.
La Reacción en nuestro tiempo la integramos los que pretendemos defender la simple, llana pero eterna naturaleza humana. Quizá éste sea el mejor exponente del punto terminal en el que se encuentra esa cosa que llamamos civilización occidental.

Tradición con mayúscula y tradición con minúscula
Recalquemos un punto ya citado: Éste no es un alegato tradicionalista al uso. No se trata de rehabilitar el Antiguo régimen. Esa posibilidad, en mi humilde opinión, se mantuvo hasta las postrimerías del siglo XIX y más concretamente hasta el tumultuoso comienzo del siglo XX con la Gran guerra, conflicto que vaporizó las últimas tres monarquías tradicionales de Europa: Los imperios ruso, austro-húngaro y alemán. Pero no nos adelantemos porque estas cuestiones serán analizadas más adelante en estas mismas líneas.
Retornemos al título: ¿A qué alude ese juego de palabras? El pensamiento cristiano ha tratado de monopolizar la palabra tradición, como si no existiesen tradiciones que les precedieron y como si los propios padres del cristianismo no hubiesen construido la Iglesia sobre cimientos paganos.
No vea aquí el lector una crítica facilona al Catolicismo: Más bien al contrario, pretendo transmitir una imagen fiel del mismo, para lo cual resulta imprescindible mirar más allá de la Basílica de San Pedro para otear las siete colinas romanas, y desde éstas, alzar un poco más la vista hasta la Acrópolis de Atenas y las costas del Egeo.
Por ir aludiendo ya a autores patrios que conviene traer a colación en este texto, hay recordar las certeras palabras del hoy proscrito Eugenio D´Ors con aquello de Lo que no es tradición, es plagio.


A la búsqueda de referentes
Me va a permitir el lector hacer un alto en el camino para recalcar algunos de los principios fundamentales que he citado hasta ahora: Necesidad de defender la condición natural del hombre, y a partir de ahí y sin salirnos nunca de esa necesidad imperativa de naturaleza casi biológica puesta en entredicho por la ideología de género y los postulados emancipatorios de la Nueva izquierda, plantear un nuevo paradigma que se sostenga sobre construcciones históricas y antropológicas, no ideológicas o teóricas, sino eternas. Ya tenemos de donde partir.
Este principio básico nos conduce a nueva pregunta. Quizá uno de los grandes enigmas que deberán responderse a lo largo del siglo XXI: ¿Qué tiempo debemos utilizar como espejo? ¿Qué era, de la extensa y rica historia europea, debemos fijar como nuestro referente a la hora de teorizar sobre una nueva cosmovisión?
El enigma, como la tarea histórica que aquí nos limitamos a plantear, presenta una enorme complejidad: Hay que bucear bajo la superficie de una historia milenaria hasta unas profundidades insondables a las que muchas veces solo alcanza el mito.
Dando un primer paso, y haciendo una partición un tanto grotesca en la historia europea, podríamos señalar las siguientes grandes épocas históricas como posibles focos de referentes para nuestro tiempo:
·      El pasado tribal hispánico: Las tribus pre-romanas como modelo de conducta desarrollado por pueblos autóctonos antes de la aculturación imperial. Muy conectado con el mundo griego a través del modelo social aristocrático y la moral heroica.
·        El pasado pagano clásico: Grecia y Roma como las dos columnas de Hércules que sostienen la civilización europea.
·        El pasado cristiano, que a pesar de que hoy se encuentra en un estado terminal, pervive y constituye el último modelo de civilización europea previo a la llegada de la Modernidad.
·    Un compendio de todos ellos aludiendo a esas constantes, a esas líneas maestras de la historia, que se han mantenido presentes y prácticamente imperturbables desde las cavernas paleolíticas hasta los imperios coloniales del siglo XVIII y los comienzos de la contemporaneidad.
Me veo obligado a recalcar lo grotesco de la mutilación realizada: Soy consciente de que al margen de estas categorías y aun dentro de ellas queda aún mucha tela que cortar; pero para dibujar un boceto a grandes rasgos de la problemática histórica con la que se ha topado nuestra generación, la búsqueda de referentes para superar una época que carece de ellos, y para la humilde intención introductoria de este texto, esta peregrina división puede sernos útil.

El porqué de utilizar categorías religiosas
Algún lector avezado podría llegar a preguntarse en este punto, ¿Y por qué hablar de
Paganismo y Cristianismo? ¿No estamos ante un debate estéril, al haber quedado en nuestro mundo extinguida toda metafísica y olvidado el concepto de lo Sagrado? ¿No sería más propicio partir desde cosmovisiones secularizadas más semejantes a las habituales ideologías modernas? Sin querer entrar demasiado en una cuestión que podría llegar a ser materia de artículos específicos, resumo las razones por las cuales la construcción de un nuevo paradigma superador del posmoderno que tenga en consideración las etiquetas de paganismo y cristianismo es perfectamente válido y diría incluso que imprescindible:

1º La extinción de la metafísica y el olvido de lo sagrado resultan a mis ojos una de las peores consecuencias de la Modernidad y, en extensión, uno de los daños provocados a reparar y no precisamente una de las bases sobre las que empezar a construir con solidez.


Las ideologías modernas resultan ser un cristianismo secularizado y sin Dios. Tal como veremos con más extensión más adelante, las ideologías modernas desde el
liberalismo pueden explicarse como herejías cristianas basadas en la toma de elementos religiosos y su conversión en principios filosóficos secularizados: Así, liberalismo y marxismo, los dos principales frutos de la Modernidad, junto a sus filiales actuales como el feminismo, constituyen versiones del cristianismo en la que todo lo metafísico se convierte en terrenal -Paraíso y Redención del hombre en la Tierra, visión lineal de la historia, universalismo, etcétera- y en las que la idea del Pecado original queda suprimida para poder plantear la posibilidad de construir órdenes políticos perfectos.

Las formas políticas modernas suelen ser instituciones o conceptos políticos cristianos secularizados. De la misma manera que las ideologías modernas parten desde el cristianismo, también lo hacen las formas políticas tal como ha demostrado sobradamente el profesor Dalmacio Negro: Los estados europeos se construyeron imitando a instituciones eclesiásticas y numerosos conceptos de la teoría política también tuvieron como modelo principios del dogma cristiano.

4º G. K. Chesterton, personaje que goza de gran importancia en toda la temática presentada en este artículo, comentaba que aquellos que dejan de creer en Dios, empiezan a creer en cualquier cosa. Y estaba en lo cierto: El hundimiento del paradigma cristiano trajo la adhesión a nuevos dogmas, las ideologías modernas, y la actual crisis de éstas en las épocas más recientes ha venido seguida de un auténtico estallido de nuevas religiones y corrientes exotéricas de diverso pelaje. La Iglesia de la cienciología, el Evangelismo importado desde Latinoamérica, todo tipo de cultos orientales previamente convertidos en productos consumibles por el occidental medio, espiritismos varios, etcétera. En otras palabras: mientras que los templos y los seminarios están vacíos, las consultas de los adivinos están llenas.

En sentido estricto no existe retroceso de la fe, pues la creencia en algo superior al individuo es otro de esos elementos consustanciales al ser humano. Lo único que varía es el sujeto o la promesa, de carácter terrenal o trascendente, sobre los que esa fe se deposita.
El mundo moderno parte en sus formas filosóficas y políticas de un cristianismo secularizado. Tiene por tanto todo el sentido que la superación de éste se logre a través de una revisión de los orígenes profundos de la civilización occidental, cuyo núcleo resulta ser en la mayoría de los casos de carácter religioso.

Cales, arenas y mezcla de ambas
Queda por tanto presentada la Pregunta (Si, va con mayúscula) de nuestra generación: ¿Cuál debe ser nuestro referente histórico a la hora de construir un paradigma con el que tratar de plantear un futuro diferente más allá de la Posmodernidad?
Ya ha sido advertido el lector en líneas anteriores: Tratar de levantar una nueva cosmovisión, o siendo un poco más humilde, plantear una nueva forma de mirar la vida y la historia, no es una tarea que se caracterice precisamente por su sencillez. Más bien al contrario, requiere de más de uno y de más de dos visionarios entregados a una misión que puede requerir décadas de trabajo. No alcanzan a tanto mis fuerzas o mis capacidades, con lo que recalco la voluntad introductoria de este artículo.
Como todo en la vida, cada opción de las presentadas en los puntos anteriores posee ventajas e inconvenientes que dificultan, hay quien dirá que impiden, una rehabilitación total de los grandes modelos de civilización planteados
Esta primera premisa, que ha de ser tenida en cuenta en todo momento, podría indicar que la mejor opción es la basada en el sincretismo y las continuidades entre el mundo pagano y el cristiano: Buscar el común denominador en los siglos pretéritos y empezar a articular
un pensamiento desde ahí, desde lo constante; pero esa línea de trabajo no está libre de sus propias dificultades: Siendo efectivamente en mi opinión la opción más viable y deseable, no está de más decir que el armonizar corrientes tan dispares exige iguales o mayores esfuerzos que las otras líneas de trabajo propuestas. El adherirse con fervor dogmático a una alternativa concreta, ya sea pagana o cristiana, facilita de manera momentánea las cosas pues tan solo se requiere abrazar con fe unos postulados monolíticos.
Por el contrario, si seguimos la vía del sincretismo nos topamos con el reto de tratar de
encontrar líneas maestras y de continuidad entre universos de ideas y modelos civilizatorios divergentes y que, por si fuera poco, no tuvieron precisamente relaciones cordiales en las coordenadas históricas concretas en las que convivieron. Veáse la Romanización como proceso por el cual se puso fin al tribalismo hispánico o el cristianismo como superación del paganismo clásico.

Por tanto, tenemos delante de nosotros dos importantes escollos ante los que hay que hacer otra parada obligatoria: El primero, es el de rehabilitar una cosmovisión pasada para los tiempos actuales, para lo cual se debe afrontar la problemática de tratar de armonizar universos de ideas dispares. Y no acaba aquí la cosa pues cada opción de las citadas cuenta con sus propias ventajas e inconvenientes específicos: Los aprietos que tenemos por delante no estriban solo en el acto de ponerse a caminar por una vía elegida, sino que toda dirección que tomemos contará con sus correspondientes trabas y resistencias. Las calzadas que se dirigen hacia Jerusalén no están peor o mejor pavimentadas que las que nos acercan a Roma o a Atenas. Organicemos entonces nuestro viaje para que las dificultades inherentes a todo peregrinar no nos desanimen cuando nos hallemos alejados de ese punto de partida que llamamos Posmodernidad.


El retorno de los viejos dioses
Ventajas de la recuperación de una cosmovisión pagana

1)     Iglesia, Concilio vaticano II y "adaptación a los tiempos"
El saciar nuestra sed de referentes en el mundo pagano permite superar un problema de dimensiones no precisamente pequeñas: La izquierdización del pensamiento
católico y la adaptación a los tiempos -Es decir, a la Modernidad- emprendida por la Iglesia y cuyo cénit fue el Concilio vaticano II (1962-1965)
Este cambio de rumbo eclesial nos plantea unas resistencias considerables a la hora de construir un pensamiento alternativo a la Modernidad desde el Cristianismo, al haberse adherido las altas esferas oficiales de ésta al paradigma que pretendemos superar. En cierta manera la Iglesia ha ligado su destino al del mundo moderno.
El citado Concilio ha supuesto, visto con perspectiva, una de las mayores revoluciones internas emprendidas por la Iglesia: En su intento por hacerse más atractiva a los ojos del occidental cosmopolita medio, acabó comulgando con todos los principios de la Modernidad, incluyendo el acercamiento al marxismo, muy de moda en esos años sesenta en los que tuvo lugar la reunión conciliar.
La institución que había sido la base de la mayor parte del conservadurismo europeo durante los siglos XIX y XX capituló por una cuestión de marketing. Los efectos no se hicieron esperar en numerosos movimientos católicos que dieron un giro de ciento ochenta grados acorde al de la institución a la que debían sumisión: En España cabe destacar el final del apoyo del Vaticano al Franquismo que minó la base filosófica
sobre la que asentaba un régimen formalmente declarado como Católico; la metamorfosis del Carlismo, que pasó a hacer del Socialismo auto-gestionario la base de su ideario; el surgimiento de la Teología de la liberación que inspiraría a guerrillas comunistoides en Latinoamerica o el apoyo clerical al separatismo vasco incluso en su vertiente terrorista encarnada en ETA.
Hoy, a pesar del final del Socialismo real, la Iglesia no ha cejado en sus intentos de ofrecer una buena cara a una opinión pública que la detesta: Extinguida la vía marxista, la institución fundada por San Pedro ha pasado a convertirse en una mera sucursal de los Derechos humanos. El Papa Francisco I no es una excepción en la historia eclesiástica reciente sino la culminación a una dinámica de largo recorrido.

Para acabar de aclarar cual es la nueva situación con respecto a la iglesia, baste tomar como ejemplo a uno de los grandes defensores hispanos de la ortodoxia católica: Marcelino Menéndez Pelayo. Este autor, en su monumental Historia de los heterodoxos españoles (1880-1882), traza una línea en el discurrir histórico de España
que separa a los ortodoxos católicos de los heterodoxos pertenecientes a herejías o a corrientes que a lo largo de los siglos no han comulgado con la Iglesia. A partir de esa división llega a sostener que tan solo en la ortodoxia se puede hallar la auténtica españolidad, quedando los heterodoxos fuera de la categoría nacional hispana.
Esta tesis, quizá asumible en su época, resulta insostenible hoy: el propio Menéndez Pelayo, de regresar a la vida en nuestros días, sería considerado por la Iglesia como uno de esos heterodoxos que son objeto de su crítica. El célebre santanderino no fue consciente de lo que es una cuestión trascendental: La línea que separa ortodoxia y heterodoxia es móvil, y ante la adaptación de la Iglesia a la Modernidad y su intento de homologación a los movimientos de izquierda, esta frontera se ha desplazado de manera notable dejando en la heterodoxia a todos los movimientos reaccionarios y tradicionalistas, históricos y actuales.
En definitiva, el alejarse de un Cristianismo en vías de extinción y que a día de hoy no pasa de ser la enésima opción globalizadora, en la que casi de manera protocolaria se adora a un Dios convertido al Progresismo, supone un paso casi irrenunciable.

Nuestro intento de buscar un asidero firme para levantar una nueva cosmovisión no es nuevo: Uno de los primeros movimientos que se percataron del rumbo terminal que tomaba la civilización occidental y de la necesidad de ponerle remedio fue la bautizada como Nueva derecha, corriente de pensamiento de vocación metapolítica que viene desarrollándose en Francia desde finales de los años sesenta.
Esta escuela, sobre la que espero escribir más en un futuro, se ha
mostrado especialmente crítica con el cristianismo: Retomando concepciones de autores anteriores como Splenger, Nietzsche y otros, consideran la mencionada religión como la matriz original de la Ilustración y la Modernidad, al haber sido pionera en el planteamiento de cuatro principios troncales de ésta: El individualismo, por la Salvación individual y la relación íntima del creyente con Dios; el igualitarismo, al estar todos los hombres llamados a la Salvación y ser considerados iguales a los ojos del Creador; el Progresismo, presentando una historia lineal desde el Paraíso original a la Parusía, esquema copiado por todas las ideologías modernas; y el Universalismo, por la misión histórica de extender el mensaje evangélico a todos los hombres del orbe.
Desde la Nueva derecha se plantea un retorno al Paganismo que sirva tanto para romper con las ideas-matriz de la modernidad recogidas en el párrafo anterior, como para trasladar la adoración cristiana hacia un ente y un plano trascendente, metafísico y ajeno al mundo visible, hacia el mundo terrenal y perceptible, recuperando de esta forma la veneración, no a deidades del pasado, sino a la Naturaleza.
El tomar una cosmovisión pagana como base de un pensamiento nuevo permitiría importar los valiosos trabajos de la Nueva derecha a España, escuela que lleva reflexionando en torno a los problemas que hoy nos aquejan desde hace décadas. En esta labor de recepción de las ideas de Alain de Benoist y sus seguidores han destacado José Javier Esparza, autor que sin embargo es defensor del cristianismo, y Javier Ruiz Portella.

3)     Cristianismo: La cuna de las ideologías igualitarias
Mera reiteración de lo ya señalado en el punto anterior: No pocos críticos de la Modernidad señalan al Cristianismo como el origen de los principios troncales de igualdad, individualismo, progresismo y universalismo en los que ésta se ha sustentado. La ruptura con el cristianismo, es la ruptura también con la base misma del modelo de civilización que ansiamos dejar atrás.

4)     La Historia como proceso cíclico
La crisis general de la Modernidad implica también el total descrédito de uno de sus principios troncales: La concepción lineal de la historia. El advenimiento de la Posmodernidad, entre otras muchas cosas, lo que nos ha demostrado es que la Historia no es un proceso lógico formado por una serie de etapas que se suceden de manera necesaria partiendo desde un origen arcaico hasta llegar a un destino ideal y utópico, impulsada por una serie de fuerzas macrohistóricas sobre las que el hombre no tiene ninguna capacidad de resistencia. Para Hegel, nada podía hacer el individuo contra el despliegue de la razón, y para Marx y sus acólitos, el hundimiento del capitalismo y la llegada de Paraíso proletario era tan inevitable como que a la noche le seguirá el amanecer.
La constatación de la falsedad de esta suerte de dogma de fe moderno vuelve a dar vigencia a la creencia de origen pagano en una historia de carácter cíclico, retomada por algunos autores concretos como Nietzsche con su Eterno retorno o Splenger con su teoría de que las civilizaciones sufren un proceso de decadencia equiparable al de los seres vivos con fases de nacimiento, crecimiento, a veces reproducción y siempre muerte. El ocaso de la Modernidad refuerza esta concepción cíclica de la historia y por ende a los pensadores paganos que en su día ya la entendieron como tal.

Los viejos dioses… ¿Demasiado viejos?
Desventajas de las cosmovisiones paganas

1)     Dos mil años, son muchos años
La brecha temporal que nos separa del mundo pagano es muy amplia: Hace más de mil años que el paganismo desapareció de Europa occidental y lo hizo en gran medida porque se había convertido en una religión muerta.
Me refiero en este punto de manera específica a la religión oficial romana y en gran medida también la griega: La mayoría de los cultos tan solo pervivían de manera artificial debido a que eran una pieza más dentro de la burocracia del Imperio romano o de las ciudades-estado. Ello explica la rápido expansión y popularidad de las religiones mistéricas, de cultos venidos de Oriente o del propio cristianismo.
En Grecia, por su parte, el extraordinario desarrollo de las corrientes filosóficas y algunas religiosas asociadas a ellas (No estaba clara la diferencia entre ambos campos en aquel momento) llevó al abandono aún más temprano de las religiones oficiales de las ciudades-estado.
Baste comprobar las razones esgrimidas en el asesinato judicial de Sócrates y como los planteamientos monoteístas imperaron dentro de la filosofía mucho antes del advenimiento del cristianismo; factor que llevó a los primeros representantes de la nueva fe a considerar el pensamiento griego como una preparación para la posterior llegada del Evangelio querida Dios.
Cabe señalar que no ocurriría así en todas las regiones de Europa: La Evangelización se expandiría algunas veces a sangre y fuego por las regiones del norte y el este del continente, aunque no es menos cierto que muchos monarcas y sus pueblos adjuraron voluntariamente de sus antiguas creencias para pasar a formar parte de la Cristiandad. Los clásicos primero y los bárbaros después abrazaron el Cristianismo y no siempre por forzada imposición manu militari. Sus razones tendrían.
No adelantemos acontecimientos y volvamos al meollo de este punto apuntando una evidencia impuesta por el sentido común: Rehabilitar una cosmovisión desaparecida hace más de 1.000 años es más complicada que una que, aunque agonizante, todavía existe.

2)     La problemática en torno al término “Pagano”
¿A qué etapa histórica circunscribimos el término paganismo? El uso interesado de esta etiqueta, la distorsión que ha venido de la mano de algunos grupúsculos denominados a sí mismos como neopaganos y la mala ambientación histórica de películas y series ha sembrado un clima de desconcierto en el que la popularidad de los tópicos es la norma.
Lo primero que hay que dirimir es a qué llamamos mundo pagano, pues si el término hace referencia de manera general a todo lo que antecedió al Cristianismo, tenemos
que enfrentarnos a una inabarcable profundidad histórica que tendría que medirse en milenios. Normalmente el apelativo se ha asociado a la Edad del hierro -De manera más concreta, y por pura moda, a los celtas- a Grecia y a Roma, por ser las etapas más conocidas donde comienzan a aparecer las referencias escritas y por ser el mundo clásico donde el paganismo alcanza su cénit en todos los órdenes.
Sin embargo, estas eras de la historia no fueron más que breves periodos de tiempo si los comparamos con la inmensidad de la Prehistoria anterior a la expansión de la cultura celta o a la aparición del embrión del helenismo. 
¿Las cavernas paleolíticas, el megalitismo o la cultura del vaso campaniforme los incluimos también dentro del cajón de sastre del Paganismo? Y en caso de hacerlo, ¿Cómo articular un pensamiento valiéndonos de mundos y culturas tan dispares? Tal vez antes de posicionarnos en el conflicto entre paganismo y cristianismo, lo que habría que determinar de manera clara y precisa es a que alude cada uno de estas categorías tan genéricas.

3)     Neopaganismo: ¿Pose estética y filosófica o cosmovisión religiosa?
La Nueva derecha, principal valedora en nuestros días del Pagagnismo, cae en una contradicción bastante evidente cuando profundiza en la cuestión religiosa. Por un lado, acusan al Cristianismo del olvido de lo Sagrado, por un principio ya comentado en la parte superior: El colocar el objeto de adoración fuera del mundo -Dios y Cielo metafísicos- ha provocado a la larga la desacralización de la Naturaleza y el abandono en último término de la religión. Hasta aquí, hipótesis debatible a la que no me atrevo a entrar por ahora.
La cuestión es que para poner solución a tan complejo fenómeno como es el de la desaparición de la religión como fuerza social, no proponen una posición religiosa alternativa sino una pose y voluntad filosóficas: Recuperar la adoración de la Naturaleza. Pero, ¿En base a qué?
Ningún pagano actual, ni siquiera entre los que componen auténticas sectas de carácter esotérico, cree en dioses paganos. Nadie cree en Odín, Wotan, Júpiter o Lug. La posición de la Nueva derecha en la cuestión religiosa no pasa de pose de carácter estético y clave de interpretación filosófica; para nada constituye una religión que sustituya al Crisitianismo en descomposición. Si ésto basta para oponerse al ateísmo, al materialismo y al nihilismo derivado de ambos, lo dudo mucho.
Con todos los matices que merezca el autor, me aproximo a la cita de Heidegger en la que nos alertaba de que ya tan solo un Dios podía salvarnos. Y lo cierto es que la Nueva derecha ofrece nuevos planteamientos, pero no nuevos dioses.

4)     Nuestros íberos y celtas
Nos encontramos con una serie de complicaciones extra si atendemos al caso concreto del paganismo puramente ibérico. Para evitar mayores problemas, consideraremos pagano en este caso a los últimos pueblos prehistóricos (Protohistóricos, si se me permite la pedantería) de la Península: El archiconocido matrimonio entre celtas e íberos.
El estudio de estos pueblos se encontrará lastrado desde los primeros pasos que demos: No conservamos testimonios escritos de primera mano de lo que estas gentes
pensaban sobre sí mismos, información que desde luego no puede proporcionar la arqueología, por más que se trate de una disciplina útil.
Las informaciones conservadas provienen de autores grecorromanos que, por más crítica historiográfica que se les practique, no dejarán de ser las opiniones de observadores externos. Ni que decir tiene que cuanto más retrasemos el reloj, menos serán los testimonios conservados.
Como desventaja definitiva y castiza por ser puramente hispánica, nos topamos con la dificultad de construir una cosmovisión basándonos en los modos de vida de unos pueblos que no nos legaron testimonio escrito de lo que ellos pensaban sobre sí mismos. Esto no implica que estemos totalmente ciegos, pues el uso combinado de los textos clásicos y la arqueología, junto a la búsqueda de similitudes y conexiones con las historias de otros pueblos paganos nos acercan a la visión del mundo de nuestros remotos ancestros, pero tampoco conviene negar este inconveniente de base que hay que tener en cuenta en todo momento en nuestro trabajo.



Los cielos y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán (Marcos 13,24-32)
Ventajas de la recuperación de una cosmovisión cristiana

1)     Europa: Una civilización policéntrica
Lo que entendemos por civilización europea, u Occidente si queremos incluir a las zonas del mundo en las que ésta ha dejado sus filiales (Estados unidos, Australia y Nueva Zelanda), tiene unos orígenes y unos cimientos cristianos: Fue el Cristianismo el que unificó espiritualmente el continente europeo y a los pueblos que lo habitaban. Y más allá de lo espiritual, fue gracias al Cristianismo que la fragmentación política de Europa tras el hundimiento del Imperio romano pudo superarse en base a un nuevo modelo de civilización que permitiría mantener cohesionado aquel mosaico de reinos diversos en los esforzados siglos de la Alta edad media.
Este modelo medieval de civilización por el cual una pluralidad de estructuras políticas y etnias conviven y se relacionan en base a unos esquemas generales
 aceptados por todos es además el origen de una de las principales características particulares de Europa: La existencia de diversas naciones y pueblos habitando un mismo espacio y participando de un mismo proyecto de civilización, modelo que difiere de los de otras zonas del mundo donde las civilizaciones tienen como base principal un imperio aglutinador y unitario (Véase China).
Este carácter policéntrico se ha mantenido a lo largo los siglos desde la Edad media, hasta el actual intento de la Unión europea de homogeneizar a las antiguas naciones bajo una misma estructura política, proyecto netamente antieuropeo que para nada estaba implícito en los orígenes económicos de la Comunidad europea.
La heterogeneidad de Europa, uno de nuestros grandes tesoros, y que en nuestros días inspira la mayor parte de las resistencias que se oponen a las fuerzas homogeneizadoras, ya provengan de la Unión o de la propia Globalización, tiene su origen en el modelo de civilización que el Cristianismo planteó y llevó adelante tras el hundimiento del Imperio romano.

2)     Germanos, nórdicos, eslavos y húngaros
Si en la actualidad podemos decir que un sueco, un alemán y un español comparten la pertenencia a una misma civilización se debe también en gran medida a la acción del Cristianismo: Tras el final de Roma, no solo se articuló en el nuevo esquema a los territorios que habían formado parte del Imperio, sino que se incluyó en este proyecto histórico a pueblos hasta ese momento considerados bárbaros en Europa occidental
y que componían culturas ajenas totalmente a las del mundo mediterráneo y que, en definitiva, no formaban parte de una misma civilización.
Fue a través de la acción evangelizadora y de la conversión de numerosos monarcas bárbaros, que pueblos como los nórdicos, los germanos, los eslavos o los húngaros, conjunto de etnias que habían asolado Europa con sus incursiones, pasaron a formar de una misma civilización, siendo a día de hoy una parte esencial de la misma y sin la que la palabra Europa no tendría el menor sentido.
En suma, antes del advenimiento del cristianismo la fragmentación en tribus y regiones culturales diversas, en ciudades-estado o con la radical diferencia entre el Imperio y los pueblos de más allá del Limes nos impiden hablar de una civilización europea compartida en los términos en los que la entendemos hoy.

Este punto, como todos los recogidos, requiere matices: Sin ir más lejos, la fragmentación en ciudades-estado helénicas fue superada mucho antes de la anexión de Grecia por Roma, con el Imperio alejandrino y los reinos helenísticos posteriores. Y tanto bárbaros como romanos practicaban mayoritariamente religiones de raíz indoeuropea heredadas desde los tiempos remotos en que esos pueblos prehistóricos y casi por entero desconocidos comenzaron su extraña carrera a lo largo y ancho de toda Eurasia.
Sin embargo, esta referencia a la base común indoeuropea de griegos, romanos, germanos y nórdicos tan solo es útil para la labor de estudio de los historiadores, porque en aquel momento los pueblos protagonistas de esta historia no identificaban a Odín o a Wotan con Zeus o Júpiter, por mucho que, con más de 2000 años de perspectiva, nosotros podamos hablar de este fondo religioso común.
Siendo cierto que se produjeron conversiones forzosas emprendidas entre otros por las huestes de Carlomagno o los caballeros teutónicos, también muchos dirigentes bárbaros se convirtieron de manera voluntaria a la nueva fe y junto a ellos sus pueblos articulándose de esta manera una Europa medieval que a partir del decisivo año 1.000 comenzaría una fulgurante expansión en todos los órdenes que la conduciría a ostentar la hegemonía planetaria durante siglos.

         3) Resistencia y expansión: El despertar de Europa en el año 1.000
Me resulta francamente complicado el emprender la tarea de defender o apuntalar el sostenimiento de una identidad cualquiera, tratando de saltar de manera voluntaria por encima de los últimos dos milenios de esa identidad.
Y lo que es más, no estamos ante dos milenios formados por siglos tenebrosos de los que no pueda destacarse más que la ruina y las sombras como algún insufrible progresista todavía pretende hacernos creer hoy: Haciendo otra participación brusca a
las que ya estarán acostumbrados los lectores, en el primer milenio de nuestra era Europa superó una serie de retos de considerable magnitud, equiparables quizá a los de nuestro propio tiempo: No solo se logró construir una nueva Europa a partir de las ruinas del Imperio romano con la consolidación y cristianización de los reinos bárbaros, sino que éstos demostrarían una gran capacidad de resistencia: Las llamadas Segundas invasiones a Europa protagonizadas por magiares, vikingos y sarracenos fueron contenidas a pesar de las penosas perspectivas iniciales. Desde el norte llegaron los temidos vikingos asolando las costas del atlántico y del mediterráneo, desde el este las hordas magiares y desde el sur una avalancha imparable inspirada por una nueva fe que a duras penas pudo contenerse en la cordillera cantábrica, el Pirineo y los muros de Constantinopla.
Desde semejante escenario, lo que era un continente en retroceso, asediado desde todos los frentes y que a duras penas podía resistir ante el embate de tantos enemigos, explosionó en una serie de contraataques exultantes a partir de ese decisivo año mil en el que muchos creían hasta ese momento, visto el panorama, que el mundo tocaba a su fin.
Los desconocidos y crueles nórdicos se convertirían al cristianismo, lo mismo que los magiares tras instalarse en la llanura de Panonia; el Islam comenzó a retroceder en la
Península ibérica y toda Europa emprendió la campaña común de las Cruzadas, buena muestra de la recién innaugurada hermandad continental, para tratar de recuperar Tierra santa.
Estas periódicas expansiones europeas emprendidas en todas las direcciones no concluirían junto al medievo, más bien al contrario, comenzarían a llevarse a cabo por todos los océanos de la Tierra para dejar paso a la era de los imperios occidentales que se perpetuarían hasta los dos cataclismos bélicos del siglo XX: La muerte de Europa en la Gran Guerra y su entierro en la Segunda guerra mundial.

3)     Cristianismo y Modernidad
Hechas ya las aclaraciones previas sobre el carácter cristiano de la civilización occidental que actualmente agoniza y resumidos los decisivos siglos en los que la Europa cristiana expandió sus imperios por todo el Planeta, toca analizar hasta qué punto el cristianismo sigue siendo útil como oposición de la Modernidad. En ese sentido cabe destacar lo que es un hecho fundamental: El pensamiento cristiano ha convivido con la Modernidad, mientras que el paganismo no. Muchas respuestas y alternativas a ésta vienen inspiradas por pensadores cristianos. Baste señalar los
planteamientos de Donoso Cortés, la doctrina social de la Iglesia con el Rerum Novarum y el Distributismo, el renacimiento católico francés y el movimiento de Oxford, todo el pensamiento tradicionalista, el propio régimen de Franco con su Estado declarado formalmente católico y un larguísimo etcétera que tan solo se corta a partir de la hecatombe conciliar del Vaticano II.

4)     El Cristianismo continúa siendo una religión mientras que el Paganismo no
Mientras que el paganismo en nuestros días no pasa de mera posición filosófica o estética, tal como ya hemos visto en la crítica a la Nueva derecha, el Cristianismo cuenta aún con adeptos a pesar de hallarse en crisis. El progresivo vaciamiento de los templos y los seminarios que hemos podido observar en los últimos tiempos no impide señalar lo obvio: Aun agonizando, estamos ante una religión viva.
No me resulta ésta una cuestión baladí: La Modernidad resulta ser un gigantesco
proyecto de tonos más religiosos que políticos, en especial si ponemos la lupa sobre sus raíces profundas que no dejan de ser un cristianismo secularizado a partir de la conversión de los conceptos religiosos en conceptos político-filosóficos y de la eliminación de la advertencia del Pecado original.
Este principio de la Modernidad como herejía cristiana se encuentra incluso exacerbado en nuestros días, tiempo en el que el delirio ideológico nos ha conducido hasta un ser humano que se erige como un Dios, posición que le permite oponerse a las propias leyes de la naturaleza si así se lo impone su deseo personal.
Siendo esto así, el Cristianismo podría presentarse como una resistencia espiritual frente a una serie de ideologías que se presentan como sustitutorias de la religión, cosa que el paganismo desde luego no podría hacer por no ser más que una posición filosófica.

     5) La Edad media: El tiempo de la Diferencia
Siendo indudable que los principios originarios y vertebrales del pensamiento ilustrado son tomados del Cristianismo, no es menos cierto que la época dorada de esta religión se caracterizó precisamente por la proposición de unos modelos antagónicos al ideal moderno, a destacar la sociedad aristocrática.
La igualdad ante los ojos de Dios o el individualismo por la relación íntima del
creyente con su Creador no implicó que en los siglos de apogeo del Cristianismo existiese una sociedad igualitaria, más bien al contrario: Todo el cuerpo social medieval quedó organizado en estructuras jerárquicas de carácter corporativo basadas en relaciones personales de dependencia y vasallaje contrarias en todo orden a cualquier principio de igualdad entendido según los esquemas modernos y actuales. 
La famosa triada Oratores, belatores y laboratores refleja de un modo general este modelo de organización social de esencia aristocrática, que se reproducía también con las estructuras gremiales, en las organizaciones eclesiásticas, en el modelo de dependencia piramidal que ligaba a todos los individuos desde el rey hasta el último de los campesinos, entre otros muchos ejemplos.
Por otro lado, el alumbramiento de la Modernidad se produce a través de un doloroso parto durante el cual el principal objeto a abatir fue precisamente toda reminiscencia -ideológica, espiritual o social- de este orden cristiano medieval. A partir del análisis de estos hechos, podríamos llegar a pensar que la Modernidad no es tanto una derivación del Cristianismo sino una versión herética del mismo. Volveremos sobre ello en las líneas siguientes.

6)     La herencia del tradicionalismo hispánico
España cuenta en su haber con un gran número de autores antimodernos de corte tradicionalista que nos han legado importantes obras. Destacan sobre manera Donoso Cortés, Menéndez Pelayo o Ramiro de Maeztu con Acción española entre otros. Todos ellos partían en su reflexión y en su crítica a la Modernidad desde posiciones católicas. Es por ello que
el acercamiento a una cosmovisión cristiana permitiría apoyarse en esta valiosa herencia histórica de carácter netamente hispano.
En este punto, y partiendo de la dualidad ortodoxia-heterodoxia ya comentada, quizá lo que habría que preguntarse es hasta qué punto estos autores continúan siendo católicos, al haber quedado sus obras condenadas como herejías ante el cambio de rumbo político de la Iglesia. En cualquier caso, ahí quedan sus trabajos como testimonio imperecedero de que hubo un tiempo en el que la derecha española contaba con intelectuales de talla considerable, dato que puede llegar a sorprender si atendemos a nuestra actual situación.

7)     Más allá del Vaticano
Hay cristianismo más allá de Roma. Frente a la ortodoxia vaticana, encontramos muy diversas formas de ser cristiano a lo largo de la historia europea y española: Desde Prisciliano en España (Al que Sánchez Dragó dedica una auténtica apología), los
templarios, las herejías medievales y modernas, el rito hispánico o mozárabe en España extirpado por la reforma de Cluny, el monacato hispano durante el reino godo, …
Y es que, como veremos más adelante, se debe diferenciar entre el cristianismo como cosmovisión general que permitió mantener, transmitir y cultivar gran parte del pensamiento pagano-clásico, hermanando a la Europa postimperial; del Vaticano como institución política que se encontraba en el centro de ese universo y cuyo papel en la historia del continente merece una revisión crítica llevada a cabo con detenimiento. Volveremos sobre ello.

Desventajas del mantenimiento de una cosmovisión católica
El Tercer secreto de Fátima: También a otros Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas subir una montaña empinada, en cuya cumbre había una gran Cruz de maderos toscos como si fueran de alcornoque con la corteza; el Santo Padre, antes de llegar a ella, atravesó una gran ciudad medio en ruinas y medio tembloroso con paso vacilante, apesadumbrado de dolor y pena, rezando por las almas de los cadáveres que encontraba por el camino; llegado a la cima del monte, postrado de rodillas a los pies de la gran Cruz fue muerto por un grupo de soldados que le dispararon varios tiros de arma de fuego y flechas; y del mismo modo murieron unos tras otros los Obispos sacerdotes, religiosos y religiosas y diversas personas seglares, hombres y mujeres de diversas clases y posiciones. Bajo los dos brazos de la Cruz había dos Ángeles cada uno de ellos con una jarra de cristal en la mano, en las cuales recogían la sangre de los Mártires y regaban con ella las almas que se acercaban a Dios.

1)     Una agonía de largo recorrido
La crisis del Cristianismo no data de anteayer.
Estamos en una fase terminal dentro un proceso de larga duración inaugurado con la
Revolución protestante que vino a aniquilar ese orden europeo medieval en el que el Catolicismo y el Vaticano funcionaban como el eje en torno al que orbitaban los reinos del Viejo mundo. Esa quiebra histórica fue seguida por la Ilustración y el comienzo de la era las revoluciones a partir del siglo XVIII.
La novedad representativa de la vigente agonía del cristianismo es que la Iglesia por primera vez ha renunciado a mantener sus principios históricos, cejando en su intento de resistir a la Modernidad para pasar a sumarse a ella, entrega que se ha venido produciendo sobre todo a partir del Concilio vaticano II pero que ya venía preparándose mucho antes.
Este hito marca el punto álgido en una deriva secularizadora que algunos sostienen
que se remonta hasta la permisión del Cristianismo en el seno del Imperio a partir del Concilio de Nicea (325) el que la fe que hasta entonces se había desarrollado en los márgenes de la sociedad imperial quedó imbricada en el poder político de la mano de Constantino. En otras palabras: el cristianismo ya desde el siglo IV cobijaba en su seno la semilla de la secularización, la cual germinaría de manera lenta pero inexorable hasta culminar su desarrollo en nuestra época, cuando el contenido religioso de lo que antaño fue una auténtica religión queda eclipsado por lo mundano y terrenal.
En cualquier caso, secularización y crisis del Cristianismo resultan ser dos procesos históricos de larga duración y que no parece que vayan a tener solución futura más allá de la conversión de la Iglesia en una sucursal de la ONU y los Derechos humanos y, en consecuencia, el final del cristianismo como religión.

2)     Cristianismo como matriz de la Modernidad: Individualismo, igualitarismo, progresismo y universalidad
Tal como señalan autores como Alain de Benoist, en el cristianismo aparecen cuatro conceptos que, una vez secularizados y cribado su contenido trascedente y religioso, se convirtieron en pilares maestros de la Modernidad: Individualismo, igualdad, progresismo y universalismo.
Merece la pena repetirse: Individualismo, por la relación íntima y particular de cada creyente con Dios; igualdad, por ser considerados todos los hombres iguales a los ojos
de Dios y estar todos llamados a la Salvación; progresismo, por plantear por primera vez una historia lineal que conduce de un Paraíso original al Final de los tiempos, rompiendo con la concepción de historia cíclica típica del Paganismo; y universalismo por la misión evangelizadora que debía proyectarse hacia todos los pueblos del planeta. 
Lo primero que hay que juzgar llegados a este punto es hasta qué punto el Cristianismo es el origen último de la Modernidad: Siendo cierto que los conceptos troncales de la Ilustración se toman de él, la adulteración que sufren con su secularización no es menos importante y resulta imprescindible para comprender en toda su extensión el fenómeno moderno. 
Por otro lado, todas las revoluciones modernas se basan en la eliminación del concepto de Pecado original, mito que nos recuerda la debilidad de la condición humana y su tendencia natural al mal. De la misma manera, la deriva ideológica siempre ha conducido, con el tiempo, hacia un ateísmo militante que se ha colocado muchas veces en el eje de las ideologías. 
Maestros como Chesterton o Gómez Dávila aluden precisamente a estos fenómenos: Condenan la Modernidad no tanto por ser anticristiana, que también, sino por tratarse de una gigantesca y destructiva herejía del cristianismo.
Por otro lado y contradiciendo en parte lo dicho en el párrafo anterior, el Cristianismo siempre tuvo una fuerte tendencia a la secularización desde mucho antes de la Ilustración: Siempre existió el peligro de que la fe descendiera por la pendiente del politiqueo y de que los templos pasasen a ser sedes del poder civil. Esta dinámica comienza a partir de Constantino y la entrada de la hasta entonces religión perseguida en el ámbito de la política imperial tal como ya hemos resumido.
Después, ya en el medievo, esta dinámica subsistiría con la vocación imperial de unos papas que se arrogaban derechos políticos y civiles derivados de considerarse herederos de los césares. 
Esta tendencia fue especialmente potente en Oriente, donde la Iglesia ortodoxa ha estado siempre del lado del poder
  político, ya estuviese encarnado en el Basileus o en el Secretario general de la Unión soviética. Baste remitirse a algunas vergonzosas anécdotas acontecidas en la Rusia soviética en la que los popes ortodoxos desfilaban a modo de homenaje ante la momia de Lennin en la Plaza Roja.
En Occidente, la destrucción del Imperio romano y la organización de Europa en entidades políticas diversas impidió de manera momentánea la consolidación del cesaropapismo y trajo la conflictividad endémica entre el Papado y el Sacro imperio, modelo que estalla definitivamente con las revoluciones protestantes y lapidario cuius regio, ius religio. (Cada rey, con su religión) de la Paz de Westfalia (1648)
¿Cuál es entonces la naturaleza última de la Modernidad? ¿la corrupción herética del cristianismo o el desarrollo hasta sus últimas consecuencias de una religión de raíz igualitaria? Otro debate troncal que ha de ser afrontado en nuestro tiempo.

3)     ¿Es posible un cristianismo sin Iglesia?
Existe la tremenda dificultad, puede que incluso imposibilidad, de construir una alternativa a partir del cristianismo en tanto que los propios jerarcas cristianos castran esa posibilidad desde arriba tal como ya hemos repetido suficientes veces.
Plantear una respuesta cristiana al mundo moderno resulta francamente complicado si tenemos en cuenta que las propias autoridades cristianas se opondrían de manera frontal a tal proyecto, como nos demuestra a diario el Papa Francisco con sus continuas críticas a las opciones identitarias que tratan de contener las derivas que están arrastrando a la civilización occidental a un colapso que bien podría ser definitivo.
Chesterton, (Si, otra vez Chesterton) narra en su libro el Hombre eterno, en un bello capítulo titulado Las cinco muertes de la fe, que la Iglesia y el Cristianismo han muerto repetidas veces a lo largo de la historia para después retornar a la vida a través de emanaciones periódicas de fervor religioso. Apoyándose en este modelo, Chesterton confiaba en que su época no era más que uno de esos periodos en los que el cristianismo menguaba para después resurgir con fuerza renovadas.
Lo que el británico no llegó a conocer fue la deriva de la Iglesia durante el siglo XX: Por primera vez en su historia, hubo una renuncia voluntaria a los principios tradicionales
sobre los que se había sostenido desde sus inicios en las catacumbas romanas. Si el cristianismo pudo resurgir tras las diferentes oleadas heréticas, tras la Reforma protestante, la Ilustración o el embate revolucionario fue porque mantuvo unas convicciones firmes que se demostrarían imperturbables e inamovibles ante los vaivenes del mundo. En muchos casos, prefiriendo el martirio a la apostasía, como ocurría en España sin ir más lejos.
Hoy, sin embargo, tales convicciones han sido vaporizadas por la acción directa y consciente de las altas esferas eclesiásticas, y la Iglesia a unido sus destinos a los de una civilización que decae de manera irrefrenable en la más absoluta de las corrupciones. A no ser que haya una revolución dentro de la Iglesia que haga virar el rumbo tomado durante el pasado siglo, cosa harto complicada, resulta imposible que la fe experimente otra de esas resurrecciones históricas de la que nos hablaba Chesterton.

4 ) España no fue la espada de Roma, sino su peón
Hablábamos antes del potente pensamiento tradicionista hispánico heredado y también de ese papado medieval que pretendía sustituir a la figura de los antiguos emperadores romanos, asumiendo en muchos casos prerrogativas políticas que pretendían imponer a los reinos europeos.
Lo cierto es que en nuestro país se ha venido planteando una falsa dicotomía durante
los tiempos modernos entre las opciones nacional-católicas con Menéndez Pelayo a la cabeza y las progresistas de la escuela krausista o el regeneracionismo. Los primeros, defendían una supuesta España histórica en la que la monarquía como fórmula política habría convivido en un matrimonio casi perfecto con el Catolicismo y el Vaticano como garantes de una civilización cristiana; los segundos, por el contrario, considerarían tales instituciones, monarquía e Iglesia, rémoras para el desarrollo y el crecimiento con las que trataban de explicar el atraso español durante los siglos XIX y XX. A grandes rasgos queda presentado así el boceto de las archiconocidas y falsarias Dos Españas, más vivas hoy que nunca. Baste comprobar el reciente enfrentamiento entre María Elvira Roca Barea y Pérez-Reverte.
Hablo de unas dos Españas falsarias porque este debate, como todo enfrentamiento dogmático y cerril entre dos posturas antagónicas, ha limitado y parcelado el pensamiento con respecto a la historia de España: Si ha llegado usted hasta esta parte del texto, no hace falta decir que desde aquí planteamos la defensa y la promoción de la tradición, pero de una tradición verdadera que para nada incluye de manera íntegra todo los mitos nacional-católicos, pero que por supuesto se opone también a esa suicida voluntad regeneracionista de fundar España otra vez como si nunca hubiese existido, delirio planteado por Ortega y Gasset.
Centrémonos en la mitología nacional-católica, pues la Leyenda negra, interiorizada en España a través del Regeneracionismo, es ya de sobra conocida: Lo cierto es que si ha habido una institución nociva y que de manera hartera ha enturbiado los destinos de España ha sido sin duda el Vaticano. Como reza el título, España no fue nunca la espada de Roma, como nos decía de manera grandilocuente Menéndez Pelayo, sino más bien su peón. Un peón no pocas veces apuñalado por la espalda en momentos 
decisivos de nuestra historia, a destacar la Reconquista, la secesión de Portugal que se mantiene hasta hoy o la defensa del Imperio, gigantesca construcción política que se sacrificó en la vana defensa de un mundo católico que ya había sido aniquilado por Lutero y Calvino.
Seamos justos: En una época de revoluciones en la que muchas formas tradicionales de vida estaban siendo barridas del mapa podía resultar casi natural para los escritores conservadores de los siglos XIX y el XX aludir al pasado católico para sostener sus argumentaciones. Pero a día de hoy, cuando la propia Iglesia ha dejado a esos autores en el limbo de la heterodoxia y las traiciones de las instancias eclesiásticas no han cejado en lo más mínimo (Basta ver el apoyo al separatismo, sin ir más lejos), continuar intentando que España no salga del redil vaticano es una actitud que solo puede ser catalogada como masoquista.

A lo mejor lo que habría que hacer, como ya hicieron en los siglos remotos nuestros padres, es mantener el cristianismo pero alejarse del nocivo Vaticano tomando como ejemplo a corrientes y personajes que soñaron con una fe diferente: Prisciliano en España; los templarios, aplastados por la alianza histórica entre Roma y Francia; los cátaros que hicieron de las cumbres aragonesas su último reducto de resistencia; el rito hispánico o mozárabe destruido por orden papal con la apisonadora cluniancese; el particular monacato hispánico de época visigoda, la revolución mística del siglo XVII y un largo etcétera que nos demuestra que hay cristianismo más allá de Roma y que quizá tengamos en la España histórica a uno de los más firmes representantes de éste.


La sinuosa ruta del sincretismo
Lo que no es Tradición, es plagio
Quedan introducidas en las líneas precedentes una serie de cuestiones de gran relevancia. Cuestiones que son sin duda determinantes en nuestro tiempo para todo aquel que busque en el pasado un asidero firme para el presente. Antes de concluir hay que citar un principio que sirve para armonizar este pandemónium de visiones, posturas y puntos a favor y en contra: El Cristianismo no fue una revolución jacobina o soviética que arrasó el mundo pagano y sembró sal sobre los campos arados por los maestros clásicos. Hay continuidades de la suficiente envergadura como para poder trazar líneas maestras a nivel histórico que ligan de manera inseparable el mundo pagano con el cristiano.
Podríamos hablar aquí de los orígenes paganos de vírgenes, santos y de la propia figura de Cristo, de la filosofía en el seno de la nueva religión, de los edificios de culto, la simbología, el arte y un largo etcétera a través del cual el mundo clásico sobrevivió a duras penas, como Europa en general, en los duros años del medievo y más allá. Son cuestiones sobradamente comentadas y en las que habrá que ahondar más en el futuro.
No está exento este camino de una sucesión de baches y dificultades que impiden disfrutar de un tranquilo paseo en el que poder admirar sincretismos milenarios. Las continuidades entre la protohistoria ibérica y la época romana, aun existiendo, no deben impedirnos ver que el Imperio aplastó las últimas formas hispanas de vida autóctonas desarrolladas en un estado casi químicamente puro. Las instancias oficiales de la Iglesia, a pesar de los cimientos paganoides sobre los que levantaron la nueva religión, purgaron a lo largo de la Edad media e incluso antes no pocos rasgos de ese paganismo previo. Basta estudiar el proceso judicial contra Prisciliano en el que el eje de la denuncia se centraba en acusaciones de mago con las que aludían a las influencias celtas de su doctrina y particular liturgia. Dos simples ejemplos que nos sirven para entender lo arduo de la tarea propuesta: Unir en un peculiar espontal milenios de la historia europea.
No estamos ante una simple intención o una pose histórico-filosófica frívola con la cual obligamos a dos reticentes esposos, cristianismo y paganismo, a avanzar hasta el altar del sincretismo contra su voluntad. El enlace puede celebrarse, pues las continuidades existen, aunque no negaremos que este matrimonio tiene también mucho de conveniencia: Ante nuestro actual panorama de decadencia acelerada y ante la ausencia momentánea de una alternativa en la que depositar nuestras esperanzas (En el ocaso de Roma, los europeos al menos podían confiar en que sus cuerpos serían protegidos por las huestes de los nuevos reyes y sus almas por la Iglesia) resulta imprescindible esta vuelta a los orígenes. Conviene hacer balance para constatar quiénes somos, qué nos convierte en eso que somos y cómo podemos salvaguardarlo de las mareas destructivas de nuestro tiempo.
He intentado ofrecer aquí un cuadro impresionista en el que aparece representado un brumoso paisaje: Si lo observa usted de cerca apenas distinguirá algunas pinceladas de color aquí y allá, pero si toma la perspectiva suficiente alejándose un par de pasos quizá pueda percibir una imagen de conjunto con la que tener una idea más clara de cuál es la situación actual de occidente, qué alternativas se presentan para superarla y que debilidades y fortalezas presentan cada una de ellas. Si habiendo llegado usted a este párrafo el texto le ha resultado clarificador, me doy por satisfecho. 
Queda ahora a su libre elección que senda tomar. Yo, por mi parte, continuaré cuestionándome todas ellas para asegurarme de que todo paso dado sea en firme.


Más que cristiano, quizá soy un pagano que cree en Cristo

Solo es católico cabal aquel que construye la catedral de su alma sobre criptas paganas

El cristianismo completa al paganismo agregando al temor a lo Divino, la confianza en Dios. 
Escolios de Nicolás Gómez Dávila




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