UN PASEO POR LAS COSTAS GALLEGAS (Artículo invitado)


Es común en las costas gallegas el nadar en las playas bajo el angosto sol. La temperatura no es abrumadora, salvo en contados días, pero la humedad es pegajosa y sigue a uno como un espectro maldito. Las multitudes se apelmazan contra la arena pálida del norte. La brisa no se detiene. Si uno contempla el océano por un rato, sin moverse de su posición, el viento salado se pega a la piel y el olor a mar queda asegurado por el resto del día.
En la playa de San Amaro todo esto es el pan de cada día durante el estío, y especialmente a mediados de julio. Pero el bullicio de la playa se termina haciendo repetitivo, insoportable, y en último término irrelevante. El viajero quiere conservar el paisaje marino, la brisa oceánica, el sol atlántico, y alejarse de las toallas, los helados y las chanclas. Todo ello, por suerte, es posible.
Como San Amaro buscando el Paraíso Terrenal, el viajero puede ponerse en pie e iniciar su busca. Unos cuantos pasos hacia el norte, y luego un viraje al este, deja a uno en Punta de Adormideras. Pero puede avanzar hacia el norte, seguir bordeando la costa, y hallar el paisaje ansiado. El océano se hace más profundo, aunque aún pueden verse en el horizonte parte de las costas galaicas. El sonido del oleaje es persistente, y no por ello menos agradable. Perfectas kamikazes, las olas estallan contra las rocas, nidos de mejillones, erizos y ostras. El zumbido de las abejas, cosechando polen en las flores de los precipicios, puede llegar a romper la conexión con el oleaje. Sin embargo, nada puede separarnos de la naturaleza. En tan solo un breve paseo se ha descubierto un lugar excepcional, mucho mejor que la simple playa turística.
Aunque el sentarse y conformarse el resto de la tarde es una opción apetecible, al
viajero, si es curioso, y por tanto un buen viajero, le llama continuar la travesía hacia el norte, puede abandonar el banco de madera frente a las aguas inquietas; las piernas, ya oliendo a sal, se abren paso sobre un árido y terroso. Es preferible un tacto más suave sobre el césped brigantino, de escasas pero llamativas flores y suaves arbustos. Nos adentramos en el campo de la Rata.
Unos menhires se ven en la distancia. El sol luce sobre la punta de uno de ellos. Al acercarse, puede apreciarse que cada uno tiene una pequeña ventana rectangular. Pero antes, una construcción, también de piedra.
Inmolados nestes campos frente ao mar tenebroso por amar causas xustas.
Presentes na lembranza do povo e do seu concello da Coruña.
Hace años que la sangre que cubría este campo se fundió con la hierba y nutrió la tierra de pesar. Una brisa oscura y gélida toca al viajero por un breve instante para que recuerde a los muertos. Ahora es imposible no mirar al mar y, entre los suicidios de las olas, creer oír gritos de dolor. La muerte nos acompaña en este viaje. Pero viene de paso, no a por nosotros. Es en este momento cuando uno comprende que la travesía ya no es puramente vacacional. Se está penetrando en la magia española. Cada vez hay más motivos para seguir caminando.
Volvemos brevemente sobre nuestros pasos, para volver a bordear la costa. Nos alejamos del césped y nuestras pisadas regresan al caminito de arena. El viajero puede extrañarse al conocer el nombre de la cala que se encuentra a sus pies. Cala de los Moros. La confusión no dura mucho. Basta continuar hacia el norte, como siempre, pegado a la costa, para que nuestros ojos se regalen con una hermosa obra de arquitectura islámica.
¿Pero acaso llegaron los mahometanos al final del mundo? Uno baja apresurado la
cuesto hacia el edificio, vestigio civilizacional antes de adentrarse en la rocosa Punta Pragueira, y puede confirmar que no. La Casa de las Palabras explica en sus propios muros, rodeando un pequeño jardín, la procedencia árabe de varios vocablos actualmente empleados en el castellano. Además, la leyenda fundacional de La Coruña está explicada en las paredes en varios idiomas, entre ellos irlandés y árabe. Volveremos sobre ella más adelante. En cualquier caso, ¡Teniamos razón! Estamos en suelo mágico. Por otra parte, la Casa de las Palabras fue, hace pocas décadas, un cementerio musulmán, donde reposaban soldados moros partícipes del Alzamiento Nacional. Los cuerpos ya no están allí enterrados, pero no me cabe duda de que la muerte nos sigue acompañando durante el viaje. Y eso hace cuando seguimos por el camino. Hacia el norte, siempre hacia el norte. La conmoción de espíritus y maravillas lejanas nos habían alejado por varios minutos de nuestra principal atracción, el horizonte atlántico. En estas fechas suele aparecer un crucero en la lejanía, en contraposición con los cargueros invernales, pero hoy no se ven más que pequeños barcos, los más de ellos pesqueros, y algún velero, eso sí, tan ávido de aventura como nuestro viajero. El canto de los pájaros, y el silbido de alguna serpiente, oculta entre los arbustos, son aderezos a la sinfonía de la naturaleza galaica.
Nuestro reencuentro con los menhires, tras continuar el paso hacia el norte, nos permite no solo verlos más de cerca, sino apreciar el monumento a los fusilados desde más lejos y con otra perspectiva, dándole un aire de solemnidad añadido. Las sombras de los menhires son como soldados a la espera de órdenes. Rectos, sin deslices ni desviaciones. Apuntando en la misma dirección. Curiosamente, hacia el monumento. Se le hiela el cuerpo a uno de nuevo.
Pero es que los asesinatos y la muerte no pueden ser algo tan reciente. El buen viajero,
siempre curioso y ejerciendo la sospecho, como hemos visto, se huele que la respuesta a este enigma lo tenemos más adelante. No es descabellado pensar que, ante el manto de Neptuno, nuestros acenstros se han dado muerte entre ellos por inquietudes que ni nosotros mismos hemos podido resolver. Dejadas las armas, y vertida la sangre, al fin solo queda el lamento en la memoria, como una última bala que disparar. Pase lo que pase en el presente, el combate ya es parte inseparable de la historia de estos parajes. Y cuando por fin hemos dejado atrás los menhires y el campo de la rata, nos topamos con una escultura de piedra, de similar forma a Edipo encontrándose con la esfinge. La escultura es un hombre recio, no de hoy día, sino de lejanos tiempos. Avanza triunfal en una pequeña nave, sin duda en busca de aventuras. No es sorprendente saber que se trata de Hércules en la nave de los Argonautas. Otra escultura, de muchísimo menor valor, tan solo tristes hojas de metal subiendo en curva hacia el cielo, supuestamente representa la copa del Sol, en la que el Astro Rey se embarca cada noche antes de regresar al Oriente. El bálsamo que dotó a Hércules de inmortalidad se encontraba, según la leyenda, en su interior. A juzgar por el aspecto, medio oxidado, casi derruido, de la “copa”, cualquier viajero sabe que en ella ya no hay inmortalidad sino indiferencia. La abandonamos sin querer saber más de ella.
Nuestro paseo acaba por desplazarnos hasta Punta Herminia, el lugar más septentrional
de la Ciudad de Cristal. El océano que siglos atrás se dispuso como un camino para Colón y sus hombres se revela, en este momento, algo apacible. Unos cuantos kilómetros al suroeste se encuentra la Costa de la Muerte, pero no es objeto de interés hoy. Lo único, que es un recordatorio de que la brisa marina, si comienza a mostrar clemencia en este punto, es porque se estará cobrando una vida en otro. Punta Herminia está coronada con una caracola metálica de gran tamaño. Poner la oreja en ella no es necesario para escuchar el mar, cuyos gritos ya hemos descrito con suficiencia. Sentarse a contemplar tan hermoso panorama, de contraste entre azulado océano, pálido cielo y verde costa es preciso antes de ver la Torre. Hay varias formas de acercarse a ella. Pero yo recomiendo la más salvaje, es decir, aquella que consiste en continuar el recorrido pegado al mar. En este momento el trayecto recorrido consiste ya más bien en el contorno de la parte más septentrional de la península coruñesa. De punta Herminia se avanza hacia el sur, y después en dirección oeste. Por Poniente se alza con fuerza y rigidez majestuosa la Torre de Hércules, cuyos aires arcanos y aguerridos permanecen tanto bajo el sol del verano como entre las nubes invernales.
La leyenda dice que el gigante Gerión atemorizaba a nuestros ancestros coruñeses ha milenios. Gobernaba con tiranía y se apropiaba de su ganado, sus frutos y a veces hasta sus hijos. Nada menos que la mitad de sus pertenencias, razón por la que los lugareños llamaron a Hércules. El héroe retó a un combate al gigante, que llegó a durar tres días, pero finalmente el semidiós lo mató y liberó a los nativos del tirano. La cabeza está enterrada justo debajo de la Torre. La primera mujer que pobló la tierra recuperada a Gerión se llamaba Crunia, de donde proviene el nombre actual de la ciudad.
Ahora sabemos qué es lo que inspiraba la atmósfera de este lugar. ¿Está Gerión esperando por el regreso de Hércules? Si ahora se alzase de las entrañas terrestres, nadie sería un gran desafío para el gigante. Aunque la verdad es que aquí nadie parece temer por el retorno de ninguno de los dos guerreros. Los turistas se hacen fotografías, pero por lo menos uno tiene la sospecha de no ser el único, en aquel momento, en mostrar genuino interés por Hércules y Gerión. Lo que nadie puede negar es que el arrojo y gallardía de Hércules permaneció en estas tierras. Los ingleses de 1589 y los franceses de 1809 son quienes mejor pueden confirmarlo.
La Torre actual data del siglo XVIII, y solo se parece al antiguo faro romano en su emplazamiento. La recta fachada, si bien hace gala de unas líneas que suben en
diagonal, imitando el recorrido de unas escaleras, no hace más que evocar la antigua pasarela exterior que tenía el faro en tiempos romanos. Una suntuosa pasarela, de varios metros de largo, conecta la calzada urbana con el promontorio de la Torre. La vegetación y el océano dan la espalda a esta construcción. La vegetación gallega por antonomasia, el tojo, florece en la falda del faro herculino. Una pequeña flor y acompañada, la choroima, acompaña a la espinosa planta, dejando un dañino pero hermoso manto a los pies de la Torre. Como último retoque entre la hierba y las piedras brigantinas, destacamos una rosa de lo vientos pintada en el suelo. Dividida en ocho cuadrantes, dispone los siete países celtas y Tarsis, la patria de Gerión, que han identificado como Cádiz.
La pertenencia de la Galicia actual al celtismo está más que refutada, pero no deja de ser curiosa cierta historia: el caudillo galaico Breogán (de cuyo nombre derivaría el latín Brigantium) poseía una torre desde la que su hijo Ith pudo divisar Irlanda, a la que Breogán, acompañado de otros galaicos, llevó la cultura celta. Una estatua de Breogán se halla al comienzo de la pasarela mencionada, mirando hacia la ciudad.
Por fin hemos llegado al final de nuestra caminata. Para nosotros solo ha sido el final de una pequeña excursión, pero en tiempos de los romanos esto era mucho más. El finis terrae. En Hispania se acababa el mundo, y el propio Hércules lo reiteró alzando las dos columnas que rezaban Non Plus Ultra. Por supuesto, solo los españoles pudimos refutar a Hércules.



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