EL IBERISMO, ¿DE VERDAD EXISTE? (Artículo invitado)


A poco que uno empieza a introducirse en la historiografía española, y a mostrar interés de verdad por la historia nacional, ya empieza a surgir, aunque sea como un murmullo, la palabra iberismo. Es un término que al principio atrae al lector: quizás tiene debajo de sí la clave de España, del enigma del divorcio hispano-luso, y lo más importante, parece el nombre de una solución. Cabe pues, comprenderlo, para así comprender mejor a España. Lo trataremos en sus claves histórica, ideológica y política y, en base a esto, puede pensarse con claridad qué debemos hacer.

1. La península bajo mismo dominio
2. El pensamiento iberista
 2.1. La construcción de los estados-nación en la península (1833 – 1874)
 2.2. La desolación de Iberia (1874 – 1977)
3. El iberismo a día de hoy: ¿qué solución puede haber?


1. La península bajo mismo dominio
Sabemos de sobra que los primeros habitantes de la península se organizaban en tribus y que pertenecían a civilizaciones similares, en contacto entre sí, pero que no gozaron de una identidad nacional ni de un mismo sentido de pertenencia a una comunidad. Los distintos pueblos de Iberia, el nombre que los griegos habían dado a nuestra península, no compartieron estado hasta que el Imperio romano terminó de conquistar la península bajo el reinado de Augusto, cuando éste sometió a los cántabros, astures y galaicos del norte.

No es ninguna sorpresa, tampoco, que los romanos llamaron a este territorio Hispania,
que es de donde deriva el nombre de nuestra nación. La penetración de los germanos en Hispania en el siglo V creó un clima político inestable durante más de 200 años. El reino de los visigodos fue la segunda unificación de Hispania en un mismo estado. Bajo el rey Suintila, esta vez la península era -aparentemente- soberana. Y digo aparentemente porque las luchas internas de los visigodos, causa o consecuencia de cada sucesión al trono, negaban la existencia de un poder real efectivo de forma prolongada sobre la península.

La penetración de los musulmanes a comienzos del siglo VIII divide a Hispania en una parte mayor, controlada por los omeyas desde el sur, una pequeña región oriental, la marca Hispánica, y otra franja en el norte, actualmente recordada como el Reino de Asturias. La península vuelve a estar dividida en diferentes poderes, y así será durante muchos siglos más. El final de la Reconquista, a finales del siglo XV, deja la península dividida en cuatro potencias distintas: Castilla, Aragón, Navarra y Portugal. Es conocido por todos que Castilla y Aragón pasan a ser una unión personal y a anexionarse Navarra. Portugal es añadida a la unión dinástica en 1580, bajo el reinado de Felipe II, monarca de los Habsburgo. Es aquí, y sólo aquí, cuando verdaderamente puede decirse que la península entera está bajo un mismo poder.

La estructura de poder estatal de la edad moderna es, aunque más cercana que la medieval, distinta a la de un estado contemporáneo. Por ello, hemos de reconocer, antes de proseguir nuestro análisis, un dato de absoluta relevancia: Portugal y España jamás compartieron mismo sistema legal o económico. El conde-duque de Olivares, Gaspar de Guzmán (1587 – 1645), advertía a su rey Felipe IV en su Gran Memorial de la necesidad de unificar estos criterios para reforzar la monarquía, que aseguraba que podría convertirse en la más poderosa del mundo. La verdad es que estas políticas no se llegaron a implementar: el principado de Cataluña y el reino de Portugal se sublevan en 1640; a día de hoy sigue sin estar claro si de verdad hubo una conspiración independentista andaluza en esa misma fecha, que en cualquier caso no tuvo éxito ni apoyo popular.

Si bien el principado de Cataluña volvió a manos de los Austrias, Portugal permanecería bajo la casa de Braganza hasta 1910, cuando se proclamaría la primera república portuguesa. La evolución de la monarquía de los Habsburgo hasta el Reino de España contemporáneo está en cientos de libros de Historia, pero el caso es que España y Portugal jamás volverían a estar bajo la misma potestad. Lo más cerca que han vuelto a estar es en la época actual. Desde 1986, ambos estados pertenecen a la Unión Europea, y hoy día comparten moneda y espacio aduanero.

Desde la rebelión portuguesa de 1640, más cambios han pasado por la península: la cesión del Rosellón y Alta Cerdaña a Francia y la del peñón de Gibraltar a Inglaterra han perdurado en el tiempo. En resumen, la península ibérica sólo ha estado bajo un mismo poder entre 1580 y 1640, jamás siendo un estado unificado, y España y Portugal son, en cuanto a su organización estatal, más similares hoy que en cualquier otro momento de su historia. Jamás ha existido un estado ibérico.

Esto no implica, en absolutamente ningún caso, una negación de los evidentes nexos entre España y Portugal. Ha de hablarse claro. La idea de España ya está presente en
la Alta Edad Media. La primera mención de Portugal en un documento es de siglos posteriores, en el año 938. Como todos los reinos de la Reconquista, Portugal se consideraba a sí mismo parte de España; por no hablar de la misma procedencia étnica, basada en un sustrato hispanorromano y visigodo.

Pedro Mártir de Anglería, cortesano al servicio de los Reyes Católicos, ya había afirmado, con la unión de la corona de Aragón y de Castilla, que:

«Reyes de España llamamos a Fernando y a Isabel, porque poseen el cuerpo de España; y no obsta, para que los llamemos así, el que falten de este cuerpo dos dedillos, como son Navarra y Portugal.»

Como vemos, tanto Portugal como Navarra son «dedillos», o sea, pequeñas partes de la nación española. La similitud cultural con Portugal ha permanecido a día de hoy, y no ha habido variaciones muy grandes en torno al componente genético de su país, de tal forma que podemos considerarnos los habitantes de ambos estados pertenecientes a una misma raza.

Lo que hace imposible a día de hoy la unión con Portugal es la separación política que ha tenido para con el resto de España durante años. Esta independencia es lo que ha dotado a Portugal de su “singularidad”, o mejor dicho, lo que ha propiciado su desvinculación (que, no obstante, no es definitiva) de España. Los iberistas jamás han negado los evidentes nexos culturales entre las regiones de la península. Más bien, las han usado como excusa para la creación de esa nación ibérica. El movimiento iberista, si nunca ha tenido una vertiente cultural es, más que nada, porque la similaridad entre España y Portugal ya estaba aceptada: el quid de la cuestión era la unión política que, como digo, no se produjo en un ente político sólido e unificador jamás.

2. El pensamiento iberista
2.1. La construcción de los estados-nación en la península (1833 – 1874)

Hay diversas formas de entender el iberismo. Podríamos hablar de un iberismo “puro”,
según el cual existe una nación, Iberia, que comprende a toda la península y a la Macaronesia. Este iberismo se ha manifestado, fundamentalmente, de forma unionista, pero también han existido quienes propugnaron la disolución de la nación ibérica en distintos estados.

La otra forma de entender el iberismo es la que denomino “consecuencialista”, porque, partiendo de cómo España ha sido la denominación del conjunto peninsular hasta el siglo XVIII, propugna que Portugal es parte de la nación española. Es una postura tremendamente impopular entre los portugueses hoy, y prácticamente exclusiva de algunos sectores del nacionalismo español. En cualquier caso, analicemos con calma la historia de estas vertientes.

El sentimiento de una misma identidad nacional en la península tuvo algo de fuerza en la primera mitad del siglo XIX, tanto en la vertiente pura, que fue la más conocida, como la consecuencialista, que más bien pretendía una anexión de Portugal por parte de España. Podríamos encontrar la razón de esto en un nuevo camino compartido en la historia de estas décadas.

Al fin y al cabo, ambos reinos fueron invadidos por los ejércitos napoleónicos, reforzando su identidad contra el invasor francés, y también experimentarían guerras de sucesión: en España, los carlistas, y en Portugal, los miguelistas. En los dos conflictos hubo un enfrentamiento entre absolutistas y liberales, con la victoria de estos últimos por partida doble. Similares pugnas ideológicas pudieron influir, en buena parte, a la creación de un sentimentalismo nacional ibérico. El poeta portugués Almeida Garrett (1799 – 1854) declaró en una ocasión «Españoles somos y de españoles nos debemos preciar cuantos habitamos la península ibérica».

El partido moderado, en las bases de su periódico El Correo Nacional se ponía como uno de sus objetivos «Inculcar todas las ideas que lleven por objeto desarrollar el principio de nacionalidad; y como primera consecuencia de él, estrechar nuestras relaciones políticas y mercantiles con el vecino reino de Portugal.» Los moderados no hablaban de iberismo per se, pero estaban claros los intereses en la creación de una nación española que a la vez comprendiese a Portugal. Hay que decir que, más allá de pequeños gestos como éste, la derecha española de aquel momento, los carlistas y los moderados, no articulaba políticamente un movimiento unificador; de lo que se trataba era más bien de un intento de política exterior prestigiosa reminiscente del pasado imperial de los Habsburgo.

La idea sólida de crear una nación distinta, con pretensiones liberales y
democráticas, estuvo afincada simplemente en la intelectualidad burguesa de las principales ciudades de ambos estados, con peso adicional en los círculos de exiliados fuera de la península. Destaca en primerísimo lugar el diplomático Sinibaldo de Sans y Maz (1809 – 1868), enviado de Isabel II en China, quien escribió el tratado La Iberia. Memoria sobre la conveniencia de la unión pacífica y legal de Portugal y España.

Este intelectual barcelonés escribe el libro con el fin de promover no una anexión, dice, sino una fusión entre España y Portugal. Ha de decirse que, pese a que habla de “crear una nación”, también menciona que Portugal se incorporaría a España.

No se puede ver con claridad si su intención es formar una nación nueva o no, pero las menciones del pasado que hace en su libro (acontecimientos como la batalla de Aljubarrota o la sublevación portuguesa de 1640) desmienten que Maz quisiese independizarse de la Historia como iberistas posteriores tratarían de hacer.

Las ideas de Maz jamás tuvieron apoyo popular, ni en España ni en Portugal. Simplemente sedujeron a parte de la intelectualidad burguesa, hablando de un mercado común, una unión dinástica, una misma moneda, y estableciendo paralelismos con el Zollverein de la Confederación Germánica, además de refutar el mito de la preponderancia política castellana en España. Es cierto, asimismo, que no estuvo exento de polémica siquiera en los círculos liberales portugueses, dentro de los cuales muchos defendían la independencia de su patria.

El Partido Democrático tuvo entre sus filas a militantes iberistas que no eran liberales sino socialistas. El navarro Sixto Cámara (1825 – 1859), quien falleció de camino a Portugal para evadir su captura por las autoridades españolas. Cámara había participado en el bienio progresista (razón por la cual le buscaban las autoridades) y organizó una “Legión Ibérica” en apoyo a las Camisas Rojas del unificador italiano Giuseppe Garibaldi.

Escribió un tratado similar al de Maz, La Unión Ibérica, pero tuvo aún menos repercusión que el otro libro. Pese a esgrimir argumentos similares en cuanto a la economía, Cámara no es monárquico como Maz; para el navarro, el respeto a las singularidades de la península debe efectuarse por medio de un republicanismo federal.

Francisco Pi y Margall (1824 – 1901), del que ya hemoshablado previamente en otros artículos, también participó de esta vertiente republicana federal (compartía,
además, partido con Cámara), pero el iberismo no era su objetivo principal. Para Pi y Margall, la federalización de España llevaría, consecuentemente, a una unión con Portugal. Su obra Las Nacionalidades es la que mejor expone este pensamiento.

A nivel anecdótico, diremos que Cánovas del Castillo fue otro iberista, pero sin trayectoria intelectual relevante en torno a esta cuestión, y que mantuvo la postura iberista de “conquista de prestigio” hasta el final de su vida, no sin verla poco práctica y harta improbable.

El pensamiento iberista da lugar a un interesante movimiento político en el Sexenio Democrático: tras derrocar a Isabel II, se ofrece la corona española, entre otros, al rey Fernando II de Portugal. El monarca luso la rechaza, sabiendo que entre el pueblo llano portugués la unión no era aceptada, aunque también influyó la diplomacia del duque de Montpensier, candidato respaldado por Francia. La proclamación de la República Española en 1873 lleva a Alemania, Francia y Gran Bretaña a preocuparse, no en gran medida, ante la posibilidad de una Unión Ibérica en clave de república, que por supuesto tampoco se materializó.

2.2. La desolación de Iberia (1874 – 1977)
Durante las siguientes décadas, el iberismo vuelve a las discusiones de intelectuales tomando cauces nuevos. El precursor de la generación del 98 Ángel Ganivet (1865 – 1898) trata la decadencia española en su Idearium español. Ganivet considera a Portugal parte de la nación española, pero la verdad es que Ganivet es iberista sólo a consecuencia de ser hispanista. Para él, la unión política debía establecerse también con todos los estados iberoamericanos, y no necesariamente en un mismo estado. La unidad entre España y Portugal la considera tan poco factible que prefiere que los españoles concentren sus esfuerzos en regenerar el propio estado primero.

El deseo de una unión ibérica como vía regeneracionista no es exclusivo de Ganivet: Ortega, Maragall, Unamuno y Valle-Inclán son tan solo unos de los pocos nombres que figuran entre los literatos partidarios de esta vía de saneamiento de la nación española. El fracaso colonial con Cuba y Filipinas llevó a muchos intelectuales a replantearse la relación de España con la comunidad internacional. De ahí que el hispanismo surgiese, a causa del sometimiento comercial y diplomático de las naciones hispanoamericanas ante los Estados Unidos, y la derrota de España ante estos.

La oposición al “imperialismo yanqui” tuvo una faceta netamente hispanista, que en algunos casos tenía un componente iberista; el ultimátum británico de 1890, por el que Portugal perdió territorios africanos entre Angola y Mozambique, era el equivalente al 98 español. Así surgía pues un enfrentamiento entre anglosajones e ibéricos, de lo cual se desprendía que la independencia portuguesa era a causa de la conspiración inglesa. El tradicionalista Juan Vázquez de Mella (1861 – 1928) fue uno de los opositores a la antigua alianza anglo-lusa, con un odio hacia ésta tan grande como su afán iberista.

La teorización de una alianza hispano-lusa frente a los anglosajones era objeto de debate en la derecha ibérica de comienzos de siglo, especialmente tras el exilio de
parte de la nobleza portuguesa a España tras la instauración de la Primera República Portuguesa en 1910. Los monárquicos españoles, salvo por unos pocos intelectuales, eran totalmente partidarios de una alianza estratégica con los portugueses, incluyera ésta una unión política o no. Los intelectuales portugueses, en cambio, prefirieron mantenerse alejados de España temiendo un intento de anexión. Su crítica se fundamentaba en que abandonar la órbita británica para introducirse en la española no era un avance. La Gran Guerra y su correspondiente clima belicista hizo que la derecha tradicionalista portuguesa hablase con mayor fruición de un peligro español que amenazaba a su patria.

Entre todo este mar de críticas, existía una voz discrepante: António Sardinha (1888 – 1925). Criticó en un primer momento cualquier clase de cooperación con los españoles, alegando diferencias irreconciliables, entre ellas una supuesta diferencia de raza y una «historia antagónica», por no hablar de un furibundo criticismo hacia Vázquez de Mella. Tras el fracaso de la sublevación conocida como la «Monarquía del Norte» en 1919, Sardinha se exilió en España durante dos años, lo que le hizo cambiar su pensamiento.

El intelectual tradicionalista pasó a mostrar un gran fervor por la obra de Menéndez Pelayo, Maeztu y Ganivet, y a defender la necesidad de la proyección de tanto España como Portugal en Hispanoamérica. A eso se debía sumar la postura según la cual la decadencia de España y Portugal era una consecuencia de la Paz de Westfalia y su triunfo «del capitalismo, del industrialismo, del relativismo y del liberalismo; en definitiva, de la modernidad

La ética ibérica, por otra parte, hacía gala de un organicismo comunitarista
consecuencia del catolicismo. Su postura final era, pues, la creación de una alianza de las derechas nacionales de ambos estados contra sus antagonistas ideológicos. Se debe recalcar, eso sí, que Sardinha no era propiamente iberista. La alianza monárquica hispano-lusa, si bien era estrictamente necesaria, suponía conservar las monarquías como entes de estados separados, pese a su estrecha colaboración. Este cúmulo de ideas fue expuesto en La Alianza Ibérica, libro que publicó en el año de su muerte. La obra fue acogida con fervor entre la intelectualidad derechista española, y denostada en los ambientes portugueses de toda ideología. Ramiro de Maeztu prologó la edición española de 1930, y cabe mencionar al integralismo lusitano, a través de Sardinha, como una influencia decisiva en el pensamiento del futuro núcleo de la revista Acción Española.

Una postura totalmente antagónica es la que defendió el escritor luso Fernando Pessoa (1888 – 1935). En varios de sus textos, el poeta ataca a la unidad española y ya habla de un iberismo disgregador, independizado de la historia peninsular. Su postura es contradictoria a lo largo del tiempo entre sus diferentes escritos, sobre todo en cuanto a la conveniencia de la independencia de Cataluña. En cualquier caso, el escritor sí que rechazaba la anexión de Galicia que defendían algunos portugueses, con la misma vehemencia que atacaba la anexión de Portugal por parte de España. Su aspiración era la de una unión ibérica, no en estados ni en federaciones, que se reafirmase frente a Europa e Hispanoamérica por medio de «(1) una alianza ofensiva y defensiva, (2) una alianza cultural, (3) la abolición de fronteras aduaneras entre todas [las naciones ibéricas]».

Surge así la entidad de Iberia como algo separado de España o la antigua Hispania, en la que destaca la mentalidad propia de los iberos junto a un supuesto elemento árabe que resulta en el quijotismo español y la saudade portuguesa, despreciando explícitamente la influencia grecolatina. Finalmente, conviene recordamos que el afán de Pessoa de desenraizar elementos de la Historia no se limita a la cuestión ibérica: entre otras cosas, se mostraba favorable a un divorcio entre la tradición católica y Portugal.

Otro planteamiento similar es el de Alfonso D. R. Castelao (1866 – 1950), escritor y
político nacionalista gallego. El literato galaico, en sus inicios miembro del ala maurista del Partido Conservador, fue acercándose progresivamente al galleguismo durante las décadas de 1910 y 1920, hasta convertirse en uno de los fundadores del Partido Galleguista en 1931. Se le considera el padre del nacionalismo gallego.

Su libro Siempre en Galicia, publicado en Buenos Aires después de la Guerra Civil, es un compendio de sus ideas políticas. Su análisis de la experiencia de la II República y del galleguismo político en este régimen son el trasfondo de su reflexión sobre lo que él llama «Hespaña». Añadiendo esta letra al vocablo España, Castelao quiere hacer tabula rasa sobre el estado español (así como la historia de su formación) y construir uno distinto en clave de república federal, compuesto como mínimo por Castilla, Cataluña, Euzkadi y Galicia, abierto a una posible unidad con Portugal.

El iberismo de Castelao es similar al del escritor galleguista Eduardo Pondal, quien atribuía el descubrimiento del mundo americano, africano y asiático a todos los pueblos ibéricos. Aun cuando se reitera la existencia de lazos culturales comunes entre toda la península, impera la búsqueda de autonomía política, el famoso «¿qué hay de lo mío?» que ya hemos tratado en esta página.

Castelao hace una evolución monumental del pensamiento de Pondal, quien era, más que nada, un iberista cultural, y habla de derecho de autodeterminación y federalismo para las «naciones ibéricas». La única diferencia relevante entre el pensamiento de Castelao y Pessoa sería, pues, que el primero aún creía posible preservar la unidad española sin perjuicio de las pretensiones de los nacionalistas gallegos. Eso sí, nada de ello le impedía cortar los lazos de Galicia con el resto de España, considerándola mucho más próxima a Portugal por razones lingüísticas, y sin abandonar la manida vocación de emanciparse de la Historia.

La sustitución de «España» por «Hespaña» no deja de ser una muestra de lo paródico que es aquel planteamiento: se debe usar una palabra nueva para un estado nuevo, eso
sí, con la misma raíz léxica. Una metáfora de cómo este tipo de iberismo hace lo que yo llamo una historiografía a la carta. La división peninsular en reinos y su autonomía administrativa histórica es importante. Los periodos de unión peninsular, por incompleta o breve que fuese, no son tenidos en cuenta.

En la línea del iberismo de Pessoa y Castelao, se encuentra la famosa frase de Francisco Maciá proclamando la «República Catalana com Estat integrant de la Federació ibèrica». En España no se conocen manifestaciones de este pensamiento fuera de la izquierda.

El iberismo propio del reinado de Isabel II y el sexenio democrático aún seguía presente, pero con menor calado (si cabe) que antes, en algunos círculos y en el pensamiento de políticos liberales de la segunda mitad de la Restauración y de la II República. El conde de Romanones creía conveniente una unión aduanera peninsular. El liberal-conservador catalanista Francisco Cambó proponía el iberismo como la máxima aspiración para España en cuanto a política exterior. Marcelino Domingo y Blasco Ibáñez eran autonomistas y favorables a la anexión de Portugal. Azaña y Alcalá-Zamora, ambos presidentes de la República, mostraron en ciertas ocasiones entusiasmo por la unión ibérica. La concurrencia de esta idea en distintos políticos, de todas formas, no supuso un movimiento efectivo a favor de la unidad peninsular.

Finalmente, es posible tratar el caso del iberismo dentro del fascismo y del socialismo durante la II República. La verdad es que la Federación Anarquista Ibérica, constituida en 1923 por estudiantes españoles y portugueses, no tenía de iberista más que su nombre: su ámbito de actuación fue predominantemente español, y el anarquismo, lógicamente, no va a llevar a la fusión de dos estados en uno, sino a la búsqueda de su disolución. El trotskista Joaquín Maurín (1896 – 1973) era favorable a la unión hispano-portuguesa en un mismo estado ibérico. No obstante, entre los marxistas más ortodoxos, como el PCE o el PSOE, el iberismo era prácticamente inexistente, pero lo cierto es que la cuestión nacional en estos partidos ya estaba más que superada.

En cuanto al fascismo, el precursor jonsista Ramiro Ledesma (1905 – 1936) hablaba de Portugal como una parte integral de España que se perdió, siguiendo las tesis noventayochistas, a causa de la intervención británica, y su secesión era una de las señales evidentes del inicio de la decadencia hispana en el siglo XVII. El literato falangista Ernesto Giménez Caballero (1899 – 1988) escribió en un primer momento a favor del iberismo, aunque terminó tildándolo de artimaña francesa para favorecer la secesión catalana. La dictadura del general Franco se caracterizó, en política exterior, por la firma de un pacto ibérico en 1942.

Portugal también tuvo un régimen, el Estado Nuevo (1933 – 1974), de similares
características: autoritarismo, corporativismo, e impulso al catolicismo desde el régimen. El pacto tenía como condiciones la no agresión, y se debía a la necesidad de mantener ambos países alejados de la Segunda Guerra Mundial. La revolución de los claveles portuguesa y la transición española trajo la derogación de dicho pacto y su sustitución por un nuevo en 1977.

Para acabar con este punto, puede hacerse un breve resumen de la trayectoria del iberismo. Partiendo de posiciones factibles basadas en geopolítica más o menos realista, con miras a crear o bien un nuevo estado de dos naciones (con la posible creación posterior de una «nación ibérica») o a reintegrar Portugal dentro de España, este movimiento degeneró en un movimiento reivindicativo de las regiones españolas, llegando al punto de poner su existencia por encima de la nacional.

El olvido de la historia pasada, y el hincapié en una supuesta nación ibérica, o mejor dicho, una supuesta unión de naciones en un estado confederal o federal, es la idea que suele venir a la mente cuando uno piensa en iberismo. La primera versión del iberismo, la que podríamos llamar realista o histórica, continuó en la mente de algunos intelectuales (sobre todo liberales), pero, desde luego, ya no fue una opción factible en política, sino un intento de responder al desastre del 98.

El segundo tipo de iberismo, que se puede calificar como disgregador o de nuevo cuño, no surgió en ningún momento en un ámbito político. Más bien, fue producto de las elucubraciones de intelectuales regionalistas españoles o directamente de secesionistas. Debemos recodar que este iberismo es totalmente artificial: no responde a una realidad efectiva, es el instrumento para hacer factible la desintegración nacional. Nadie se considera “ibérico” por esta razón: la “nación ibérica” no existe. Iberia es un instrumento para que los independentistas pudieran fortalecer su movimiento, dándose apoyo mutuo en cierto modo.

3. El iberismo a día de hoy: ¿qué solución puede haber?
Si uno contempla los objetivos de los primeros iberistas, la unión aduanera y
monetaria, se pierde inmediatamente la vigencia de varios de los planteamientos más fuertes del movimiento. Las aduanas y la moneda de ambos países ya no son una cuestión peninsular, sino continental. La Unión Europea ha acercado en estos términos a España y Portugal más de lo que lo había estado la península entera en los últimos mil quinientos años. Por esto, la unión ibérica no concedería ningún beneficio verdaderamente innovador a los dos estados.

Por el contrario, en todo caso los españoles se verían obligados a afrontar una deuda en términos reales aún mayor a la actual, y el nivel de vida de los portugueses se encarecería. Por no hablar de cómo convencerles de que vivirían mejor con la casa de Borbón en la jefatura del Estado. Los secesionistas catalanes no han hablado, en ningún momento, de una posible unión ibérica; es más, en ese movimiento es más corriente alabar a Portugal por su éxito en su independencia contra España. Se debe ser realista: ante la amenaza de la secesión catalana, las pretensiones de anexionarse Portugal no son serias.

Como colofón, planteamos un último punto, y es que la anexión de Portugal no sería factible desde un punto de vista legal. Aclaramos que en Identidad española no somos constitucionalistas, y no seguimos las tesis legalistas según las cuales la nación nace por obra y gracia de un papel al que los ciudadanos están obligados a respetar para convivir (o intentarlo por lo menos). Pero es que en el siglo XXI que alguien hable de invadir Portugal, de ocuparlo militarmente, o sucedáneos, es de traca. Hoy día el imperio de la ley, y más en el marco de la UE, es de mayor calado y resistencia que en siglos pasados. Especialmente en Europa occidental, donde décadas de paz ya han enterrado las revoluciones y revueltas de antaño.

El artículo 5.3. de la constitución portuguesa prohíbe la enajenación de los derechos de soberanía estatal, y el artículo 288 reitera que una reforma constitucional no podría alterar este derecho sobre la independencia nacional. De una primera lectura se desprende que no es posible por vías legales una unificación peninsular. Pero siendo estrictos con estos preceptos legales, sí podría existir una anexión en la que Portugal preservase en todo momento su derecho a la secesión.

Por explicarlo con un ejemplo, Portugal no tiene moneda ni aduanas propias, pero nada le impide salir de la UE y restablecerlas, porque tiene ese derecho reconocido. No se viola su soberanía, porque la pérdida de estos dos mecanismos se debe al consentimiento del estado.

Entre este maremágnum de argumentos, datos e historia, desde Identidad española aportamos varias lecciones para que el lector afronte el futuro y la problemática ibérica con mente fría, pero no desilusionada:
i) la independencia de Portugal se debe a avatares de la Historia que desviaron el curso de una política española siempre centrada en la unión peninsular, y por tanto España jamás debe abandonar la esperanza de restituirse como la totalidad de la península, pues éste es uno de sus fines históricos.
ii) ante la amenaza posmodernista contra la civilización, el problema actual no es cómo hacer que las naciones de Europa progresen, sino ver cómo sobrevivimos. Hay quién duda de que Europa siga existiendo en pocos siglos. ¿De qué sirve la anexión de Portugal si en cincuenta años los portugueses y españoles van a ser minorías en su propia patria?
iii) no hemos de caer en la idolatría constitucional, pero tampoco pretender una política exterior surrealista. La reintegración de Portugal debe ser de mutuo acuerdo. Se les debe de traer de vuelta al seno materno. La creación de una cultura patriota orgánica, dinámica, mágica y viva es vital en esto, como lo es y lo será en la reconquista de Cataluña. 





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