ARQUITECTURA UTÓPICA: LA POLIS CONTRA LA COLMENA


Uno de los exponentes más claros del estado de una civilización es el que aparece reflejado en sus urbes. La ciudad, como espacio de habitación y núcleo que articula los países, suele ser un claro reflejo del espíritu del pueblo que la ha alzado y que habita en ella. Debido a nuestra concepción materialista del mundo, creemos erróneamente que es el barrio el que determina a los vecinos, pero es justamente al revés. Es una equivocación similar a la tan extendida de que es el Estado el que crea la Nación: Al negarle toda importancia al espíritu o a las ideas, se hace incomprensible que estas dimensiones inmateriales pero consustanciales al hombre sean capaces de inspirar nada. Nosotros sabemos que no es así, y para ejemplo nuestras actuales ciudades: Que los peores barrios sean antros inmundos no se debe al modo en que fueron construidos o la posición que éstos ocupan en el ordenamiento
urbano, sino a la gente que allí habita. No existen malos barrios, sino mala gente. Si tiene el lector suficiente edad, recordará como muchas localizaciones de nuestras ciudades se han convertido en años recientes en lugares a los que es mejor no acudir.
En ese sentido, el deterioro urbano también ha sido provocado por cambios profundos en los propios espíritus de nuestro pueblo y en la cultura imperante que profesamos. Y es que los cuadros o las esculturas horrendas que se venden por auténticas fortunas en las galerías de “arte” no son más que un pequeño pero claro exponente del estado de la cultura actual.
La cuestión es que cuando tal deterioro del sentido estético alcanza a la arquitectura, la crisis es doble, porque resulta que el trabajar, habitar, construir un núcleo familiar y, en definitiva, pasar la mayor parte de nuestra vida en construcciones deformes, aplana y deteriora los espíritus. ¿De qué manera se puede reclamar a una persona cualquiera que esté dotado de vitalismo y de ilusiones, cuando reside en un cubículo minúsculo incrustado en un bloque de viviendas de inspiración marxistoide? Como en la obra de Kafka, el vivir como insectos en ciudades colmena, acabará por convertirnos en insectos.
De este problema ya se dieron cuenta numerosos autores y arquitectos del siglo XIX al observar que el crecimiento desproporcionado de las ciudades como resultado del éxodo rural convirtió a muchos núcleos europeos en lugares inhabitables e insalubres. Así nació lo que más tarde se conocería como arquitectura utópica, una auténtica filosofía del urbanismo que se expande
 como las ramas de un árbol en un magnífico abanico de posibilidades compatibles entre sí. 
Frente a los barrios chavolísticos, el ensanche ordenado; frente a la aglomeración de edificios, las avenidas; frente a la jungla de hormigón, el espacio ajardinado; frente a la infinita construcción en altura, las viviendas unifamiliares; …

No soy arquitecto ni nada semejante, pero considero que hasta aquí he reflejado cuestiones que son de sentido común: El espacio en el que un ser humano habita afecta de manera directa a su bienestar, y éste, a su concepción de la vida. Por ello, reivindico los planteamientos del urbanismo llamado utópico que estuvieron en boga durante el siglo XIX y comienzos del XX. La arquitectura es otro campo de batalla dentro de esa guerra de las ideas que debemos librar. 
Al tratar de entrever un tiempo nuevo más allá de la Posmodernidad y más allá de la crisis, quien sabe si terminal, de la civilización Occidental, no se puede evitar pensar (Quizá soñar sea el término más adecuado) en una ciudad diferente.
Esta reivindicación de la filosofía utópica del urbanismo no puede presentarse aislada,
sino que debe ser una parte integrada dentro de lo que podemos denominar como la Cruzada por la estética: La lucha por la recuperación de la Belleza, una de las grandes damnificadas por la llegada de la Posmodernidad y su visión relativista que contamina todo, y que nos ha hecho admitir, aunque a regañadientes, que hasta el concepto de Belleza puede ser objeto de debate.

Debemos recuperar el concepto de la ciudad como espacio sagrado ya presente en el Mundo clásico. Las ciudades de la antigua Grecia se consideraban fundadas por héroes en tiempos fuera de la historia.
La propia leyenda de Rómulo y Remo viene también a reflejar ese nacimiento mítico de la ciudad. Cuando los colonos que estaban construyendo la Magna Grecia llegaban a extrañas costas del mediterráneo lo primero que hacían eran rituales religiosos fundacionales. En definitiva, sacralidad y ciudad eran dos conceptos inseparables.
La urbe, el espacio físico de la ciudad; debe acomodarse a la pólis, los moradores de ésta y sus instituciones. El que nosotros reivindiquemos ahora una identidad nacional, y por ende no localista, no excluye que podamos y debamos mantener una concepción de la ciudad como recinto sagrado.
A día de hoy contamos con una serie de recursos, medios y tecnologías con lo que arquitectos como Arturo Soria, el ideólogo de la ciudad-lineal, ni siquiera soñaban. Existe la posibilidad de superar las ciudades posmodernas, lo que no existe es la voluntad de hacerlo y la cultura que lo reivindique.
Al centrar nuestra reflexión en un tiempo que no ha llegado, y no obviemos la posibilidad de que nunca llegue como nos advierte el propio término de utopía (No-lugar) ¿Por qué no plantearnos el recuperar una filosofía del urbanismo que supere los horrores de la ciudad y la arquitectura posmoderna? 



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