LA CUESTIÓN NORTEAMERICANA: EL ÚLTIMO IMPERIO DE OCCIDENTE


Cuando Colón y su tripulación llegaron al mar del Caribe no eran conscientes de que habían arribado en un nuevo continente. De la misma manera, tampoco se dieron cuenta de que su involuntario descubrimiento provocaría gigantescos cambios sobre la Humanidad entera, lo que llevaría a los historiadores, siglos después, a fijar 1492 como el año en el que Medievo daba paso a la Edad moderna. Es cierto que estas periodizaciones históricas tienen siempre algo de arbitrario. Sin embargo, nadie dudará hoy día que el descubrimiento de América, y después de todos los mares y continentes del mundo, fue uno de los mayores hitos en la historia de la Humanidad.
Paradójicamente aquellos descubridores de un Nuevo mundo no fueron nunca conscientes de las alteraciones que generarían en el largo plazo en todo el Planeta. Colón, como es bien sabido, murió sin saber siquiera que había llegado a un nuevo continente.
Sin abandonar las tierras americanas, pero arrancando hojas del calendario hasta llegar a nuestro propio tiempo, podríamos preguntarnos si el 8 de noviembre de 2016, día en el que Trump alcanzó la Casa Blanca, también tocó a su fin una era histórica.

Nos encontramos en la misma situación que los tripulantes de la Pinta, la Niña y la Santa María cuando se quedaron en la Isla de la española construyendo el fuerte de Navidad: Nosotros, como ellos, no tenemos la suficiente perspectiva para saber si se ha producido ese cambio de era histórica. Pero sin duda existen indicios que nos llevan a pensar que sí.

El caso de Trump es excepcional. En nada se parece al crecimiento de los identitarios en Europa, y de hecho, es prácticamente imposible que se vuelva a reproducir un fenómeno semejante: Un candidato que, sin el apoyo de su propio partido, sin ser respaldado por los grandes medios de comunicación y meramente sostenido por plataformas alternativas y unos pocos autores a título particular, ha logrado llegar a la Casa Blanca. No estamos hablando de una república bananera o de una dictadura perdida en medio de Asia: El personaje dirige ya el que aún es el país más poderoso del Mundo.
Su victoria pone de relieve una serie de fenómenos hasta ahora poco perceptibles por desarrollarse bajo la superficie de la sociedad, y que bien podrían señalar un cambio de era histórica: Los medios de comunicación de masas han perdido el monopolio sobre la opinión pública y existe una rebelión abierta de los pueblos contra sus élites. Esto ya supone de por sí un cambio total de paradigma histórico.
Por otro lado, también habría que destacar los cambios en política exterior de Trump, y no me refiero a sus críticas a la OTAN o su acercamiento a Rusia, sino más bien a que, por primera vez, Estados unidos fija el blanco en el que va a ser su rival en este siglo: El gigante chino. Por primera vez, admitiendo que el emperador está desnudo,
se reconoce y se hace frente al que puede ser el mayor competidor de occidente en lo que resta de siglo XXI. Un coloso económico y militar, que se está convirtiendo en el Banco del mundo y que está extendiendo sus redes de influencia hasta África y América latina. Esto no es un hecho anecdótico o aislado: es la primera vez que una potencia no occidental puede hacerse con la primacía del mundo desde el siglo XVI, cuando el Imperio otomano comenzó su retroceso.
Otro gran hito que también se relaciona con China es la paradójica situación por la cual Estados unidos, país que ha sido motor de la Globalización desde finales del siglo XIX y que ha triunfado en la mayor contienda global de la historia, la Guerra fría, extendiendo su modelo de Liberalismo por todo el Planeta, está ahora defendiendo un “aislamiento estratégico” y el proteccionismo económico; frente a una China que, a pesar de seguir siendo formalmente comunista, ha hecho de la Globalización y el libre comercio su seña de identidad, ante la posibilidad de inundar el mundo entero con su inigualable capacidad de producción industrial.
Todos estos cambios citados de manera muy sumaria revelan que, efectivamente, avanzamos hacia una nueva época, por mucho que los medios de comunicación de masas todavía estén tratando de hacernos creer que la Mundialización y la Globalización son “el único camino posible”. ¿Cómo sostener todavía ésto cuando precisamente en el foco irradiador tradicional de la Globalización, ha triunfado un movimiento soberanista contra todo pronóstico?
La victoria de Trump desde luego marca el final de la “Globalización a la americana” iniciada tras la derrota soviética. Si la cosa va más allá, y su triunfo es la firma del decreto de defunción de la Modernidad, está por ver.
Todo lo comentado está íntimamente ligado con uno de los últimos viajes oficiales realizados por Obama antes de abandonar la presidencia: En una gira de lo más simbólica, visitó a Angela Merkel, en lo que podemos considerar la entrega del “testigo” de la Globalización: Debe ser ahora Alemania la que capitanee ese proceso. Algunos meses después la canciller anunciaría su futuro abandono de la política activa, dejando a la CDU en una posición de lo más precaria, con Alternativa para Alemania en pleno auge y con Italia y Austria en su frontera sur adoptando ya posturas soberanistas.

Lo dicho hasta ahora sobre la situación norteamericana no puede tomarse como una crónica de lo que ocurre en un país lejano: Estados unidos es la Roma de nuestro tiempo, tanto para lo bueno como para lo malo. Lo que allí sucede tiene su eco en todo el Imperio: Desde allí nos llegó la crisis económica o muchas de las perversiones de la Nueva izquierda. Sin embargo, ahora llegará también ese nuevo identitarismo. Y llega precisamente en un momento de reacción, no ya europea, sino más extensamente occidental, al fenómeno de la Globalización. Si mal no recuerdo, desde la victoria de Trump los identitarios han alcanzado el gobierno en Austria, Salvini ha hecho lo propio en Italia y en España ha aparecido Vox. Escribo estas líneas el mismo día que se celebran elecciones europeas, otros comicios que se presentan casi como un plebiscito a nivel continental.

La que podemos denominar como “cuestión norteamericana” está de plena actualidad, y desde luego debe tener un papel protagónico dentro de los debates identitarios de toda Europa: EEUU lleva tutelando al continente desde 1945 y, a pesar de las críticas de Trump a la OTAN y su idea de recuperar el tradicional aislamiento americano, continúan ejerciendo ese tutelaje. Esto ha llevado a una crítica, en mi opinión excesiva, a los Estados unidos, muchas veces incluso repitiendo el discurso que la izquierda lleva utilizando desde la Guerra fría.
Para intentar iniciar un debate racional en torno a esta cuestión fundamental, y evitar la postura del hoolligan que muchas veces surge con este tema, me gustaría hacer un breve repaso por la historia y bases fundamentales de los Estados unidos. Espero que este resumen permita colocar a la nación americana en su justo lugar y nos lleve a comprender de manera más objetiva los profundos cambios que pueden venir a partir del éxito de Trump y que ya hemos recogido de manera sucinta.

1) Estados unidos: ¿La nación utópica por naturaleza?
Los orígenes nacionales y espirituales de Estados unidos se encuentran en los pioneros puritanos que viajaron a bordo de Mayflower huyendo de la opresión de la monarquía británica. Podría pensarse que el actual Estados unidos, sumergido como el resto de Occidente en ese materialismo radical y consumismo de masas, tiene ya poco que ver con estos orígenes remotos. Nada más lejos de la realidad. Aquellos pioneros llegaron con el proyecto netamente puritano de crear el Paraíso en la Tierra.
Algunos autores sostienen que el origen de las ideologías modernas se encuentra precisamente en ese principio puritano que cree como posible la construcción de un Paraíso terrenal, que no es otra cosa que lo intentaron hacer después los jacobinos o los marxistas. 
(Artículo comentando ideas sobre la Cuestión religiosa)
Sea como fuere, este principio clave va a marcar de manera fundamental la historia del país, incluso hasta nuestros días: Por un lado, podemos señalar aquí el origen de su expansionismo, al creerse dotados de una misión espiritual que les embestía de una autoridad y superioridad sobre otras comunidades, considerándose una suerte de nuevo Pueblo elegido. Pero, de manera dialéctica, también es posible ver aquí el origen del típico aislamiento americano, ya que no consideraban que el resto de pueblos estuviesen participando de su mismo proyecto trascendente.
Esa idea de misión espiritual de origen puritano se transformaría con el tiempo de manera notable, ya sea con el presidente Wilson tratando de “reconstruir” Europa de la Gran guerra en base a sus ideas de Estado-nación y liberalismo, o con Obama combatiendo para expandir el modelo americano incluso en el ámbito islámico. Pero no nos adelantemos a los acontecimientos y volvamos a los Estados unidos en situación embrionaria.

2) La revolución contrarrevolucionaria
Normalmente se señala la emancipación de Estados unidos del Imperio británico como el acto inaugural de las revoluciones liberales modernas que se desatarían después por
toda Europa. Es indudable que efectivamente la Guerra de la independencia y la fundación del nuevo país estaban inspirados por principios liberales, pero no es menos cierto que aquella revuelta se produjo contra uno de los factores que han seguido siempre al desarrollo de la Modernidad, como es el del crecimiento desproporcionado del Estado.
La revuelta americana fue muy diferente de la Revolución francesa: En esta segunda, aparece por primera un Estado que comienza a influir y a en regir aspectos de la intimidad de las personas como nunca antes lo habían hecho las mal llamadas monarquías absolutas. En Estados unidos, por el contrario, su guerra de la independencia buscaba precisamente limitar el poder de su Estado, que estaba legislando y controlando situaciones de la vida americana sin permitir a los propios americanos decidir sobre ellas. (No taxation, without representation)
La fuerte defensa de la libertad individual en el mundo americano nace aquí, con su Declaración de derechos, que aún hoy continúa siendo un texto casi sagrado para la población americana. De hecho, esa reivindicación de libertad individual es uno de los factores que explican el éxito de Trump, al haber el recogido amplios apoyos de ciudadanos que veían con preocupación el crecimiento desproporcionado del Estado.
Llegado a este punto, habría que preguntarse si la llamada Revolución americana fue realmente una contrarrevolución que hizo de los recién fundados Estados unidos una nación especial dentro de la Modernidad.

3) El Destino manifiesto y la doctrina Monroe
La tensión entre la expansión y el aislamiento continuaría de manera invariable a lo largo de las décadas. La idea del Destino manifiesto y la Doctrina Monroe, según los cuales Estados unidos estaba destinado a conquistar todo el norte de América y tutelar
al resto del continente, impulsó un crecimiento gigantesco de esta potencia durante el siglo XIX que les llevó al final de la centuria a ser la mayor potencia económica del

mundo, por encima ya de los propios imperios europeos que avanzaban hacia su suicidio en 1914. Tal como había predicho Tocqueville, Estados unidos alcanzó la primacía al menos en el plano económico. 
Su “imperio”, sin embargo, quedó circunscrito al espacio norteamericano, y de hecho no avanzó más hacia el sur, ocupando territorios mexicanos, a pesar de haber tenido esa posibilidad. No existía en la mentalidad americana la concepción imperial europea de ocupar todas las tierras posibles , tal como se produjo en el caso español o en el imperio francés, que llegaría integrar enormes espacios desérticos de África. (Para el rey infinitas tierras)
El Imperio americano, por el contrario, quedó conformando por el espacio continental de norteamericana, pequeños enclaves marítimos que le permitieron ir consolidando un imperio comercial en los mares y la satelización de otros países a través de la promoción de oligarquías afines a ellos. Este modelo es que el continúa reproduciéndose incluso hasta nuestros días.

4) Primera guerra mundial, Wilson y la recuperación del aislamiento
No es el objetivo de este artículo narrar los estragos de la Primera guerra mundial en Europa, a pesar de que la actitud europea durante el siglo XX es fundamental para entender la expansión americana.
Baste señalar aquí que en 1917 se verá la primera intervención militar a gran escala de los Estados unidos en el continente europeo, devastado ya en aquella guerra absurda. Y no solo se debe hablar de intervención militar, sino también de una enorme influencia en la organización de la “paz”: El presidente Wilson fue, sin duda, el
Obama de su tiempo, con su proyecto de extender el liberalismo y el modelo del estado-nación por la vieja Europa. Bajo la influencia de su doctrina se disolvió el imperio austrohúngaro, surgiendo multitud de nuevos estados.
Tenemos aquí la primera vez en la que la potencia americana determina la historia de Europa y no simplemente por motivos geopolíticos, sino también ideológicos: El carácter mesiánico de origen puritano que siempre había tenido Estados unidos había tornado ya hacia el Liberalismo.
Sin embargo, el final de la presidencia de Wilson significó la vuelta al aislamiento, aunque quizá el daño ya estaba hecho, pues se había sembrado sobre el continente un factor de desestabilización fatal.

5) El segundo suicidio europeo y la Guerra fría
La segunda intervención americana en Europa, y en gran medida definitiva, se produce con la Segunda guerra mundial. Hay quien desde posturas identitarias critican duramente dicha intervención, pero baste recordar dos ideas tan básicas como fundamentales: La intervención americana en la Segunda guerra mundial, como en la Primera, se produce por la cerril voluntad de no pocos europeos de auto-destruirse. Fue un auténtico suicidio por partida doble. Y si hablamos de estupidez, fue en esta
Segunda guerra civil europea (Como la llamaría Nolte) donde encontramos unas mayores dosis, puesto que en la Gran Guerra se puede hablar de una inocente creencia de todos los contendientes en una victoria rápida. La llamada Belle Epoque, una de las épocas cumbre de la civilización europea, había generado un clima de optimismo y candidez casi infantiles que permitió, de manera indirecta, al desastre.
Lo reciente de la Gran guerra y la amenaza comunista en el Este debía haber vacunado a Europa de la posibilidad de una nueva contienda. Sin embargo, la realidad es que ésta segunda conflagración tuvo lugar y fue aún más mortífera, sanguinaria y mucho más destructiva que su hermana pequeña.
En ese contexto, acusar a Estados unidos de desembarcar en Europa en una fecha tan tardía como 1943 e impidiendo con ello que toda Alemania, Italia o Francia cayeran en manos de las hordas comunistas que se afincaron en toda Europa oriental, es como poco cínico.
Es absurdo negar que los movimientos de resistencia al III Reich, si bien no estaban integrados únicamente por comunistas, su influencia principal fue la marxista. De no haber habido un Día D, el comunismo se habría extendido desde Vladivostok hasta los Pirineos, y desde luego España y Portugal no habrían tardado en caer poco después.
No es esta una justificación de la actual tutela americana sobre Europa, pero sí que creo necesario poner en su contexto el inicio de ésta, que no fue otro que el deseo de Europa de suicidarse de manera definitiva abriendo las puertas a la invasión comunista, cuyos estragos aún perduran hoy.

Muchos Unionistas (Utilizo esta palabra para definir a los defensores de la Unión europea, ya que el término Europeísta no puede aplicarse a quien pretende hacer tábula rasa de la historia y tradiciones europeas) aluden a que la Unión europea ha traído la paz a Europa. Esto es radicalmente falso, porque ha sido precisamente la tutela americana la que trajo la calma e impidió la expansión soviética. Por no hablar del Plan Marshall, que permitió reconstruir el continente a una velocidad increíble, mejorando las condiciones de vida de los europeos rápidamente y limitando el florecimiento de movimientos marxistas que siempre crecen al calor de las miserias.
Y la cosa va más allá, porque la cruzada anti-comunista de los Estados unidos les llevó hasta los mismos confines de Asia, combatiendo en Corea o sacrificando miles de
vidas en la guerra de Vietnam. Este papel histórico no creo que deba ser minimizado, o incluso criticado, desde posturas identitarias, por muy europeístas que sean éstas.
Hay quien aludirá a que en estos años desde Estados unidos llegaron corrientes e ideas que antecedieron al Mayo francés, como el movimiento hippie o los preceptos de la Escuela de Frankfurt. Pero tal crítica me parece de lo más injusta: Si esos movimientos llegaron desde Estados unidos fue porque habían alcanzado ya, junto a la primacía económica y militar, la hegemonía cultural, y tales movimientos estaban en boga en todo Occidente. De hecho, el origen de todo ésto es Europa: Son los Locos años 20 los que van a ver el nacimiento de lo que hoy llamamos Progresismo o ideología de género, y no las universidades americanas, que no hicieron sino recoger aquellas corrientes de manera más tardía.
Por otro lado, si bien todos estos postulados destructivos llegan de manera “reciclada” desde Estados unidos a partir de los años 50, también fue allí el primer lugar desde el que se les rechazó
Decir que el origen de la degeneración cultural o moral está en Norteamérica, es de lo más simplista e injusto: Tal degeneración proviene de manera “indirecta” de Estados Unidos, pero también han surgido en este país los primeros diques de contención de tales derivas. A Donald Trump me remito.
Mientras que las teorías Queer y la ideología de género tomaban forma en los campus universitarios de Estados unidos, miles de jóvenes de este país entregaban sus vidas combatiendo al comunismo en las junglas del Vietnam. Y esto, en mi opinión, merece al menos un respeto y una consideración.

Existe la imperiosa necesidad de, tal como estoy planteando yo aquí, repensar el papel de Estados unidos en la historia de Europa, pues es hora de que desde posturas identitarias se deje de tratar la cuestión utilizando el obsoleto y ridículo discurso que las izquierdas utilizaron durante la misma Guerra fría, en el que mientras alababan la Revolución cultural maoísta o veneraban la figura del Che Guevara, capitaneaban movimientos pacifistas y en favor del desarme en Europa y se quejaban del “Imperialismo yankee”.
La necesidad imperiosa de crear una cultura patriota propia, debe llevarnos a superar de manera definitiva el uso de los discursos de movimientos antagónicos a nosotros.

6) El final de la Historia
En el año 1989, de la manera más sorprendente, los alemanes comienzan a concentrarse en torno al Muro de Berlín y lo derriban. El símbolo mundial de la opresión comunista es destruido, las naciones de Europa oriental, tras casi cincuenta años bajo la órbita soviética, se independizan. Y no solo eso, sino que abren las puertas a la OTAN hasta las mismas fronteras del aun poderoso coloso ruso. Y sí, he dicho “abrir”, porque frente al discurso de la Izquierda con su hipócrita condena del imperialismo americano, lo cierto es que las naciones de Europa oriental fueron las que, a modo de reacción frente a cuatro décadas de comunismo, entraron de manera voluntario en aquella alianza.
Aquellos hechos llevaron al filósofo americano Fukuyama a pronosticar el pronto final de la historia: Había un único modelo político, económico y filosófico en el mundo, que no era otro que el liberal y capitalista encarnado en Estados unidos y que había logrado imponerse sobre el modelo soviético. Esta filosofía del finalismo histórico inspiró gran parte de la política de Estados unidos desde 1989 hasta nuestros días, y basándose en ella se convirtieron en la policía del Mundo, tratando de expandir la democracia liberal por todo el Planeta. Esto es lo que explica, por ejemplo, las Primaveras árabes o los reiterados fracasos al tratar de implantar la democracia en Iraq y demás países islámicos.
Y es a este finalismo histórico al que Trump ha puesto fin (Valga la redundancia), a pesar de que estaba ya herido de muerte tras los atentados de las Torres gemelas, el auge del islamismo o la resurrección de movimientos patrióticos en Europa.

¿Una nueva evolución hacia el Soberanismo?
En ese sentido, quizá Estados Unidos esté efectuando un nuevo cambio en su Misión trascendente: Del puritanismo al liberalismo y el estado-nación de Wilson, del aislamiento a la cruzada anti-comunista, y de potencia que ha de traer el fin de la historia, a capitanear los movimientos soberanistas en Occidente.
Y es que hay que tener en cuenta que Trump ha ido más allá del simple regreso al aislamiento tradicional, manifestando numerosas veces su apoyo a líderes identitarios en Europa, enfrentándose al Papa Francisco, denunciando las situaciones insostenibles que se viven en Francia o Suecia, o con la llegada de Bannon al Viejo continente con la idea de crear una gran federación de movimientos identitarios, entre otros muchos episodios destacables que se vienen produciendo en estos últimos años.
Si los cambios iniciados por la administración Trump tienen un largo recorrido y se produce ese viraje de la influencia americana desde un finalismo histórico que nadie cree ya como posible, hacia una defensa de las identidades y de la soberanía, es más que posible que, tal como comentaba al principio, los historiadores del futuro señalen la fecha del 8 de noviembre de 2016 como la del cambio de era histórica. 






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