IDEAS SUELTAS SOBRE LA CUESTIÓN RELIGIOSA


La realidad es la guillotina de la teoría. Este simple principio ha servido para derribar más sistemas políticos y filosóficos que cualquier revolución o acción violenta: la naturaleza del hombre acaba siempre por imponerse a la construcción artificiosa de las ideologías. La cuestión fundamental es, por tanto, desentrañar cuál es esa naturaleza del hombre. A este enigma ha tratado de dar respuesta la mayor parte del pensamiento y de las propias ciencias, muchas veces sin demasiado atino precisamente por intentar “guillotinar” la realidad con su teoría ideológica particular.
Uno de los pilares que quizá sean más claramente visibles dentro de aquello que podemos llamar naturaleza o condición natural del hombre y que tratamos de desentrañar, es el de que somos seres religiosos. Decir esto, en unos tiempos como los actuales, puede sonar a puro chiste, pero permítame tratar de cambiar su opinión.

Platón escribió en uno de sus diálogos que lo Divino es la medida de todas las cosas. Y tenía razón: No hay acción o construcción humana detrás de la cual no se perciba esa realidad. 
Pero, ¿No había matado el hombre y sus ideologías a Dios? Lo cierto es que no: La Modernidad, desde la Revolución francesa, no ha sido el intento de “liberar” al hombre de Dios y de la religión, sino el de sustituir las creencias heredadas por filosofías, estructuras políticas y metafísicas nuevas de carácter laico: No se debe tener ya esperanzas en un Paraíso ultraterreno, ya que los revolucionarios se van a encargar de construirlo en la Tierra. Esa es la base fundamental de todas las ideologías, aunque es especialmente perceptible en la más anticristiana de todas: El Marxismo.
Todo el sistema de pensamiento marxista se basa en principios cristianos dados la vuelta. Paraíso en la Tierra construido por los desheredados y los pobres, concepción lineal de la historia como la sucesión de etapas desde un momento idílico (Jardín del Edén/ Comunismo primitivo) pasando por un Valle de Lágrimas hasta el Final de la Historia (Apocalipsis con su “Nuevo cielo y nueva tierra” / Paraíso comunista) Existe también un Mal absoluto personificado en los poseedores de los medios de producción, unos líderes divinizados como profetas del mañana, etcétera.
El final del comunismo, la última gran ideología, no ha supuesto la superación de las categorías religiosas dentro de la política y las filosofías, sino que las vemos perfectamente replicadas en esa nebulosa ideológica que conforma el universo del Mayo francés imperante hoy: Nuevamente la promesa de un paraíso terrenal, los parias del mundo como protagonistas del cambio, la Felicidad total como objetivo, la emancipación, la destrucción de todo mal, … Pensemos en estos conceptos aplicados al Feminismo, que es, en mi opinión, la ideología posmoderna más potente que existe y donde más claramente se percibe un carácter utópico alejado de toda realidad. (Leer artículo sobre la conexión entre feminismo y marxismo)

Para poder plantear una utopía se deben poner en práctica dos mecanismos en principio contradictorios: Debe tomarse la idea cristiana de Paraíso, a la vez que se rechaza la del Pecado original. El mito de la caída de Adán y el Pecado original,
como todo mito, tiene una buena dosis de realidad: Viene a representar que el ser humano, por el simple hecho de serlo, posee cierta dosis de Mal en su interior. Esa dosis varía de individuo en individuo, pero estaría presente en todos. De ahí se extrae la idea cristiana de que todos somos pecadores, aunque varíe la intensidad.
Este principio básico del Cristianismo es el que permite evitar caer en promesas utópicas: Es imposible construir un Paraíso en la tierra porque el hombre no es perfecto, y por tanto, no puede construir un mundo perfecto. Las matanzas que han acompañado siempre a los revolucionarios se basan en la negación de ese principio: El Paraíso terrenal nunca acababa de llegar, y ello se debía a que existían sectores sociales que impedían el cambio. El Mal no era ya algo metafísico y presente en todos los hombres, sino que pertenecía únicamente a unos pocos que, de ser eliminados, dejarían de proyectar su influencia negativa.

¿Podemos concluir entonces que es imposible el ateísmo en sentido estricto? Quizá la respuesta sea afirmativa, pues se puede constatar con total facilidad que aquellos que con más radicalidad niegan la idea de Dios son los que con más fervor abrazan las ideologías modernas y posmodernas a través de las cuales quieren traer un Paraíso sin Parusía. Quizá tuviese razón el historiador de las religiones Mircea Eliade con aquello del Homo religious. El hombre no puede vivir con la ausencia de una Misión vital, ya sea esta religiosa o laica.

Dos palabras sobre el neo-paganismo de la Nueva derecha
Queda ya explicada la continuidad existente entre religión cristiana e ideologías. A pesar de que esa conexión puede sorprender, lo cierto es que no soy ni de lejos el primero en señalarla. Ya Nietzsche o Splenger condenaron por igual al Cristianismo y a las ideologías igualitarias.
En tiempos más cercanos a nosotros tenemos a Alain de Benoist, uno de los padres intelectuales de lo que hoy llamamos la corriente identitaria. Este autor fue el iniciador de un amplio movimiento semejante al que a mí me gustaría contribuir a replicar en España: En las postrimerías de Mayo del 68, hace más de 40 años, Benoist se dio cuenta de una realidad que hoy es evidente:
Primero, el callejón sin salida hacia el que nos estaba dirigiendo la Modernidad; segundo, la ausencia de pensamiento capaz de afrontar tal situación por parte de lo que históricamente se había llamado “las derechas” y, por último, la imposibilidad de construir una respuesta desde posiciones tradicionalistas ante la desafección de la Iglesia católica con el Concilio vaticano II.
A Benoist no le quedó más opción que ponerse a pensar desde unos parámetros nuevos, y, junto a él, otros comenzaron a hacer lo propio hasta construir ese gigantesco universo de ideas al que se denominó de manera peyorativa Nueva derecha, a pesar de su carácter más intelectual que político (Ellos dirían Metapolítico: Lo que hay más allá de la política).
Dentro de la gigantesca tarea de replantearse todo, Benoist y bastantes de sus seguidores señalaron también esa conexión entre cristianismo e ideologías igualitarias, y de hecho, condenaban que Europa hubiese estado dos mil años bajo el imperio de “ideologías igualitarias”, reflexión con la que querían señalar precisamente esa continuidad entre cristianismo y Modernidad, catalogando a la religión de Jesús como el “bolchevismo de la Antigüedad”.
Surgiría así el llamado neopaganismo, movimiento siempre más intelectual que religioso, que pretendía recuperar un pensamiento pre-cristianismo para reconstruir una sociedad jerarquizada y dotada de una dimensión aristocrática.
No es mi intención condenar o promocionar estas ideas de Benoist ya que el debate en torno a si el cristianismo supone una ruptura con el mundo antiguo o por el contrario son más destacables las continuidades, es una cuestión inagotable que no puede abordarse en un simple artículo.
Lo que si me gustaría remarcar es la que creo la principal falla de este pensamiento neopagano: Éste se fundamenta en una postura intelectual, no religiosa. No creen en
ningún dios o dioses paganos, sino que simplemente proponen una visión no cristiana del mundo y de la existencia. Contraponen la nada, al menos en el plano religioso, a una fe que, aunque agonizante, aún existe.
Es totalmente legítima y razonable la crítica neopagana al cristianismo, sí, pero me resulta francamente complicado considerar como posible que la actual desacralización, olvido de lo sagrado y negación de lo divino pueda ser afrontado a través de una mera postura intelectual o académica, por más que ésta me pueda resultar interesante y desde luego aprovechable.
Cuando Martin Heidegger afirmó que Solo un Dios puede salvarnos, creo que estaba en lo cierto, aunque yo interpreto esa cita alejado de la creencia en un milagro: Mi postura es la de que sin la recuperación de una idea de Dios (No reduzco aquí el término al Dios cristiano o al de cualquier otra religión) es francamente difícil superar la Posmodernidad.
Y es que creo que esta es la auténtica piedra de toque a la que nos enfrentamos: Por un lado, existe la necesidad de recuperar el concepto de Dios, ya que éste es el que nos va a permitir construir un edifico de pensamiento sólido al estar sustentado sobre el Ser eterno, inmutable, perpetuo; pero a la vez nos topamos con un clima de total descrédito no ya de la idea de un Ser supremo sino de la idea religiosa misma, al menos en un sentido tradicional.
Sin embargo, creo que es posible esa recuperación de cierta concepción religiosa de la vida y el mundo, porque basta prestar un poco de atención para comprobar el éxito que tienen numerosas “nuevas creencias” en nuestro tiempo: Las colas para entrar a las consultas de los adivinos están llenas, pero las iglesias vacías. Paradojas del mundo posmoderno.

Cristianismo político, helenístico y judaico
La vía tradicionalista está muerta. Tratar de construir un movimiento sustentado sobre la Iglesia católica que ha hecho suyos la mayor parte de los preceptos modernos y que se ha convertido en el enésimo altavoz de la doctrina de los Derechos humanos, es una tarea o imposible o suicida.
Se produce la paradoja, quizá única en la Historia, en la que son personajes políticos
los que tratan de reivindicar la tradición cristiana mientras que la propia Iglesia la rechaza. No creo que semejante situación se haya producido antes en la larga vida de la civilización occidental.
Baste poner como ejemplo a Viktor Orban defendiendo el carácter cristiano de la civilización occidental y la necesidad de un renacer europeo, mientras que desde el Vaticano se reclama la permisividad con la inmigración masiva y con las ideologías progresistas. Pero el caso húngaro no es único, ya que lo mismo ocurre con Trump, que ha llegado a enfrentarse dialécticamente con el Papa, o con otros movimientos identitarios en nuestro tiempo criticados por el Sumo pontífice.
Ya que somos españoles, quizá convenga comentar brevemente las concepciones que existen en Vox en torno a la cuestión religiosa. Lo primero de todo decir que Vox más que un partido, como ellos mismos reconocen, es un movimiento que se ha formado y ha crecido a través de la recepción de personas de muy diversa adscripción ideológica pero que comparten de manera fundamental la idea de la defensa de España y de cierto carácter tradicional. Más allá de estos dos principios troncales, habría que ir diseccionando cada paso particular.
Una de las proclamas más habituales dentro de este partido, a pesar de su postura a favor de la laicidad del Estado, es la defensa de lo que ellos llaman valores “judeo-cristianos”, remarcando, entiendo yo, la conexión entre el cristianismo y sus raíces
hebreas
. El partido se encuadra, por tanto, dentro de los grupos identitarios que quieren dotarse de cierto pensamiento cristiano (El Frente nacional por ejemplo es mucho más laicista), algo en parte lógico teniendo en cuenta que los más grandes pensadores de la derecha española han reflexionado siempre desde posturas católicas. Ya en el texto sobre el Tradicionalismo, remarqué la necesidad de revisar gran parte de los postulados de todos esos autores heredados, para tratar de comprobar que ideas del Tradicionalismo histórico son extrapolables a nuestro tiempo y cuales no (Leer artículo sobre la necesidad de crítica y revisión del Tradicionalismo)
Volviendo al tema del judeo-cristianismo, he de decir que es un concepto que desde luego no comparto: Sin querer entrar demasiado en la cuestión debido a su extensión, decir que el Cristianismo si bien parte de la tradición judía tal como el propio Jesús afirmó con su intención de cumplir las Leyes, hay que aclarar que la nueva fe pronto se desmarca de esa herencia. La propia figura de Cristo (No de Jesús como figura histórica, sino de El Cristo, el Ungido, como ente mesiánico y arquetipo religioso) es un concepto europeo y no judío. Los hebreos esperaban un Mesías, sí, pero éste sería de carácter político, encabezaría una rebelión contra el poder romano y reinstauraría el reino de Israel. Jesús, por el contrario, no se presenta como tal, sino que es un Mesías netamente espiritual: Mi reino no es de este mundo.
Esta diferencia radical que se presenta en la propia figura de Jesús, y por ende en los
mismos orígenes de la nueva religión, ya nos lleva a cuestionar el concepto de judeo-cristianismo. Por otro lado, tras la desaparición de Jesús las diferencias no hacen sino acentuarse cada vez más, especialmente a partir del papel de San Pablo (Pablo de Tarso): Con él, ya en el primer Concilio cristiano, el de Jerusalén, se abandonan muchos preceptos de las tradiciones judaicas; el cristianismo llega a Europa, se extenderá lenta pero firmemente por el Imperio y se sostendrá sobre las bases paganas construidas por Platón o los estoicos, entre otros muchos. El paganismo es el otro Antiguo Testamento de la Iglesia, diría el reaccionario católico Gómez Dávila.
Queda así desmentida la idea del judeo-cristianismo, ya que la ruptura con la tradición hebrea se produce no tras la muerte de Jesús por la acción de San Pablo, sino en la propia figura del fundador de la nueva religión.

Es curioso como en nuestra época, en la que presume de ser la civilización más atea de la historia, el debate religioso sigue presente, aunque intentemos huir deliberadamente de él. Lo divino es la medida de todas las cosas. Y sigue siéndolo. Quizá incluso con más fuerza de lo que creemos.
Si hay una idea fundamental que me gustaría que se extrajese de este texto es la del “callejón sin salida” de la modernidad: Se sustituyó la idea de Dios y de la religión por la promesa utópica de un Paraíso en esta tierra. Esta promesa, tras ser incumplida por todos los que la esgrimieron, ha caído ya en el más absoluto de los descréditos. Sin embargo, no ha se ha producido “el regreso de Dios”. La Iglesia católica, a pesar de haber sobrevivido a los enormes cataclismos de los siglos XIX y XX, no es ya sino un cascarón vacío que se derrumba día a día, abandonada por los pocos fieles que le quedan y emprendiendo acciones suicidas, rechazando lo que poco que en ella quedaba de digno.
Repitamos la famosa cita de Heidegger con la que nos recuerda que Solo un Dios puede salvarnos. El tiempo dirá si efectivamente aparece una deidad salvadora, ya sea de manera milagrosa o a través de una nueva filosofía que tenga la figura de Dios como pilar maestro.




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