TORRELAVEGA, UNA FOTOGRAFÍA


Caminar por las calles de Torrelavega se me asemeja a recorrer las de Pompeya, Memfis, Troya, o cualquier ciudad histórica que, por alguna razón, quedó sellada y congelada en el tiempo, ya sea por erupciones volcánicas, por las arenas del infinito Sáhara o por la voluntad de los hombres.
En esta urbe tenemos la oportunidad de vivir algo único: Recorrer una fotografía de otra época. Una fotografía de una España que fue y ya no es. Aún pueden admirarse aquí las ruinas de una floreciente civilización ya casi olvidada. Aquí se cruzaban los polvorientos caminos del norte de nuestra Piel de Toro. Pueden verse aún las chimeneas, aunque los fuegos de la industria hace tiempo que se apagaron; los mercados, cerrados; los parques, vacíos. ¿No queda acaso un solo niño?

No debe extrañarnos tal cantidad de restos arqueológicos, pues hubo un tiempo en que esta vieja ciudad fue el centro de toda esta tierra. Han pasado desde entonces muchos inviernos. Diluvio tras diluvio, nevada tras nevada, han semisepultado sus enormes señoríos, aunque aún puede apreciarse, si uno se fija bien, la magnificencia de los magníficos señores de antaño.
Torrelavega sería sin duda un paraíso para los pintores románticos, tan aficionados éstos a la representación de ruinas antiquísimas. Acorde con ese estilo artístico son también sus calles: Cerradas sobre sí mismas, contadas veces dejan pasar la luz del sol, rasgo sin duda apropiado. Un ambiente oscuro para un tiempo oscuro.

Si damos la vuelta a esta fotografía aún puede apreciarse, en un amarillento dorso, la
fecha cuando fue tomada: Una época en la que nuestras abuelas alumbraron, de manera sorprendente, a miles de nuevas almas. Y es que los daños de aquella explosión, pueden percibirse aún en las ruinas que quedan. Se ejecutó como respuesta una hazaña urbanística aún que perdura, aunque su grandeza estriba en la rapidez de la obra y no en la belleza final resultante.
Fue aquella generación recién nacida la más feliz de la historia de esta tierra, aunque muchos no lo sabían. Algunos siguen sin saberlo, aun viviendo en sus propias carnes el derrumbe de un Mundo. Nosotros, somos sus hijos.
Existen hoy osados que se atreven a habitar en estas viejas ruinas, aunque sin percibir donde se encuentran. Se asemejan estas gentes a los tibetanos que vivían en las faldas del Everest, pero jamás lo escalaron. O a los egipcios, que sin comprender las
pirámides, les arrebatan sus piedras para construir nuevas viviendas.  O a los pastores que, caída ya Roma, metieron a pastar a sus ovejas en las ruinas de los foros vacíos. Es esta una horda desconectaba ya de todo pasado, y aunque no lo sepan, también de todo futuro. Unos salvajes habitando en la ruina de una civilización superior.
No solo nuevos hombres habitan Torrelavega, también otros que fácilmente podemos tildar de condenados: Aquellos que contemplaron el ayer y el hoy. Los que construyeron las ruinas de Torrelavega, cuando todavía no tenían tal nombre; y después, tuvieron que vivir el advenimiento del tiempo presente. La mayoría de esta especie en extinción habitaba las reservas de naturaleza particulares que llamamos
bares, ahora que las industrias han apagado sus hornos y los mercados se hallan vacíos. Podrás encontrar allí a uno de estos especímenes. Habitual la mirada perdida de ojos lacrimosos y el vaso vacío. ¿En qué pensará aquel hombre? ¿En que pensará su generación entera?

No sin cierto utopismo, algunas autoridades han osado profanar este yacimiento y construir nuevas obras. Parques y jardines, calles e incluso iglesias. No ha servido ni servirá de nada. A cada paso puede uno palpar que es esto una fotografía de un tiempo que ya no existe. No importan los maquillajes urbanísticos: No puede maquillarse el espíritu de una época. 
Quizá alguien, aunque solo sea uno, se atreva dentro de semejante escenario a alzar la vista. ¿Saben lo que vería? Una enhiesta montaña dominando los cielos y retando a los vientos del norte. Semejante fortaleza se erige en mitad de la muralla natural de las montañas que acrecienta aún más la sensación de encierro. Tal atalaya, a la que la mayoría llama Dobra, recibe sin embargo otros nombres. Quizá el más curioso sea La Capía ¿Derivación de la palabra Capilla, que nos habla sobre el carácter sagrado de
aquel monte? Todo parece indicarlo: Lugar sagrado para los antiguos cántabros, habitado por ojáncanos (Bestia regional) según narran los viejos del lugar, y coronada por una cruz, colocada por las fuerzas nacionales durante su asaltado a las tierras del norte, que curiosamente tuvo que ser repuesta, al ser golpeada por un rayo, el eterno símbolo de la furia de los dioses y la prueba más clara de su presencia en el lugar.
Resulta poético pensar que esta montaña sea visible desde cualquier punto de la comarca.

¿Una señal de que incluso en tiempos oscuros podemos mirar el Cielo?






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