LA CORONA PERDIDA Y LA CRUZ OLVIDADA


España martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio, ...

Es por todos sabido que muchas personas optan por no aceptar las herencias de sus allegados ante la imposibilidad de abonar el terrorífico impuesto de sucesiones. Es preferible para ellos renunciar a esos bienes del pasado a soportar el peso de su mantenimiento en el presente. En España el agobiante peso de las herencias no afecta únicamente a los ciudadanos, sino que puede presentarse en otros muchos ámbitos más íntimos que el de la economía familiar. Por ejemplo, en el Pensamiento.
Nuestra época se caracteriza, creo yo, por vivir lo que es una revolución única en la historia (A pesar de existir antecedentes sobre puntos concretos): Nos encontramos en la revuelta del hombre contra su propia naturaleza, ésto es, contra aquello que le convierte en ser humano. En ese contexto, no somos pocos los que tratamos de encontrar o plantear una alternativa que nos permita superar estos tiempos. Para emprender esta tarea, que es ciertamente monumental y a la que pueden dedicarse vidas enteras, es imprescindible mirar hacia el pasado para ver que dijeron los que nos precedieron en la crítica, porque fueron muchos los que percibieron hacia donde se encaminaba la Modernidad, señalaron cuales eran sus fallos y advirtieron sobre sus nefastas consecuencias finales. Y es aquí donde nos topamos, sentados de manera dubitativa en la mesa del notario, con esa herencia legada por nuestros “ancestros ideológicos”.
Me explico: La mayoría de intelectuales españoles que durante los últimos 200 años han reflexionado desde un punto de vista patriótico acerca de los errores de la Modernidad y sus posibles soluciones, han estructurado su pensamiento en base a dos instituciones que en nuestros días o bien están en derrumbe o bien son meras carcasas huecas: La Monarquía y la Iglesia. Desde Donoso Cortés y Menéndez Pelayo hasta los intelectuales del Franquismo, han colocado en prácticamente la totalidad de los casos a estos dos viejos pilares como el sustento básico de sus edificios ideológicos. El problema llega cuando superado ya el ecuador del siglo XX, ambas instituciones quedan prácticamente vaciadas de contenido.


La monarquía: De elegidos por Dios, a puro protocolo
Las monarquías, sostén fundamental del ejercicio del gobierno y de la justicia durante el Antiguo Régimen, comenzaron a perder prerrogativas desde el triunfo del Liberalismo. En la mayoría de los casos no se produjo una destrucción repentina, excepción a parte es el caso francés en el que la cabeza de Luis XVI acabaría separada del cuerpo y bien guardada entre unos mimbres, sino un lento socavamiento de su poder: Primero, relegando a la corona a ejercer únicamente el poder ejecutivo, para pasar después a ser un mero elemento simbólico, sin contenido real más allá del de escenificar durante décadas un vacío protocolo.
Este proceso se acelera tras la Primera Guerra Mundial en la que las tres viejas
monarquías europeas son definitivamente disueltas: El Imperio alemán, el ruso y el austro-húngaro. En su lugar, aparecen repúblicas liberales o regímenes soviéticos, lo que unido a que en el resto del continente los reyes supervivientes habían pasado ya a ostentar ese estatus de “símbolo humano”, supuso el final de los reyes a la antigua usanza.
Es precisamente en España, creo yo, donde nos encontramos con unos candidatos al trono que mantuvieron, o eso creían ellos, cierto poder real, como demuestran las injerencias en la política de Alfonso XIII, las conspiraciones de Don Juán o el papel de Juan Carlos I en la Transición. Comentar de pasada que España es el único caso europeo del siglo XX en que una monarquía desaparece dejando paso a una República para después retornar el modelo monárquico.
El papel de Juan Carlos I en la Transición ha pasado ya a ser una mera anécdota en
tanto que la monarquía española acabaría por converger en el modelo de monarquía simbólica con el resto de Europa. Tal vez la mejor prueba de ello es recordar como el rey emérito firmó la Ley de Memoria histórica, documento que de ser llevado hasta sus últimas consecuencias supondría la deslegitimación y final de la propia monarquía, ya que ésta proviene de manera directa del Franquismo, mal que le pese a la “derechita cobarde”.
Esta referencia al régimen de Franco me sirve de perfecta excusa para apuntar una idea que creo que ha pasado bastante desapercibida y que ha sido muy mal entendida: La designación de Juan Carlos I como sucesor no fue un “error” de Franco, ya que, como ya he dicho, prácticamente todo el pensamiento político de corte conversador o
tradicionalista español era monárquico. En ese sentido, Franco fue consecuente con ese conjunto poco estructurado de ideas y planteamientos político-filosóficos presentes en la España de aquel tiempo
Decir dos palabras también sobre Balduino, el rey emérito de Bélgica que tuvo la valentía de oponerse a firmar la ley del aborto en su país. Igual que en España, toda ley necesita la rúbrica del monarca para aprobarse, por lo que fue obligado a abdicar en su hijo, él cual firmaría el documento y desatascaría la situación. Un buen ejemplo de lo que son las monarquías de la Vieja Europa en nuestro siglo.

Que la monarquía sea un mero símbolo no quiere decir que no tenga valor: El ser humano necesita símbolos. Hoy día en España no son pocos los que se aferran a la idea de la monarquía como sustento de la unidad nacional puesta en entredicho por la alianza tradicional entre la izquierda y los separatismos. Es natural que en nuestros días la ciudadanía reivindique instituciones que se consideran antiguas e inamovibles, al considerar éstas, incluso a un nivel inconsciente, como una suerte de dique de contención ante las mareas destructoras de la Posmodernidad.
En mi particular opinión, la cuestión Monarquía Vs. República es un debate de segunda o de tercera línea si lo comparamos con otros problemas que afectan a España en particular y a Occidente en general.
Tanto es así, que coincido en este aspecto particular con Melquiades Álvarez cuando hablaba de la accidentalidad de las formas de gobierno: España necesita de reformas profundas e inmediatas, las cuales deben llevarse a cabo independientemente de si el jefe de gobierno es un rey o cualquier otro. Al carecer ya la monarquía de fuerza para oponerse a cualquier actividad política, hay que centrarse en ésta última para sacar a España del marasmo, y no tanto en sí se conserva o no un trono que por otra parte no puede actuar, para bien o para mal, en el devenir del país.


La Iglesia: De la casa de San Pedro, a una casa de …
Caso aparte es el de la Iglesia. Ésta fue durante todo el siglo XIX y XX la principal institución en hacer frente al avance de la Modernidad, señalando sus excesos y lo que es más importante, proponiendo alternativas. No era, como muchos la pintan,
una institución muerta de la que tan solo quedaba un inerte esqueleto. No, ya que tenemos movimientos y corrientes que nos demuestran su vitalidad, a destacar el llamado renacimiento católico francés, con su réplica en la vecina Inglaterra, que traería gigantes de la cultura como Chesterton, Tolkien, C.S. Lewis, Beloc, … Padres de obras atemporales, como el inconmensurable mundo de la Tierra Media de Tolkien, o sistemas políticos y económicos que podían llegar a ser alternativa, o al menos poner coto, al Socialismo y al Liberalismo, como el Distributismo, desarrollado por Belloc y Chesterton, inspirados por el Rerum Novarum de León XIII, y que tendría una enorme repercusión en toda Europa con el nacimiento de una nueva teoría económica y la creación de numerosas cooperativas y sindicatos católicos.
Precisamente en España, al calor de las aun no extintas ascuas del Catolicismo, aparecieron personajes y pensadores de talla considerable: Donoso Cortés, Menéndez Pelayo, Maeztu, Pemán, Eugenio D´Ors, … y otros tantos que ruego me disculpen el no mencionarlos.
La mera existencia de estos personajes con sus trabajos revela un principio fundamental: La Iglesia y el Catolicismo estaban vivos, porque de una institución muerta no surge semejante producción de obras, de pensamiento y de filosofías a lo largo y ancho de todo Occidente.
El problema llega cuando la Iglesia, preocupada por la pérdida de vocación religiosa y la creciente desconexión de muchos ciudadanos europeos en torno a las cuestiones espirituales, decide “acomodarse a los nuevos tiempos”, lo que en su momento suponía básicamente buscar el entendimiento con el marxismo. Llegaría el Concilio Vaticano II y con él no solo la traición de la Iglesia a sus principios históricos y a los
gobernantes que la habían salvado literalmente del exterminio, como es el caso de Franco, sino que provocarían también el desmantelamiento de los movimientos católicos
Los cambios en las altas esferas eclesiásticas no quedaron circunscritos a unas élites desconectadas de las bases católicas, no, sino que ese “acomodo a los nuevos tiempos” proclamado por el Papa y los cardenales tuvo su eco en todo el cuerpo católico.
Nacería así, entre otras muchas calamidades, la Teología de la liberación, que conjugaba la doctrina y la Revelación cristiana con el marxismo, impulsando y motivando la creación de milicias comunistas y terroristas por toda América latina. Pero no es necesario cruzar el océano para percibir fenómenos de este tipo, ya que en España no fue algo extraño el que muchos clérigos, aprovechándose de la inviolabilidad de sus recintos y edificios, cobijasen a terroristas de diverso pelaje. También es paradigmática la evolución del Carlismo, que de ser el movimiento tradicionalista más potente que había pervivido en Europa, comenzaría una “deriva hacia la izquierda” al final de la cual acabaría haciendo del Socialismo auto-gestionario y del federalismo las nuevas premisas básicas de su pensamiento político. Si no recuerdo mal, el Carlismo forma parte hoy de esa amalgama de siglas que construyen Izquierda Unida.
Este “acomodo a los nuevos tiempos” promulgado por la Iglesia mitigó ligeramente
durante los papados de Juan Pablo II, que favorecía la liberación de las naciones de Europa oriental del comunismo, y con Benedicto XVI, pero ha retornado con renovado vigor con Francisco I, no buscando ya el diálogo con un marxismo extinto, sino con las variadas corrientes que componen la llamada Nueva izquierda.
Tal vez lo que mejor nos muestra la ruptura dentro de la historia de la Iglesia es que si a día de hoy Menéndez Pelayo rescribiese su famosa obra Historia de los heterodoxos españoles es más que posible que él mismo tuviese que hacer figurar su nombre entre esos heterodoxos.

Y así llegamos a los inicios del siglo XXI, momento en el contamos con una extraordinaria bibliografía construida por el genio de muy diversos autores y que, para nuestra desgracia, no es totalmente aprovechable al presentar un enfoque que hoy por hoy es de imposible aplicación, al centrar su reflexión y sus propuestas de solución en dos instituciones que se niegan a ejercer esos papeles.

Dicho esto, para cerrar el artículo conviene que aclare un par de puntos que pueden generar dudas en los lectores, y que creo transmitirán los objetivos profundos buscados por este texto.

1. Este texto no es una crítica a esos autores
No he pretendido criticar a autores decimonónicos o del pasado siglo por sostener que
había esperanza en estas dos instituciones: Era algo lógico, natural si se me apura, aludir a la monarquía y a la Iglesia a la hora de criticar y buscar alternativas a la Modernidad, ya que al criticar una determinada era de la historia, lo más natural es buscar respuestas y soluciones en los tiempos que la precedieron. Si la Modernidad nos empuja hacia un callejón sin salida, volvamos a lo que teníamos anteriormente.

Todos queremos Progreso, pero cuando se está en el camino equivocado, progreso significa dar la media vuelta y volver al camino correcto. En ese caso, el hombre que antes regresa es el que más progresa. (C.S. Lewis)

El problema es que la historia no funciona así. El discurrir de los tiempos no da marcha atrás, por mucho empeño que se le ponga. Podrán construirse nuevos regímenes inspirados en ese pasado que se toma como modelo, pero en el fondo no dejarán de ser eso, algo nuevo.

2. Las obras de estos autores son aprovechables
En conexión con el punto anterior, he de decir que a pesar de que el enfoque general de los trabajos que hemos heredado de estos autores sea inasumible hoy día, no quiere decir que todo lo que proponen sea una quimera que debamos desechar o que estos trabajos sean una simple recopilación de datos o meras guías bibliográficas.
Tomemos como ejemplo nuevamente a Menéndez Pelayo: Gran parte de su ingente producción escrita buscaba poner en valor la historia de España anterior a su generación, denostada por gran parte de los grupos políticos liberal progresistas y socialistas. Así, Historia de los heterodoxos españoles, trata de recuperar toda la ciencia y el pensamiento español que según no pocos contemporáneos a Don Marcelino eran inexistentes por la persecución de la Inquisición. La obra sigue siendo aprovechable, porque el reivindicar nuestra historia y pensamiento continúa siendo una necesidad acuciante en nuestra propia época, tal vez incluso con mayor fuerza que en los tiempos del propio Menéndez Pelayo.


3.Necesidad de crítica
Si el marco general en el que no pocos patriotas anteriores a nosotros encuadraron las
soluciones es inoperante a día de hoy, pero sus trabajos continúan siendo en gran medida aprovechables, llegamos a la siguiente conclusión lógica: Es necesario emprender una revisión crítica de esas obras.
Hay que cribar la extraordinaria herencia recibida, tratando de comprobar que se puede aprovechar y que debe ser cuidadosamente depositado, con el mayor de los respetos, en el museo de antigüedades de la historia del pensamiento español.


Conclusión
Con este artículo lo que he intentado es básicamente llamar a la acción intelectual y a la reflexión: Como he repetido en muchos otros textos, es necesario construir una cultura patriota. Y es necesario precisamente porque, como he relato, gran parte de la herencia recibida debe ser revisada pormenorizadamente para tomar lo aprovechable, a la vez que se desarrollan ideas y planteamientos nuevos. De no llevar a cabo esta tarea, podemos comenzar una peligrosa deriva en la cual los textos e ideas del pasado permanezcan como una auténtica “religión laica”; los autores de éstos, como profetas; y la doctrina como un ente inmóvil y estancado en unos tiempos que ya no son los nuestros. 
Podrá seguir proclamándose a los cuatro vientos que España es el martillo de herejes, pero por mucho que se alce la voz ese deseo no se convertirá en realidad y desde luego los proyectos construidos sobre estructuras caducadas, no fracasarán por “fuerzas ocultas” que conspiran en la sombra, sino por nuestra propia inactividad, estancamiento y conformismo al no demostrar el tener la capacidad de desarrollar algo NUEVO.




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