REDUCTOS DEL IMPERIO VERDE: LA RUTA DE LOS PUENTES

>> En tiempos históricos fue España un paraíso forestal. Un águila imperial, la reina de las aves de nuestros bosques, hubiera podido sobrevolar la península Ibérica sin dejar de ver un infinito manto verde. Hubiera viajado sobre pinares, sobre encinares, robledales, sobre bosques de coníferas, mediterráneos o caducifolios. Hoy, las últimas masas de nuestros bosques, en la cordillera pirenaica y cantábrica, en los sistemas montañosos del centro o del sur permiten que nuestras últimas águilas puedan aún sobrevivir en un paisaje que debió constituir la generalidad de la Península Ibérica<< 

Con estas palabras comenzaba Félix Rodríguez de la Fuente el episodio de El Hombre y la tierra titulado Los prisioneros del bosque. La idea que transmite, la de ese pasado idílico previo a la acción corrosiva del hombre, tiene un gran calado dentro del subconsciente colectivo de los españoles. ¿Quién no ha oído hablar de la ardilla que podía viajar de árbol en árbol sin tocar el suelo por toda nuestra geografía?
Cualquiera que haya recorrido mínimamente España sabrá lo lejano que se encuentra ese pasado ya que el paisaje que predomina es, en esencia, la estepa:
Una llanura parduzca hasta donde alcanza la vista. Tan solo los ''sistemas
montañosos'', en palabras del propio Félix, constituyen hoy los últimos vestigios del Imperio verde que no hace tanto, y durante siglos, dominó las tierras ibéricas. Con estas palabras introductorias me gustaría comenzar varias cosas: Para empezar, inaugurar una nueva sección en esta página, Rincones de España, que ha de ser un foro abierto a cualquiera que esté interesado en contarnos sus experiencias en zonas que merezcan la pena visitar de nuestro país para servir de guía e incentivo a otros lectores de esta plataforma a viajar por el territorio nacional.
Para comenzar la sección me gustaría contarles mi visita a una de esas últimas islas forestales de las que nos hablaba el más célebre de los naturalistas españoles. Así, también tiene intención este artículo de ser, más allá de una mera invitación al viaje, un 
intento de que un movimiento nacionalista patrio incluya por fin como una parte esencial de su ideario la defensa de la Naturaleza y la conservación de todas las especies, animales y vegetales, que pueblan nuestra nación. Un patriotismo sin defensa del medio natural, el espacio en el que nos movemos nosotros, en el que han habitado nuestros ancestros y que, teóricamente, debemos ceder a nuestros hijos, me parecería un movimiento vacío, me atrevería a decir que incluso sin alma. 
Tenemos, por tanto, la obligación de recuperar España, sí, pero también aquel Imperio verde que tan presente está aún en el espíritu de muchos españoles, a destacar aquellos que tuvieron la oportunidad de disfrutar con los programas de Félix Rodríguez de la Fuente.
Pero, ¿Cuál será esa isla forestal de la que hablaremos? 
En el norte del país se conjungan dos grandes condiciones medioambientales:
Las abundantes lluvias y un terreno accidentado. La unión de ambos elementos ha permitido la supervivencia de amplios espacios naturales desaparecidos ya en gran parte del resto de España. Muchos de los que se desplazan hasta aquí buscan las playas, las villas medievales, los puertos de Comillas o Santander, … pero desde aquí invito a todo aquel que se desplace hasta Tierras montañesas a que hagan una parada en la Reserva Natural Saja-Besaya.
Cascada del río Latarma

La zona, entre dos ríos, es francamente un espectáculo para la vista: Una infinita cordillera, toda ella cubierta de un denso bosque y excavada por incontables ríos que caen, muchas veces como cascadas,
hasta los valles. La fauna, más difícil de ver, también puebla estos espacios: Desde los grandes mamíferos de la Península como los lobos, los osos o los ciervos, hasta águilas reales, corzos, nutrias o jabalíes. Como también dice Félix en el capítulo Prisioneros del bosque, los últimos bosques de nuestro país son también el refugio de especies muy amenazadas. Desaparecidas las últimas arboledas, poco durarán sus centenarios moradores.
En su día recorrí esta reserva por una de las muchas rutas existentes: La ruta de los puentes, llamada así por la existencia de varias pasarelas de madera que te permiten superar las grietas por las que descienden los arroyos.
El recorrido, de unas cuatro horas y media, recorre bosques y también zonas despejadas, siempre avanzando en zigzag por las faldas de las montañas del lugar. Es imposible no dejar volar la imaginación, pensando en cómo nuestros ancestros, organizados en hordas primitivas, habrían recorrido lugares idénticos en busca del sustento o si tal vez alguna hueste cristiana se habría refugiado en aquellos mismos agrestes parajes ante el avance imparable de las hordas mahometanas. Todos deberíamos, de vez en cuando, salir de las ciudades-colmena en las que habitamos para conectar con ese pasado del que somos herederos y con ese medio natural del que formamos parte.
Como si el propio bosque fuese consciente de su singularidad, existen en él ejemplares especialmente llamativos como el Roble Tumbado de Bujilices, un enorme roble que ha crecido recostado sobre el suelo y del que nacen ramas que constituyen auténticos árboles; o una gigantesca haya de 35 metros de altura, ambos especímenes catalogados como Árboles singulares de la región.

Además de los numeroso arroyos y del denso bosque también se puede disfrutar de un privilegio que escasea en nuestro tiempo: El silencio. Se agradece el poder estar en un lugar al aire libre en el que no se perciba siquiera el ruido del tráfico. Otro de los alicientes de esta reserva natural. 
Quiso la casualidad que visitase aquel lugar una tarde de otoño, precisamente la época
de apareamiento de los ciervos, con lo cual otro espectáculo se sumó al de los propios bosques: La Berrea. Cuando ya atardecía y recogíamos nuestras cosas para volver a casa, escuchábamos a los lejos los sonidos guturales de los machos del ciervo con los que llaman a las hembras. Su bramido, aun en la lejanía, parecía querer recordarnos antes de que abandonásemos el lugar que aun en estos tiempos que nos ha tocado vivir, a pocos kilómetros de los núcleos de población humana, la Naturaleza resiste y continua su ciclo eterno de muerte y renovación como hace desde el origen mismo de nuestro mundo.
A día de hoy, me da cierta vergüenza el no haber acudido a la reserva natural antes, aun viviendo relativamente cerca.
Espero, al menos, haberle hecho cierta justicia con estas sencillas líneas si bien aclaro que para comprender lo que hay aquí escrito deben ustedes, al menos una vez, visitar este lugar, uno de los últimos bastiones naturales de la Península. A pesar de todo tengo la firme creencia de que estos reductos naturales no son los últimos feudos de lo que fue un Imperio, sino los focos desde los que éste renacerá: Del mismo modo que España resistió y resurgió desde reductos montañeses, también lo hará el Imperio verde que un día reinó en la Península ibérica. Las águilas imperiales volverán a volar sin dejar de ver un infinito manto verde.
Igualmente, espero que de ahora en adelante el patriotismo español comienza a implementar en su seno la defensa de la Naturaleza, una de las grandes asignaturas pendientes dentro de este movimiento en nuestro país. ¿Acaso no puede ser considerada la desaparición del lobo, del lince, del oso, del urogallo o del águila imperial, una tragedia nacional, comparable incluso a la desaparición de los propios españoles?

Fuentes y material de ampliación
Para conocer más en profundidad como llegar y las características del recorrido dejo los siguientes enlaces.
Instrucciones y características de la Ruta de los puentes
Mapa del recorrido: 

Capítulo del Hombre y la Tierra, Prisioneros del bosque:


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